104. OSCAR WILDE

 

Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde nació el 16 de octubre de 1854, en el número 21 de la calle Westland Row de Dubín, Irlanda (entonces perteneciente al Reino Unido); fue novelista, ensayista, crítico literario, poeta y dramaturgo.

Fue el segundo de los tres hijos que tuvieron la familia protestante, culta y liberal, formada por el médico Williams Robert Wills Wilde y su esposa Jane Francesca Elgee. Su primer hijo William "Willie" Charles Kingsbury, nació el 26 de septiembre de 1852 y la tercera hija Isola Emily Francesca en abril de 1857. Su madre una escritora de éxito, fue una connotada poetisa de su tiempo y nacionalista de la causa irlandesa, conocida con el sobrenombre de Speranza en el periódico irlandés "The Nation" en el que colaboraba con sus escritos. Fue también una fina linguista que traducía a Dumas; Oscar más tarde leería con placer las traducciones de su madre y las utilizaría para los elementos más oscuros de su propio trabajo. Su padre de origen holandés era un destacado cirujano otorrinolaringólogo, además de un renombrado filántropo que dirigía un dispensario en Dublín, el St. Mark's Hospital, destinado a la atención de los indigentes. Su padre, también con inquietudes literarias, escribió libros sobre arqueología y folklore, y fue conocido principalmente como ocultista. Antes de casarse había tenido ya tres hijos: Henry Wilson nacido en 1838, Emily en 1847 y Mary en 1849. Costeó los estudios de medicina de Henry y lo empleó en el St. Mark's Hospital. Desgraciadamente Emily y Mary murieron en un incendio, a la joven edad de 24 y 22 años respectivamente.

 


Retrato de Oscar Wilde

Foto Cmgww

Oscar tenía el cabello castaño, los ojos grises, era guapo y fue educado en casa hasta los nueve años. Solía participar en las reuniones literarias organizadas por su madre. En 1864 ingresó en la Portora Royal School de Enniskillen, en el condado de Fermanagh (Irlanda), donde estudió hasta 1871. En 1867 murió su hermana Isola Emily Francesca, a causa de una fiebre repentina. Esta muerte prematura, inspiró a Oscar Wilde a escribir "Requiescat", un delicado poema y quedó tan afectado que guardó toda su vida un poco del cabello de su hermana, en un sobre decorado. En octubre de 1871 ingresó en el Trinity College de Dublín, donde estudió a los clásicos, ganado los primeros premios en literatura en sus dos últimos años y un segundo premio en dibujo. Su rendimiento sobresaliente lo llevó a ganar tres años más tarde la "Medalla de Oro Berkeley" de griego, el mayor premio para los estudiantes de clásicos de este centro, por un trabajo sobre los poetas griegos. Gracias a una beca de 95 libras anuales, el 17 de octubre de 1874 ingresó en el Magdalen College de Oxford, donde continuó sus estudios hasta el verano de 1878. Durante su estancia en este centro, falleció su padre el 19 de abril de 1876, pasando a continuación la familia estrecheces económicas, siendo su hermano mayor Henry Wilson quien pagó la hipoteca de la casa familiar y quien los mantuvo hasta su muerte repentina en 1877. En 1876 Oscar fue el primero en Literatura Clásica. Durante las vacaciones de 1877 visitó Italia y Grecia. En 1878 fue el primero en literatura griega y latina y en junio de este mismo año su poema "Ravenna" le permitió adjudicarse el premio "Oxford Newdigate Prize" de poesía.

 

Oscar Wilde.

Foto Cmgww


Después de graduarse en el Magdalen College, de Oxford, Oscar regresó a Dublín, donde conoció y se enamoró de Florence Balcome. Ella, por su parte, inició una relación con Bram Stoker. Percatándose del enlace, Wilde le anunció su intención de abandonar Irlanda permanentemente. Finalmente en noviembre de 1878 obtuvo el título de Bachelor of Arts, graduándose con la mayor nota posible. Ya desde su período en el Magdalen College, Oscar Wilde adquirió renombre especialmente por el papel que desempeñó en los movimientos estético y decadente. Comenzó a llevar el pelo largo y a desdeñar abiertamente los deportes llamados "masculinos". A contra pelo del canon victoriano, es decir, del conjunto de creencias y principios que regían el gusto artístico y la conducta moral de los ingleses, durante el reinado de la adusta e hierática reina Victoria (1837-1901), Oscar Wilde se atrevió a tomar tales convencionalismos y reglas por los pelos, para lanzarlos por encima de la borda de un programa socio-ideológico, que no sólo era fiel tributario de la corona sino también de las estructuras imperiales. Pocas veces se puede encontrar una reina más consciente de su "misión civilizadora" como la reina Victoria. La magnificencia con que el totalitarismo victoriano fue construido, no sólo revela la incontrovertible vocación dictatorial de la mayor parte de las monarquías imperialistas de la época, sino que también permite explicar en gran parte algunas de las causas del cataclismo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Oscar Wilde comenzó a decorar su cuarto, en el College, con plumas de pavo real, lilas, girasoles, porcelana erótica y otros objetos de arte. Su comportamiento excéntrico frente a la norma masculina, le costó que lo zambulleran en el río Cherwell además de que le destrozaran su cuarto en el College. "De Irlanda por raza y de Oxford por cultura" como solía decir de un amigo suyo, Wilde fue el prototipo del hombre moderno: repleto de contradicciones, y sin embargo, portador de una sustancial capacidad para soñar. Esa constante disposición al desafío, lo puso frente a frente con una masa informe de reglas, normas y prohibiciones, que a la larga terminarían por aplastarlo. Ni duda cabe de que Wilde con ese amor por la simulación, anunciaba algunas de las tendencias más notables de la estética del siglo XX que se propagó entre ciertos segmentos de la sociedad hasta un punto tal que las actitudes lánguidas, las vestimentas exageradas y el esteticismo en general se convirtieron en una pose reconocida.

 


Retrato de Oscar Wilde.

Foto Famous Poets and Poems

 

A continuación marchó a Londres con su amigo Frank Miles, un popular pintor de retratos de la alta sociedad y estableció allí su residencia. En 1881 se publicó su obra "Poemas", reunión de sus primeros poemas aparecidos antes en varios periódicos y revistas. Oscar Wilde decía que no existían más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. Su teoría acerca de la filosofía estética, defendía la idea del "arte por el arte" y sentaba las bases de lo que posteriormente dio en llamarse dandysmo. El esteticismo en general fue caricaturizado en la opereta cómica "Paciencia" de Gilbert y Sullivan en 1881 y tuvo tal éxito en Nueva York, que al empresario Richard D'Oyly Carte se le ocurrió la idea de enviar a Oscar Wilde a los Estados Unidos, a dar un ciclo de conferencias. Así fue como en diciembre de 1881 emprendió viaje a Estados Unidos. La gira se organizó cuidadosamente, produciéndose la llegada de Wilde en enero de 1882. Afirmó tiempo después que había dicho en la aduana: "No tengo nada que declarar más que mi genio", aunque no existen más pruebas de la época, además de la propia afirmación de Wilde, de que dicha declaración se produjese. D'Oyly Carte se sirvió de esta gira de conferencias de Wilde, para preparar la gira de "Paciencia" por los Estados Unidos, asegurándose de que el público que compraría las entradas estuviera al tanto de la personalidad de este personaje británico.

 


Frase dicha por Oscar Wilde en la aduana de Estados Unidos.

Foto Cmgww


Las 50 lecturas que originalmente habían sido programadas para 4 meses, se convirtieron en 140 y fueron dadas en 260 días, viajando incluso hasta Canada. En este período conoció a Henry Longfellow, Oliver Wendell Holmes y Walt Whitman. Oscar Wilde preparó también los arreglos de su obra teatral "Vera o los nihilistas" de 1882, que debía estrenarse en Nueva York al siguiente año. Al otro lado del Atlántico, su calzón corto de terciopelo y sus flores en el ojal causaron sensación. La crítica se ensañó con él. El diario "The Wasp" de San Francisco, publicó una caricatura ridiculizando a Wilde y al esteticismo, aunque el lo asumió con estoicismo e inteligencia; sin embargo, por otro lado, fue muy bien recibido en lugares rudos como la ciudad minera de Leadville, en Colorado. Durante su estadía en los Estados Unidos, Oscar Wilde impartió conferencias sobre las distintas y variadas expresiones de la belleza, pero la sonoridad del recibimiento que le dieron no estuvo en proporción con los contenidos y las críticas que quiso hacer. La buena sociedad norteamericana parecía hacer derroche de su riqueza, pero no sucedía lo mismo en lo que respecta al buen gusto, la delicadeza, y el glamour en los distintos escenarios que ofrecía la vida cotidiana. Como les hizo ver con cínica franqueza sus limitaciones, algunos escritores y críticos del autor lo encontraron presuntuoso e infatuado, pero rara vez escrutaron a profundidad lo que Wilde entendía por belleza, sentido estético y sensibilidad artística. Además de sus afeminadas maneras, su esteticismo y hedonismo a ultranza fueron el blanco de la burla de la prensa victoriana y también entonces de la prensa amarga y venenosa de los Estados Unidos.
Los fragmentos que se conservan de sus conferencias en los Estados Unidos, demuestran que Oscar Wilde siempre que pudo criticó al imperio británico, a la política migratoria de aquél, y de manera sutil y elegante insinuó que el socialismo era un ideario digno de tomar en cuenta, para combatir la ocupación británica de Irlanda. Durante su estadía en los Estados Unidos, los círculos culturales sintieron que el poeta se burlaba de sus poses academicistas, vacías y burdas. Por más esfuerzos que hizo para atemperar sus sentimientos y no perder la paciencia con el mal gusto de la pretenciosa y arrogante nueva burguesía industrial norteamericana, se ubicó de frente a la gran polémica del siglo: ¿Dónde reside el verdadero valor de una obra de arte? ¿Quién decide lo que es una obra maestra? Dos preguntas que, como decía Wilde, habían recibido una riquísima gama de respuestas, pero sobre las cuales cada vez sabíamos menos.

 


Oscar Wilde.

Foto Song of myselves


Hoy, cuando el valor de una pieza artística se mide por su cotización en la bolsa, el esteticismo de Wilde tendría muy poco que añadir, pero es una resonante llamada de atención. Por eso, en gran medida Wilde continúa con nosotros, porque tuvo el coraje de sostener que la belleza tenía valor en sí misma, y que no era un medio para enriquecer a su poseedor. La economía política del gusto nos enseña a fin de cuentas que la belleza, el talento, el ingenio no se poseen; somos poseídos por ellos. Algo que la burguesía no vislumbró jamás. Su mundo de objetos útiles, su insaciable necesidad de cosas, de mercancías, ha jugado el papel de una plataforma muy efectiva para dinamizar al mundo de los marchantes, pero ha dejado libres, aunque sufrientes y exangües, a los creadores, sobre todo aquellos que no se venden, así les vaya en ello la salud física y mental.

 

Oscar Wilde en 1882.

Foto Wikipedia


A su vuelta, Oscar Wilde hizo lo mismo en universidades y centros culturales británicos, donde fue excepcionalmente bien recibido. También lo fue en Francia, país que visitó en 1883, estableciéndose tres meses en París al escribir una tragedia en verso solicitada por la actriz Mary Anderson que nunca estrenó y al entablar amistad con Verlaine y otros escritores de la época.

 

Retrato de Oscar Wilde.

Foto Faculty Kutztown

 

El 29 de mayo de 1884 contrajo matrimonio en Paddington, Londres, con Constance Lloyd, que era cuatro años más joven que él e hija de un abogado prominente, Horace Lloyd, consejero de la reina, que murió cuando su hija tenía sólo 16 años. Había conocido a Constance en Londres y se volvieron a encontrar durante una visita de ella a Dublín, pues Oscar ofrecía una conferencia en el Teatro Gaiety. Wilde aprovechó la ocasión para pedirle matrimonio. Las 250 libras de dote de Constance permitieron a la pareja vivir en un lujo relativo y desde entonces Oscar Wilde vivió en su famosa casa de Tite Street, en el elegante barrio de Chelsea. Constance sabía diferentes lenguas europeas, pero no sacó provecho de sus conocimientos. Con el primer embarazo, Wilde se cansó de su mujer. Aún así, la pareja tuvo un segundo hijo. Constance le dio dos hijos, Cyril en junio de 1885 y Vyvyan en noviembre de 1886. Para mantener a la familia, Oscar Wilde editó la revista femenina "Woman's World" en la que trabajó desde 1887 hasta 1889 y trabajó como revisor para la "Pall Mall Gazette".

 

Constance Lloyd, esposa de Wilde, y Cyril, su hijo.

Foto Wikipedia


En 1888 Oscar Wilde publicó un libro de cuentos, escrito para sus hijos, "El príncipe feliz y otros cuentos", que incluía también los cuentos: "El ruiseñor y la rosa", "El gigante egoísta", "El amigo fiel" y "El famoso cohete". En 1890 se publicó, en forma de fascículos en la revista americana "Lippincott's Magazine", su primera y única novela "El retrato de Dorian Gray", cuya autoría le reportó feroces críticas desde sectores puritanos victorianos y conservadores, debido a su tergiversación del tema de Fausto. Oscar Wilde reunió todos los fascículos de la novela "El retrato de Dorian Gray", expandió la historia y lo publicó en forma de libro al año siguiente. Se trata de una novela sobre la experiencia de un vicioso exquisito, de juventud inalterable, en tanto que un retrato oculto va dando cuenta de la huella que dejan en sus facciones sus corrupciones y sus vicios. En la novela escribió: "Todo arte es más bien inútil". De hecho, esta cita refleja el apoyo de Wilde al principio básico del movimiento estético: el arte por el arte. Cuando Wilde sostenía que el arte era inútil, se refería precisamente a su supuesta banalidad, predicada por años por una burguesía pragmática y estéril, que sólo confiaba en la industria para producir "cosas útiles". Se refería también a los despropósitos socio-económicos del mismo, puesto que los afectos, las emociones y la soledad creativa del artista, no están diseñadas para producir cosas útiles según el criterio de la burguesía, sino objetos bellos, capaces de evocar en el espectador la posibilidad de tener acceso a un mundo mejor. En ese sentido el arte es subversivo, pero sigue siendo inútil; aunque el artista y su creación, serían muy útiles para la burguesía si defendieran y estuvieran al servicio de sus intereses. La doctrina del arte por el arte fue acuñada por el filósofo Víctor Cousin, promovida por el poeta, novelista, pintor y crítico de arte Théophile Gautier y adquirió prominencia con el pintor norte americano James McNeill Whistler.
El esteticismo de Wilde tiene el tono de la ficción, del puente que se establece entre el sueño y la realidad. Vivir la vida como una obra de arte puede plantearle problemas a quien la aborda con la cordura que da la perpetua racionalización a que nos obliga la vida cotidiana. El arte por el arte, postulado central de algunos de los grandes teóricos de la estética pre-rafaelista como Walter Pater (1839-1894), y cuya influencia artística en Wilde fue decisiva; en apariencia podía profundizar las contradicciones entre la amoralidad del arte y el supuesto compromiso que el artista debía tener con los problemas de su tiempo. Porque para Wilde no existían el libro pervertido o el libro virtuoso. Existían los libros bien o mal escritos. Y esta sola afirmación fue capaz de provocar un debate de grandes proporciones, que incluso perdura hoy día entre nosotros.
El esteticismo de Oscar Wilde, su dandysmo, pertenecen a la era del imperialismo, a los sobrecogedores umbrales del siglo XX. No es el dandysmo de Charles Baudelaire por ejemplo, todavía bajo los influjos de una revolución francesa que no acaba su tarea, aun cuando la comuna de París de 1871, supuestamente, debió de haber llevado al colmo una herencia que en el presente recordamos con nostalgia y gratitud. El arte por el arte, como patrón ideológico, en el caso más que concreto de Oscar Wilde, es una estrategia de evasión, ante las evidencias contundentes de la fealdad de la sociedad industrial. En estos casos jamás el arte podrá imitar la vida. Si partimos de la base de que el arte por el arte es una actitud irresponsable, sometida a los vaivenes del gusto literario y artístico de la época, o metida de plano en los caprichos estéticos del artista, eso sería ponerle límites muy serios a un conjunto de ideas que no se agotan en el culto por el objeto de arte, sino que va más allá y abarca también el grado de inserción que tenga el artista en su realidad social, política y cultural específica. La tesis del arte por el arte, no sólo como se expresó en la Inglaterra victoriana, sino también en la Francia del Segundo Imperio, generó una serie de acaloradas discusiones sobre todo porque, si la revolución industrial había traído consigo una riqueza colosal para los poderosos, también se hizo acompañar por una pobreza aterradora. Tal tesis en este caso, era poco menos que frívola y superficial. Sin embargo, difícilmente el artista con sus creaciones podía modificar dicha situación. La pintura de los pre-rafaelistas no alteró un ápice los desmanes imperialistas británicos en la India, por ejemplo. O la humillante situación en la que se encontraba la mujer. Sin embargo, en el ejemplo de Wilde como en el de muchos otros creadores de su época, el arte podía convertirse en un artefacto de poderosa influencia política y social, a partir de la fuerza y de la naturaleza del compromiso con que el artista se insertaba en la sociedad de su tiempo. De tal manera que, entre el buen decir de Wilde, y su verdadero hacer, la lógica dialéctica nos dice que son los resultados los que nos permiten medir la verdadera dimensión del impacto de sus creaciones, y los mismos son de tal magnitud que hoy se puede decir que existe una bibliografía cercana a los ocho mil títulos sobre su vida y su obra.
Autores como Edward Arnold, John Ruskin y Walter Pater, que defendían la importancia central del arte en la vida, le prepararon el terreno a Wilde para que su estética esencialista fuera más allá del simple placer cotidiano o instantáneo que pudiera producir una obra de arte. Tal tensión entre la cotidianidad y la eternidad no se resolvía con el hedonismo de los pre-rafaelistas, aunque las propuestas de Dante Gabriel Rossetti o Williams Morris eran dignas de tomar en cuenta y tuvieron una influencia permanente en las artes decorativas inglesas, sino, según Wilde, de acuerdo con la capacidad que tuviera un determinado artista de minar el terreno de la estética burguesa desde adentro. Bien sabemos que dicha tensión le reventó en la cara. Sin embargo, encontró seguidores en autores posteriores como Gide, Auden, Nabokov, Beckett, Mann y otros que supieron plantarse de manera frontal ante una estética burguesa que aspiraba a la legitimación esencialista del objeto, en la medida en que éste tarde o temprano terminaría convertido en mercancía. En ningún lugar, finalmente, podemos ver con más claridad la textura de dicha tensión que en los diálogos que sostienen sus personajes dramáticos. El dialogismo de Wilde, como diría Bakhtin, es un recurso mediante el cual el autor despliega a plenitud todas sus objeciones hacia la sociedad burguesa, pero tiene la fuerza particular, asumida con sutileza y elegancia, de revelar sus paradojas sin caer en la vulgaridad discursiva o panfletaria que sus temas pudieron haber provocado. Si el artista vive en los límites de la sociedad, y con regularidad puede ser confundido con un criminal, por su actitud rebelde y marginal, la burguesía hace lo mismo, sólo que se oculta tras una pasta de afeites a la cual hay que penetrar con el cincel de la crítica y la sensibilidad individuales. En tanto que esteta principal, Wilde llegó a ser una de las personalidades más prominentes de su época. Aunque sus pares en ocasiones lo tildaban de ridículo, sus paradojas y sus dichos ingeniosos y agudos eran citados por todas partes.
En el verano de 1891 Oscar Wilde fue presentado a Lord Alfred Douglas conocido como Bosie, el tercer y menor hijo de Marqués de Queensberry, John Sholto Douglas, nada más y nada menos que el hombre que creó las reglas del boxeo. Bosie un estudiante de Oxford quedó seducido por "El retrato de Dorian Gray", pronto se convertieron en amantes y fueron inseparables. También en 1891 Wilde publicó "Intenciones" un libro de ensayos -verdadero corolario de su estética- que incluía: "La decadencia de la mentira" de 1889, "Pluma, lápiz y veneno", "El crítico artista" y "La verdad sobre las máscaras". En 1891, además se publicó un conjunto de cuentos breves en prosa, los relatos humorísticos de "El crimen de Lord Arthur Saville y otras historias" que incluía: "El fantasma de Canterville", "La esfinge sin secreto", "El modelo millonario" y "El retrato del Sr. W. H.". Tampoco disminuyó su popularidad como dramaturgo, que se acrecentó con obras como la comedia "La duquesa de Padua" que se estrenó en Nueva York en 1891.

 

Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas "Bosie".

Foto WMagazine


Oscar y Bosie solían alquilar una casa de campo en las afueras de Londres, donde el escritor podía dedicarse tranquilo a sus obras y aprovechar la intimidad con su joven amante. Se dice que una tarde fueron sorprendidos por un vecino jugando con agua, ambos completamente desnudos, a lo que Wilde exclamó: "Lo que usted está viendo es genuinamente griego".

 

Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas "Bosie".

Foto Lector bajito

 

Oscar Wilde sostenía que en el socialismo el desarrollo del individuo, a la larga, devendría en un extraordinario beneficio para toda la comunidad. De aquí que el socialismo de Wilde apunte hacia el rescate del individuo antes que a cualquier masa social informe y primitiva. Pero era fundamental, ofrecerle a ese individuo las condiciones ideales para que su expansión y crecimiento como ser humano se dieran sin limitaciones de ninguna naturaleza. En su condición de irlandés católico, hijo de una mujer dirigente, dura y combativa del movimiento feminista, también líder lúcida y brillante de las tareas por la liberación de Irlanda, Wilde nunca separó su sueño de la posible construcción del socialismo de las luchas por la independencia de su país. La educación sentimental de Wilde bien puede valorarse a partir de su catalítico más notable, su relación con Lord Alfred Douglas; pero se le haría una gran injusticia si se hiciera algo igual con su ideario socialista y utópico, pues éste tiene una gestación más tribal, casi familiar, en el cual la atractiva figura de su madre es vertebral. Sostenía que la sensibilidad y profundidad de los celtas no tenían por qué estar sometidas a la frivolidad y al burdo sentido práctico de los teutones (sajones o ingleses). Estas ideas, desplegadas en varios de sus ensayos, pero notablemente en "El alma del hombre bajo el socialismo" iniciado en 1891 y terminado en 1904, le ocasionaron algunos problemas con la crítica literaria victoriana. A ésta, la revolución Industrial le había creado el falso sentimiento de la infalibilidad del proyecto burgués de civilización, y por ello, el cánon victoriano estaba lubricado de arriba a abajo con la húmeda creencia de que todos los pueblos del planeta le merecían incondicional entrega. Húmeda en la sangre, el sudor y las lágrimas, de los trabajadores de las colonias, quienes durante la Primera Guerra Mundial empezarían a inmolarse por una causa que no era la suya. En "El alma del hombre bajo el socialismo" su contenido utopista hace notar al lector que sin el socialismo, ningún progreso social o cultural es posible. Wilde no sistematiza su sueño, sólo piensa en los cambios que experimentará el soñador cuando esa nueva sociedad se vislumbre en el horizonte. Esto es perfectamente lógico, a partir del andamiaje estético que Wilde se había construido. En sus "historias socialistas para niños" la belleza de las narraciones, de los temas, del lenguaje, de los personajes, nos impiden de primera entrada darnos cuenta que en casi todas ellas, se parte de postulados binarios: justo-injusto, bueno-malo, bello-feo, egoísta-generoso, y así en casi todos sus cuentos. No podía haber sido de otra manera, la lógica formal, de fuerte sabor aristotélico, es la plataforma sobre la que reposa la visión del mundo de la burguesía colonialista de los tiempos de Wilde, y él, para bien o para mal, fue educado por ella, a pesar de que su decadentismo esteticista le hubiera granjeado su mala voluntad. Con serias dificultades la burguesía tolera de nuevo en sus filas, a quienes la traicionan.
La Inglaterra victoriana es la del apogeo de la industrialización, pero también la del crecimiento de la clase trabajadora, de sus luchas, sus avances, retrocesos y conquistas. En la era del imperialismo, cuando las utopías sociales florecían como hongos por todas partes, puesto que la miseria que había traído consigo la expansión capitalista en pro del enriquecimiento colosal de unos cuantos, no pasaba inadvertida para aquellos con suficiente sensibilidad y sentido común, como para percatarse sobre quién se beneficiaba y cómo legitimaban esos privilegios.
No debemos llamarnos a engaño atragantándonos con la creencia de que las utopías que soñó Wilde tenían algo que ver con el concepto totalitario que tuvo Marx del socialismo. Es de notar que, a pesar de que el marxismo se sirvió con mucho de la sólida tradición racionalista burguesa, que se remonta a los inicios del siglo XVI, y que bien por ello se puede considerar como parte del pensamiento burgués occidental, aunque moleste a sus más severos defensores, nunca perdió, tal vez más bien exacerbó, la vena totalitaria de tal racionalismo. Puede resultar difícil de negar la vertiginosa propensión totalitaria del reinado de Victoria; ahí están las brutalidades de su imperio para probarlo. Precisamente es contra esa tiranía victoriana que Wilde escribe sus ensayos, sus historias para niños y sus dramas. Pero no se le enfrenta de una manera abierta y exultante. Su lucha contra la mojigatería, la falsa espiritualidad y la frivolidad volátil de los victorianos, está planteada en términos estéticos, de manera que es también estética la noción de socialismo anarquista que cultivó Wilde. Está más cerca de Tolstoi que de Bakhunin, y todavía más de los fabianos que de los marxistas.
La vida de Wilde se extendió a lo largo de un período rico en acontecimientos sociales, políticos y culturales, que no le pasaron desapercibidos en su gran mayoría, y en los cuales, cuando fue requerido, tuvo una participación importante, como el asunto de la cacería de brujas que provocó el caso Dreyfus. Su participación en el affaire no está clara por completo, pero se sabe que con Emile Zola y otros grandes escritores de la época, hizo lo necesario para mostrarle al mundo el racismo y la intolerancia que había detrás de la condena de Alfred Dreyfus, por supuesta alta traición al ejército francés en favor de los alemanes. Su gran delito fue ser judío.
El individualismo de Wilde, sustentado sobre la sólida idea de que si la persona humana no dispone de condiciones materiales y espirituales para desplegarse a cabalidad, abre el paso a muchas variantes de la esclavitud, tiene una vigencia y una vitalidad en nuestros días, que asombra por su frescura y su inmediatez. No se trata del individualismo rampante y explotador que predican el liberalismo y el neoliberalismo actuales, sino más bien de aquél que sostiene que si los seres humanos no sacan todo lo que tienen dentro, la sociedad se verá invadida por todos los vicios y consecuencias nefastas que traen consigo la frustración, las inhibiciones, la amargura y la represión. La belleza, el cultivo del espíritu, la solidaridad, serían los vehículos mediante los cuales los hombres y mujeres de la nueva Utopía harán posible la recuperación del individuo. "El estado fue concebido entonces para hacer lo útil, el individuo para realizar lo bello" decía Wilde, en una frase que recoge a la perfección su criterio sobre los distintos terrenos en que deben moverse ambos sujetos. El individualismo burgués, cuyas raíces penetran en el egoísmo más elaborado, es objeto de crítica y sarcasmo por parte de Wilde. Él argumentó que el hombre egoísta jamás tendría conflictos con la máquina, porque ésta le completaba como instrumento de producción, y culturalmente hablando, lo dejaba intacto desde el punto de vista moral. El ingeniero industrial, para usar un ejemplo, al estilo de los que soñaban Ford y Taylor, es un sujeto sin contradicciones de ninguna especie, tan compacto que asusta su efectividad, para la cual todo lo no que genere mercancías es inútil. No era ese el tipo de individualismo en el que estaba pensando el de Wilde.
Uno quisiera pensar que el socialismo de Wilde es más sistemático, más y mejor articulado que muchas propuestas que circulaban por aquellos días, pero no pasa de ser una pose romántica, anti-colonialista y certeramente estética, nada más. Leerlo con los ojos de un marxista de nuestros días, puede llenarnos de frustraciones, pues podríamos ponerlo a decir cosas que nunca dijo, ni pensó remotamente. Casi se puede argumentar que para Wilde el arte y la individualidad, esa noción específica que tiene del individualismo, son interdependientes. Oscar Wilde intuyó la diferencia operativa entre individuo e individualidad. Para fines estéticos tal distinción es central, pues la burguesía tiene una idea del individuo que en nada se parece a la que estuvo trabajando Wilde hasta su muerte.
Oscar Wilde, en febrero de 1892, estrenó en el St. James's Theatre su primera comedia, terminada en Francia, "El abanico de Lady Windermere". La crítica señaló en ella modos y formas de origen parisino. Su éxito de crítica y de finanzas, le impulsó a continuar escribiendo para el teatro. En junio de 1892 comenzó Sarah Bernhardt a ensayar su drama "Salomé", escrita en francés, para ser estrenada en el Palace Theatre de Londres. Fue entonces cuando Lord Chamberlain negó la licencia para su representación, por figurar personajes bíblicos en la obra. También en 1892 publicó el conjunto de cuentos "Una casa de granadas" que incluía: "El joven rey", "El cumpleaños de la infanta", "El pescador y su alma" y "El niño estrella". En 1893 se estrenó con éxito la comedia "Una mujer sin importancia" y publicó la obra en prosa "Teleny o el reverso de la medalla" atribuido a él, aunque fue más un esfuerzo conjunto de varios amigos suyos, que él pudo haber editado.
En 1894 apareció su magnífico poema "La esfinge". Se publicaron sus "Frases y filosofías para el uso del joven", en la revista "Chamaleon", que fueron motivo de cargo, más tarde, durante su proceso. También en ese mismo año salió la primera edición de "Salomé", traducida al inglés por Lord Alfred Douglas, e ilustrada por Aubrey Beardseley.
1895 es un año crucial en la biografía de Oscar Wilde. A la sazón estrenó el 3 de enero, en el Theatre Royal del Haymarket, "Un marido ideal" y en febrero del mismo año, en el St. James's Theatre, "La importancia de llamarse Ernesto" una obra de diálogos vivos y cargados de ironía. El éxito de Wilde se basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías de sus contemporáneos. Fue también entonces cuando le retrató Toulouse-Lautrec. Al enterarse el padre de Bosie, de su relación homosexual con Oscar Wilde, el Marqués de Queensberry, le dejó una nota en el club que frecuentaba: "Para Oscar Wilde, ostentoso sodomita [sic]". Wilde, animado por Bosie, denunció en marzo de 1895 al marqués por calumnias y difamación, esgrimiendo la "amoralidad" del arte como defensa. Después de que el abogado Edward Carson sometiera a un riguroso interrogatorio al demandante, fue detenido, procesado en la corte del Old Bailey y sentenciado a dos años de prisión y a trabajos forzados, el 27 de mayo, por sodomía. Bosie repudiaba a su padre y más aún cuando uno de sus hermanos se suicidó.
Algunos de sus biógrafos sostienen que Oscar Wilde, sabiéndose ya condenado a la cárcel, pudo haber huido. Según ellos, fiel a la sentencia dictada a André Gide, durante el encuentro que ambos escritores mantuvieron en Blida (Argelia) en enero de 1895, aquella que rezaba: "hay que buscar siempre lo más trágico", Wilde prefirió regresar a Inglaterra y ser allí detenido. Sin embargo, el mismo Wilde confiesa en la versión de "De Profundis" publicada por su hijo, que no pudo escapar porque se lo impidió el dueño del hotel donde se albergaba, al que debía una cuenta considerable.
Durante su juicio, sus propias obras fueron utilizadas en su contra. El juez le preguntó al escritor, citando uno de sus libros, cuál era ese amor que no se atrevía a decir su nombre. Wilde respondió: "El amor que no se atreve a decir su nombre, en este país, es como el afecto de un viejo a un joven, así como fue el amor entre David y Jonathan y tal como lo pueden encontrar en los sonetos de Miguel Angel o Shakespeare. Este profundo y espiritual afecto es tan puro que es perfecto… es hermoso, es delicado, es la forma más noble de afecto. No hay nada sobrenatural en esto y, repito, existe entre un hombre mayor y uno joven, donde el mayor tiene el intelecto y el joven tiene toda la energía, esperanza y glamour de la vida por delante. Esto debe ser así y el mundo no lo entiende".
En la condena de Wilde confluyen la hipocresía moral, el cinismo político, la prepotencia colonialista y finalmente la más desproporcionada intolerancia que uno pueda imaginarse. Mientras la corona británica hacía todo lo posible por destruir a Wilde, siete años después de muerto éste, en la más absoluta soledad, en el medio de la pobreza y de la sequía artística, la corona sueca premió con el Nobel de Literatura a Rudyard Kipling, por su obediencia al canon victoriano y por su lucidez en la defensa de los derechos que tienen los países "civilizados" para someter a los que no lo son, como los de África, Asia y América Latina.
El hedonismo sincero de Wilde pudiera haber producido algún grado de acidez en los sectores más conservadores y vigilantes de la moral pública victoriana. Lo mismo que el lado oculto de su vida privada, atemperado por un matrimonio trágico y falaz, parecía atraer la curiosidad más morbosa del público británico de la época, porque rara vez alguien exponía su verdadera naturaleza sexual con tanta sinceridad como lo había hecho el escritor, aunque estos ingredientes podían ser manejables en una corte de justicia. La racionalidad burguesa no aceptará nunca al homosexual pues éste está en contra de todos sus más caros principios: la familia por ejemplo, para la salud de la cual es necesaria la reproducción; la sexualidad displicente y mecánica, para la cual el cuerpo femenino no es asunto de las mujeres sino de la burguesía, que lo concibe como el depositario cierto de su visión material y espiritual del mundo. Por eso es que la rebeldía feminista en gran parte empieza por el rescate y recuperación de su propio cuerpo. Todo el basamento judeo-cristiano sobre el cual reposa la moral burguesa cruje ante la presencia insolente y vanagloriosa de un homosexual como Oscar Wilde. Hitler, Stalin, Somoza, Duvalier, todos los grandes dictadores de nuestra época persiguieron y aniquilaron cualquier brote de homosexualidad en sus sociedades. Y la reina Victoria, entre otros tiranos, les enseñaron cómo hacerlo. Rodeado de un séquito sumiso e incondicional de burócratas y policías, el dictador, el tirano, sea éste hombre o mujer, quiere controlar todos los detalles del funcionamiento de su sociedad. Y no hay cosa más difícil de controlar que la sensualidad, el erotismo, la espontaneidad de las pasiones. Éstas son increíblemente subversivas, trátese de una pareja homosexual o heterosexual. Resulta que la burguesía descubrió al individuo pero le negó su individualidad, de tal forma que su sexualidad es un asunto social, no lo es privado. Un homosexual entonces es un individuo marginal, un enfermo, que debe ser aislado para proteger la individualidad de los otros y ese individuo en particular, debe ser eliminado. Aquí se trata de una decisión, como bien puede verse, muy civilizada, prendida del sano objetivo de proteger la "salud mental" del grupo, el cual, a la larga, para la burguesía, es simplemente una suma de individuos no de individualidades. Mucha de la más bella poesía o de las cartas escritas por Wilde son directamente proporcionales a su naturaleza sexual. Ignorar esto es separar al hombre del artista.
Entonces, para bien de la civilización, un homosexual, inteligente, sensible y educado como Wilde es peligroso, subversivo, revolucionario eventualmente, porque es portador de una individualidad demasiado fértil y vigorosa. Al fin y al cabo el sistema aniquila al individuo, pero la herencia de su individualidad es lo mejor que nos queda, y sobre eso no se discute porque al final de la jornada también se puede subastar . No es desarmonioso en consecuencia, pero sí muy irónico, que el inventor de las reglas del boxeo, un deporte tan varonil y "machista", el Marqués de Queensberry, padre de Lord Alfred Douglas, amante y motivo de la tragedia de Wilde, fuera quien finalmente lo enviara a la cárcel.
Oscar Wilde en la cima de su carrera, se convirtió en la figura central del más sonado proceso judicial del siglo, que consiguió escandalizar a la clase media de la Inglaterra victoriana y la misma aristocracia que le había lisonjeado hasta entonces, le despreció. Las numerosas presiones y peticiones de clemencia efectuadas desde sectores progresistas y desde varios de los más importantes círculos literarios europeos, no fueron escuchadas y Oscar Wilde se vio obligado a cumplir por entero la pena. Fue enviado a Wandsworth y Reading, donde redactó la posteriormente aclamada "Balada de la cárcel de Reading", poema donde el ahorcamiento de un compañero sirvió como excusa para describir íntimos sentimientos sobre el mundo carcelario. La sentencia supuso la pérdida de todo aquello que había conseguido durante sus años de gloria y le obligó a abandonar su patria potestad de sus hijos. Constance, su esposa, marchó a Suiza y cambió el apellido de sus hijos a Holland, un viejo apellido de familia, para desvincularse del escándalo, aunque nunca se divorció de Wilde.
En 1896 murió la madre de Wilde, de la cual escribe en su famosa y extensa carta llena de resentimiento dirigida a Bosie "De Profundis", escrita a principios de 1897: "Te he hablado de tu madre con cierta amargura, y te pido encarecidamente que le dejes leer esta carta, más que nada por tu bien. Si para ella será doloroso leer tal acusación contra uno de sus hijos, hazle recordar que mi madre, que actualmente está a la altura intelectual de Elizabeth Barrett Browling, e históricamente a la de Madame Roland, murió, herida en lo más hondo de su corazón, porque el hijo, de cuyo genio y arte se había enorgullecido tanto, y al cual consideró siempre como un digno sucesor de un nombre distinguido, fue condenado a trabajos forzados por dos años". Bastará leer "De Profundis" para darse cuenta de las enormes proporciones que tiene para Wilde el arrepentimiento, por todo el tiempo perdido al lado de Bosie cenando con panteras. Wilde lo describía maravillosamente, cuando decía que bajar a los mundos subterráneos de la prostitución masculina del Londres victoriano, era como "cenar con panteras", puesto que siempre se exponía al zarpazo, al chantaje que tales licencias suponían a manera de resaca ineludible. En estos viajes demenciales y arriesgados siempre lo acompañó Bosie. En gran parte el tributo que Wilde le rindió a los chulitos de los barrios bajos de Londres, es soñar sus sueños y traducirlos en poesía, prosa y pensamiento. Pero como buen pequeño burgués, citadino y acomodaticio, también se cobra su precio: acostarse con ellos, aunque después le devuelvan el zarpazo. Del paso de las tranquilas plazoletas del verde y aristocrático Oxford, al sucio y desvencijado Londres, Oscar y Bosie hicieron una aventura. La misma que los llevaría a la tragedia, la desgracia, la humillación y finalmente al desamor y al odio. Estas aventuras, aparentemente traviesas y juguetonas, tienen un perfil terrible, si pensamos en que, el que hacía las mayores apuestas era Wilde. El tránsito de la homosexualidad como tragedia del pensamiento y la cultura, a la homosexualidad como comedia, proxenesis y vicio, les resultó a ambos amantes increíblemente caro. Ese juego camaleónico, esa mascarada sibilante repleta de entuertos e infortunios, tendría que sostenerse indefectiblemente en los bordes de la moral burguesa, la que no comprendería jamás ese ir y venir entre las dos caras de una homosexualidad diseñada para ocultar el verdadero propósito de toda esta aventura: encontrarle sitio al arte en una sociedad que hacía mucho rato había dejado de entenderlo. Lord Alfred Douglas tampoco comprendió, en toda su justa dimensión, este azaroso manipular de espejos en que lo había metido Oscar Wilde. Para él el juego tenía dirección, sólo en la medida en que su individualidad artística saliera fortalecida, envigorizada para continuar con una tarea que toda la sociedad burguesa en algún momento vería como una absoluta aberración. En el trayecto Wilde no sólo perdería el control sobre su cuerpo, puesto que su carcelero sería el verdadero dueño durante dos años, sino también sobre lo más preciado y valioso para un artista: la independencia y la tranquilidad de espíritu para crear.
El 11 de febrero de 1897 Sarah Bernhardt estrenó "Salomé", en el Theatre de L'Oeuvre en París.

 

Foto que se dijo era Oscar Wilde representando "Salomé", cuando en realidad era de una cantante de ópera hungaresa llamada Alice Guszalewicz.

Foto Shanmonster

 

La obra recorre los mejores escenarios de Europa, pero Margarita Xirgu no acabó de decidirse a incorporarla a su repertorio hasta que se sintió atraída por la plasticidad del personaje, después de haber visto en el Liceo de Barcelona la representación lírica de la obra a cargo de la cantante italiana Gemma Bellincioni, que Richard Strauss compuso en 1906 para "Salomé".

Uno de los principales problemas que tenía la Xirgu con el personaje fue la voluptuosa danza de los siete velos, que interpretaba la princesa de Judea Salomé delante del tetrarca Herodes, pidiendo como recompensa que le trajeran en una bandeja de plata, la cabeza de Juan Bautista porqué el profeta rechazó amarla. De mala gana, Herodes tiene que acceder al deseo de Salomé y es así como la princesa puede besar los labios de Juan Bautista. Como Margarita no tenía idea de danza, empezó a dar clase con Paulette Pàmies, profesora del conjunto de danza del Liceo. Su hermano Miquel Xirgu se encargó de los bocetos de los figurines del vestuario.

 


Margarita Xirgu protagonizando "Salomé".

Foto Biografía de Antonina Rodrigo

 

El 5 de febrero de 1910 Margarita Xirgu estrenó el poema dramático "Salomé" traducido al catalán por Joaquín Pena con decorados de Brunet y Pous, en el Teatro Principal de Barcelona. La reacción contra la obra por salir la Xirgu en el escenario con el vientre desnudo, fue de escándalo. El diario "La Tribuna" decía: "Salomé es una figura llena de peligros para ser exhibida en la escena, especialmente en la nuestra, poco preparada para espectáculos de esta índole. Hay una discordante actitud de la crítica y del público; mientras unos reconocen que el personaje bíblico de la impúdica Salomé tiene gran consistencia humana, otros lo encuentran irrespetable e incluso pornográfico". Margarita Xirgu dijo al respecto: <<Toda interpretación es la ilustración de un texto, una explicación. Y yo no podía explicar nada, porque no lo había comprendido bien. La cabeza del Bautista vista de cerca era tan peluda que, yo que la tenía que besar apasionadamente durante una escena, sentía una profunda repulsión. Sólo de mirarla me ponía enferma. Y cuando, una vez acabada la función, todavía la veía, con los nervios destemplados gritaba: "Sacadme eso de delante!">>.
El Teatro Principal de Barcelona pertenecía a la Junta del Hospital de la Santa Creu, formada por algunos sacerdotes y no tardó en llegar el escándalo; un diario local escribía: "Nadie creía que fueran capaces de dar un mentís en la prensa voltairiana y a los curas enemigos del realismo decadente, dejando estrenar la obra de Wilde, pero el escándalo de los diálogos vodevilescos ha colmado los oídos hipócritas de los censores". La censura eclesiástica incluyó "Salomé" en el Índice de libros Prohibidos. La dirección del teatro se vio obligada a retirar la obra de la cartelera y rescindir el contrato, y la compañía hubo de dejar el teatro.
Después de actuar en castellano por primera vez en Málaga, en junio de 1913, Margarita Xirgu actuó en Santa Cruz de Tenerife y después en Las Palmas, donde una sociedad extremadamente puritana puso el grito en el cielo por la puesta en escena de "Salomé".
La representación de "Salomé" tuvo, como fondo, el repique de todas las campanas de las iglesias palmeñas, tocando a rebato, anuncio de calamidad pública, como si se hubiese desencadenado una epidemia o una catástrofe. ¡¡De nuevo el escándalo; la obra parecía maldita!!
Ser irlandés, rojo y maricón, junto con la capacidad de Oscar Wilde de soñar para diseñar utopías, eran indiscutiblemente componentes decisivos para hacer saltar en pedazos a cualquiera que se atreviera a criticar al venerable e intachable imperio británico. Lo más curioso de todo esto es que Oscar Wilde amaba a su reina Victoria, y cada vez que podía, celebraba el cumpleaños de ella, con la misma devoción que cualquier anciano británico, ciego creyente de la infalibilidad de su monarca. Su homosexualidad por un lado, y sus ideas socialistas por otro, eran dos ingredientes definitivos para que todo el peso del canon disciplinario victoriano le cayera encima. Al lado de estos elementos, todo el dispositivo caricaturesco que Wilde montó con su dramaturgia sobre la moralidad burguesa, le representó en todo momento serios problemas éticos, políticos, estéticos y sociales. Porque las críticas de Wilde fueron anti-burguesas, más que anti-victorianas. Tenía claro que la monarquía era el obediente instrumento de un todo más abrumador y destructivo: la civilización capitalista. La monarquía y el imperio eran sus dos puntas de lanza, a las cuales, un autor como Kipling, siempre rindió respeto y pleitesía. Fue la primera víctima de la homofobia burguesa, pero también de aquella ajustada y apremiada por la racionalidad excesiva que ha caracterizado toda la época moderna.
Pocos autores del período hicieron tanto para promocionarse a sí mismos, pero también pocos lograron penetrar tan a fondo en lo que en realidad era la Inglaterra victoriana. Sus viajes a los bajos fondos de Londres, una ciudad con dos millones de pobres al iniciarse los noventa, se completaban con su conocimiento práctico y teórico sobre los círculos sociales más distinguidos de aquella. Consecuente con su hipótesis de que el carisma, el buen vestir, la prudencia en las comidas y la templanza en los placeres eran el resultado de un conocimiento adquirido en un mano a mano con los excesos, Wilde hizo lo que estuvo a su alcance para vender su imagen, y con ello dio el primer paso hacia la venta de sí mismo como mercancía artística, producto de la publicidad, una de las grandes aspiraciones del hombre contemporáneo. "Todos seremos famosos por lo menos durante quince minutos de nuestras vidas", decía Warhol. Y de esta manera, Wilde saldó sus deudas con su pasado en Oxford, con una pizca de notoriedad. Porque sostenía que los dos grandes cambios de su vida habían tenido lugar cuando sus padres lo enviaron a Oxford, y cuando la sociedad lo envió a la cárcel. No podemos decir que estos dos acontecimientos fueran hitos decisivos en su discreto enfrentamiento con la burguesía victoriana, pero sí lo fueron en el diseño de su perfil como poeta y escritor, porque el material que ambas experiencias suplieron, le facilitó un mejor conocimiento de sí mismo y por supuesto la creación de ese mundo literario personal en el que el único héroe visible era él mismo.
"El mapa del mundo estará incompleto si en él no incluimos al país de la Utopía". Aseveraciones como ésta, eran las que le ocasionaban sus tórridos enfrentamientos con el orden burgués establecido. Porque siempre le gustó jugar al borde de los límites, víctima de las tentaciones y de la marginalidad. Tomar riesgos al filo del precipicio no sólo fue una idea que permeó su sexualidad, sino también sus creencias estéticas, las cuales aunque no tenían muy buena acogida por los teóricos del "establishment", eran frecuentemente recibidas con cierta simpatía por los sectores populares, como le sucedió con los mineros y las amas de casa en los Estados Unidos, cuando se dirigió a ellos para hablarles de la importancia de la belleza en nuestra vida cotidiana, y de la necesidad de tener una casa bien decorada y atendida. Si la mujer victoriana iba a ser ama y señora de los dominios de su hogar, entonces había que decorarlo de tal manera que se hiciera más tolerable la vida cotidiana en él.
Sólo el arte lo salvó del olvido irreparable que trae consigo el ostracismo cultural a que se ven sometidos los artistas e intelectuales que osan enfrentarse al monstruo de la dictadura, en cualquiera de sus distintos disfraces. Razón tenía Proust al sistematizar aquella maravillosa idea de que solamente con el arte se recupera el tiempo perdido. Con Wilde el asunto fue todavía más grave porque no tuvo tiempo suficiente para rescatarse a sí mismo, y cuando la tragedia lo alcanzó apenas comprendió lo que le estaba sucediendo.
Oscar Wilde salió de la cárcel de Reading el 19 de mayo de 1897, arruinado material y espiritualmente. Recobrada la libertad, despreciado por la siempre pacata sociedad inglesa, se instaló a vivir en Berneval-le-Grand en Normandia, Francia. Dirigió su primera carta al periódico "Daily Chronicle" que se publicó el 28 de mayo. Ni que decir tiene que no tardó en entregarse a sus pasiones de antaño. Oscar y Bosie se reencontraron muy brevemente, pero la relación no funcionó. Dos años en prisión no fueron suficientes para despejar el enigma en que se había convertido su vida. Nos damos cuenta de que fue poco lo que alcanzó a entender, cuando al salir de prisión lo primero que Wilde hizo fue buscar a su antiguo amante, precisamente quien de alguna manera fue el principal instrumento de su desgracia. ¿O será que las razones del corazón no atienden a razones?.
En 1898 murió su esposa, abandonó Berneval-le-Grand y marchó a París, donde vivió bajo el nombre de Sebastián Melmoth, en homenaje al protagonista de la novela de Maturin, acompañado a veces de su incondicional amigo Robbie Ross, quien sostuvo haber sido el primer amante masculino de Wilde y quien permaneció siempre leal a él. Se publicó por primera vez el libro de poemas "La balada de la cárcel de Reading" que escribió durante su estancia en Berneval. En él retrató la dureza de la vida en la cárcel y la desesperación de los presos, con un lenguaje bello y cadencioso. En esta obra escribió una de sus más famosas citas, como fue: "Todos los hombres matan lo que aman, sea esto oído por todos, algunos lo hacen con una mirada amarga, algunos con dulces palabras; el cobarde lo hace con un beso, el valiente con la espada", sin olvidar "que el que vive más de una vida, más de una muerte debe morir". De lo que no hay duda es de que escribió algunas de sus mejores páginas en la cárcel de Reading. Fue consecuente a aquella otra máxima en la que apuntaba: "siendo el dolor la suprema emoción que el hombre puede experimentar, es, al mismo tiempo, el prototipo del gran arte". El esteta, el decadente, el esnob, supo hallar la belleza hasta en la cárcel. Oscar Wilde envió su segunda carta al "Daily Chronicle", que se publicó el 24 de marzo.
Sus últimos años de vida se caracterizaron por la fragilidad económica, sus quebrantos de salud, los problemas derivados de su afición a la bebida y un acercamiento de última hora al catolicismo. Una recurrente infección del oído contraída años antes, se transformó en meningitis. Visitó Sicilia y Roma en la primavera de 1900. El día 30 de noviembre de ese mismo año, murió en París, en el Hôtel d'Alsace, en el 13, de la Rue des Beaux Arts, a consecuencia de un ataque de meningitis, a los 46 años de edad, librando así al dandy decadente de la miseria a la que había quedado reducida su existencia. Se despidió del mundo con su mordaz genialidad, diciendo: "El papel tapiz y yo estamos batiendo un duelo a muerte y uno de los dos tendrá que irse". Antes de morir, y en pleno uso de sus facultades mentales, ingresó a la fe católica, recibiendo las aguas bautismales de la mano de un sacerdote irlandés de la Iglesia de San José. El Hotel d'Alsace ha sido reemplazado por L'Hotel, un establecimiento en que puede uno alojarse en la habitación de Wilde, la número 16. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio Père Lachaise de París.

 


Tumba de Oscar Wilde en el cementerio Père Lachaise de París.

Foto Wikipedia


Entre los numerosos artículos que publicó en revistas de Europa y Estados Unidos destacan: "Impresiones de Yanquilandia", "La invasión americana", "Los modelos en Londres" y "Otras ideas radicales sobre la reforma del traje". Sólo póstumamente sus obras volvieron a representarse y a editarse: en 1905 apareció por primera vez "De Profundis" incompleto, en 1906 Richard Strauss puso música a su drama "Salomé", en 1908 apareció la primera edición completa de las obras de Oscar Wilde publicadas por Methuen en Londres, en 1909 se publicó la parte "De Profundis" que había permanecido inédita, por el hijo de Wilde, Vyvyan Holland, y con el paso de los años se tradujo a varias lenguas la práctica totalidad de su producción literaria.
Su primer hijo, Cyril, falleció en la Primera Guerra Mundial en mayo de 1915, como miembro de las fuerzas británicas que lucharon en Francia. El segundo, Vyvyan, sobrevivió a la guerra y se convirtió en escritor y traductor, publicando sus memorias en 1954. El hijo de Vyvyan, Merlin Holland, ha editado y publicado muchos trabajos sobre su abuelo.

 


Estatua de Oscar Wilde en el Parque Archbishop Ryan de Dublín. Curiosamente parece un dandy moderno.

Foto Ego4u

 

Algunos textos han sido extraídos de "Oscar Wilde" Wikipedia y The official Web Site of Oscar Wilde, y del ensayo "Del arte por el arte a una cena con panteras" del historiador costaricense Dr. Rodrigo Quesada Monge.

 


XAVIER RIUS XIRGU

 

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