137. ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ

 

Alfonso Hernández Catá nació en Aldeadávila de la Ribera, en la zona de los Aribes en la provincia de Salamanca, el 24 de junio de 1885, fue escritor de narrativa en cuentos y novelas cortas, poeta, periodista, ensayista, diplomático y dramaturgo.

Era hijo del teniente coronel del ejército español, Ildefonso Hernández Lastras (1844-1893) destacado en Santiago de Cuba, y de la cubana Emelinda Catá Jardines (1856-1915) que pertenecía a una familia arraigada en la zona oriental de la Isla, que había mantenido firmes posiciones anticolonialistas. Su padre Ildefonso Hernández, en 1874, había visitado a José Dolores Catá Gonsé, en la prisión de Baracoa, para pedirle la mano de su hija Emelinda y el padre aceptó. El matrimonio entre Ildefonso y Emelinda se celebró en Guantánamo, poco después de la ejecución del padre de la novia frente a una muralla del Fuerte de la Punta, el 24 de mayo de 1874, por conspirar contra España en plena Guerra de los Diez Años. Su tío materno, Álvaro Catá Jardines (1866-1908), que ejerció como periodista en "La Lucha", "La Discusión" y "El Fígaro", se incorporó al ejército mambí, colaboró con Mariano Corona en "El Cubano Libre" en plena manigua, alcanzó el grado de coronel y fue elegido representante a la Cámara por Oriente, al iniciarse la república neocolonial.

El primer hijo de Ildefonso y Emelinda fue concebido en Cuba y su madre vino a darlo a luz en Aldeadávila de la Ribera, el pueblo natal de su padre, ya que éste se había tomado un permiso militar y pasaban una temporada en España. A los tres meses meses de haber nacido, regresó con su familia a Cuba para residir en Santiago, donde su padre ocupaba un puesto en la administración militar de Cuba.

De sus años infantiles en Santiago, el propio Hernández Catá, recorriendo las calles de la capital oriental en 1930, le contaba a su albacea literario Antonio Barreras: <<Aqui, por esta calle y las aledafias (que eran las de San Tadeo y otras), jugué con mis compañeros infantiles a españoles y mambises, en plena guerra de emancipación. Tomaba tan en serio mi papel, que en más de una ocasión castigué la aparente bizarria de mis enemigos con la honda primitiva -arma infalible--, que manejaba a la maravilla...>>. Hernández Catá tuvo que sufrir los desgarrones de la división y enfrentamiento que produjo la Guerra de Independencia de Cuba. Estos desgarrones del alma comenzaron muy pronto para Alfonso, pues su niñez y adolescencia se forjaron en plena guerra. A los diez años asistió al entierro del héroe, poeta y revolucionario cubano, José Martí, caído en el campo de batalla.

La educación primaria y secundaria la recibió en el Colegio de don Juan Portuondo y en el Instituto de Segunda Enseñanza, en la ciudad de Santiago de Cuba, junto a su madre. Tenía ocho años cuando murió su padre, en el año 1893. Hecho que le dejó un hondo vacío y una insaciable inquietud, que intentó llenar participando en revueltas juveniles. Su madre decidió, entonces, templar su inquieto espíritu con la disciplina militar. Tenía 14 años cuando fue enviado, en 1899, a España, donde más tarde ingresó en 1901, a la edad de 16 años, en el Colegio de Huérfanos de Militares de Toledo como hijo de oficial español para seguir la huella paterna, pero allí no duraría mucho y pronto escaparía con varios compañeros hacia Madrid, a donde llegó a pie y en esa capital se formó como el intelectual que llegaría a ser, dando un giro a su vida e integrándose a la bohemia literaria madrileña. Alfonso escribió mucho más tarde: <<Tuve que dormir en las plazas y allí adquirí amistad con la majestuosa doña Urraca, cuya severidad preside el cónclave real de la Plaza de Oriente>>. Cuando Alfonso vino a estudiar a España, el Modernismo estaba en pleno apogeo, Rubén Darío había publicado "Azul" en 1888 y por tanto sus años juveniles de residencia en España, transcurrieron mientras se afianzaba este movimiento.

En Madrid vivió durante unos años -pasando hambre y penuria con trabajos a salto de mata- con lo que cobraba por las escasas colaboraciones que le admitían en algunos periódicos y revistas literarias. Aprovechó esa juventud bohemia para estudiar y leer en la Biblioteca Nacional, que fue para él como una especie de hogar de cultura contra el frío y la soledad. Fue aprendiz de ebanista mientras estudiaba francés e inglés, psicología, historia y literatura. Trabó amistad con algunos escritores, entre ellos Eduardo Zamacois en 1904, Rafael Villaespesa y Ramón Gómez de la Serna, y sobre todo con el también hispano cubano Alberto Insúa, que en realidad se llamaba Alberto Galt Escobar (1883-1963) y que cambió su primer apellido por el segundo de su padrastro, y de cuya hermana, Mercedes Galt Escobar, (que según otras erróneas fuentes se apellidaba Lila) se enamoró, y con la que después se casó. Conoció en Madrid a Alberto Insúa, en las reuniones literarias que efectuaba, en su casa, el escritor Antonio de Hoyos Vicent. Insúa había nacido en La Habana, hijo del periodista español Waldo Galt Insúa, quien, al concluir la dominación colonial, regresó a su país con su familia. Alberto Insúa recordaría frecuentemente a Hernández Catá en los dos tomos de sus "Memorias". De sus primeros contactos anotaba: <<Tenia una memoria prodigiosa. Sentados los dos en algún banco de la Plaza de Bilbao, me recitaba versos de Dario, de Guillermo Valencia, de Nervo, de Julian del Casal, de toda la pléyade modernista. Usaba unas corbatas polícromas, con grandes mariposas. También era melómano: silbaba las sonatas de Beethoven y las rapsodias de Liszt. Pero su ídolo era Grieg>>. En esa época, Hernández Catá empezó a traducir algunos libros y logró que Benito Pérez Galdós escribiera unas líneas al director de "Blanco y Negro" para que publicara una colaboración suya, lo que al fin logró tras muchas visitas y algunas artimalias del joven narrador Wenceslao Fernández Flórez, que le había conocido en La Coruña, en 1905, donde se habían reunido con varios jóvenes escritores, como Alberto Insúa y Francisco Camba.

No obstante, no había perdido el sentido de familia y volvió a Cuba en 1905, con sólo 20 años de edad, y allí reinició sus actividades literarias y periodísticas, colaborando en distintos periódicos, entre otros en el "Diario de la Marina", por entonces ya uno de los más prestigiosos. Apuntan algunas biografías que, en La Habana, trabajó como lector de tabaquería -lo que no es cierto- y empezó a relacionarse con importantes personajes de la política, de las letras y con los jóvenes intelectuales cubanos de la primera generación republicana. Entre ellos estaba Jesús Castellanos, con quien estableció una relación estrecha. Desde entonces ejerció el periodismo. En 1905 Hernández Catá fue citado en la antología lírica "La corte de los poetas" .

Dos años después, en 1907, volvió a España y el 22 de junio de este mismo año, en Madrid, contrajo matrimonio con Mercedes Galt Escobar en la iglesia madrileña de San José, en la capilla de Santa Teresa, lugar histórico por cuanto en ella se había casado Simón Bolivar, el Libertador de América, con una sobrina del marques del Toro. Alfonso y Mercedes, más tarde, tuvieron cinco hijos. Hernández Catá publicó su primera novela corta "El pecado original", en "El Cuento Semanal" de Madrid, que había fundado y dirigía Eduardo Zamacois y luego, en esa misma ciudad, apareció su primer libro "Cuentos pasionales" donde se percibe el influjo de Guy de Maupassant -tan interesado en los conflictos psicopatológicos y la locura- y de otros narradores franceses. Hernández Catá fue un devoto admirador de Guy de Maupassant. En "Cuentos pasionales" un fuerte cromatismo coloreó las páginas de prosa, en la descripción tanto de los personajes como de los paisajes. Expresó un erotismo que se mezclaba y armonizaba con un misticismo, no sólo referido directamente a lo religioso sino en un sentido más amplio, a una clara visión espiritual de las cosas y los seres. En este aspecto Hernández Catá tuvo una estrecha relación con los "eróticos" y "galantes", y especialmente con Felipe Trigo en novelas como "La Áltísima" o "Murió de un beso", aunque su escritura se enmarcó en el movimiento renovador del Modernismo. La primera edición de "Cuentos pasionales" constó de seis cuentos: "La hermana", "El padre Rosell", "Un drama", "Otro caso de vampirismo", "Diócrates, santo" y "Un milagro", acompañados por dos comedias breves: "Horas trágicas" y "De la edad galante" -testimonio de su inclinación hacia la creación dramática- y de una novela corta: "Tragedia". La edición de 1920 creció en su contenido. En ella aparecieron catorce cuentos y cinco comedias. En el cuento "Un milagro", trató de penetrar en la psicología de los animales, en la que alcanzaría su climax con "Zoologia pintoresca" en 1919 y, sobre todo, con "La casa de las fieras" en 1922. En el cuento "La hermana" desarrolló una historia de vesania erótica alrededor de un caso de incesto -la perspectiva era el caso clínico- que, en términos artísticos, se comunica con algunos sensuales y morbosos fantasmas de Poe. En la novela corta titulada "Tragedia", narra la historia de un esclavo negro que enloquece de puro enardecimiento sexual, a causa de una jovencita blanca.



Caricatura de Alfonso Hernández Catá.

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Hernández Catá regresó a Cuba con su esposa y se estableció en la Habana. Alberto Insúa recuerda que después de la boda: <<... puede decirse que del altar saltaron los novios al barco, con rumbo a La Habana, pues allí contaba Alfonso con un tío carnal por la rama materna, don Álvaro, que ocupaba un puesto en la Cámara de Representantes, y era de esperar que nuestro pariente don Salvador de Cisneros Betancourt, Presidente a la sazón del Senado, no les negara su protección>>. Llegó a su país sin perspectivas, solo con su esposa y sus ilusiones. En junio de 1907 inició sus colaboraciones en la prestigiosa revista habanera "El Fígaro". Escribió de nuevo en el "Diario de la Marina" y también en "La Discusión". En el diario cubano "Diario de la Marina" publicó sus novelas por entregas: "Alma", "La sangre llama" y "La última copa". Pronto obtuvo la ciudadanía cubana y en 1909 ingresó en la carrera diplomática como Cónsul de segunda clase. Desde este momento dos facetas distintas, pero complementarias de su vida, constituyeron la personalidad de Hernández Catá, fue simultáneamente diplomático y escritor. En febrero de 1909 fue designado Cónsul de Cuba de segunda clase en El Havre, en Francia, con el haber anual de dos mil pesos. Ocupó dicho cargo hasta el primero de octubre de 1911.

Alberto Insúa, en sus "Memorias", cuenta su estancia en casa de su cuñado en El Havre, sus paseos y relaciones con artistas, escritores y editores durante esos días. Hernández Catá participaba en una tertulia en El Havre, a la que concurría Raoul Dufy, que sería después, con Matisse, uno de los promotores del Fauvismo. Hernández Catá e Insúa visitaron juntos Rouen, en admirado recuerdo a Gustavo Flaubert, uno de sus ídolos, y recorrieron el territorio normando peregrinando a la zaga de los cuentos de Maupassant. Narró Alberto Insúa: <<Con Alfonso, en coche o a pie, seguí la ruta de la diligencia de "Boule de suif", visité los lugares en que transcurren los episodios de "Une vie" y de "Notre coeur" y, en la playa de Étretat, bajo sus candiles, entre sus dos rocas calcáreas y en la sombra húmeda de sus grutas, me pareció ver pasar y ocultarse a esa humanidad del prodigioso cuentista...>>. En las conversaciones entre los dos cuñados, que en muchas ocasiones derivaban hacia francas discusiones, sobresalen los nombres de los escritores a los que rendía homenaje Hernández Catá. Porque no eran sólo Maupassant y Flaubert, los máximos maestros, sino otros, como Jules Renard y el entomólogo Henri Fabre, hasta la muy famosa por entonces madame Rachilde. Y aun el filósofo Henri Bergson y compositores como Debussy y Ravel. Por Catá conoció Insúa las obras de estos autores, y personalmente a jóvenes escritores españoles, después tan destacados, como Eugenio d'Ors y Enrique Díez Canedo. Sin duda, Hernández Catá disponía de una buena cultura literaria y musical, por lo que se puede decir que estaba al día. Así lo reconoce en sus "Memorias" Alberto Insúa, aunque no compartiera todas las preferencias de su cuñado. Su alejamiento de Cuba no lo distanció de los jóvenes escritores que eran sus contemporáneos. Catá envió colaboraciones a las principales revistas cubanas de ese tiempo, como "El Fígaro" y "Cuba Contemporánea".

En 1909 también publicó su primer libro de ficción "Novela erótica" en el que sobresalen tres narraciones: "El crimen de Julian Ensor", "La verdad del caso de Iscariote" y "El pecado original". En ellas empleó una técnica más de dramaturgo que de novelista. El título hace pensar que es una novela, cuando en realidad este volumen esta compuesto por cuentos y novelas cortas; una de ellas le da título al tomo. Ese mismo año Garnier Hermanos de París, le editaron su novela "Pelayo González. Algunas de sus ideas. Algunos de sus hechos. Su muerte", impregnada de valores ensayísticos, dedicada a Benito Pérez Galdós, y que presenta el retrato de un sabio escéptico, irónico y sentimental. "Pelayo González" es un personaje agudo, paradójico y contradictorio, que expone sus ideas no demasiado originales. El tercer libro de Hernández Catá estaba técnicamente enlazado con el anterior. Es una obra sin intriga novelesca, en la cual coloca dos o tres tipos, de inconsistente fisonomía, para hacer que digan lo que al autor se le ocurría sobre todas las cosas de este mundo y las de los demás.
En esa época Hernández Catá dio conferencias sobre el país que representaba. En 1910 ofreció algunas de estas conferencias en la Sociedad Libre de Estudios Americanistas, en Barcelona, destacándose entre ellas la titulada "Cuba después de 1908", que apareció en la revista "Cuba en Europa", de la misma ciudad. Hernández Catá acostumbraba a decir a periodistas e investigadores -un poco en broma, un poco en serio-, que había nacido en Santiago de Cuba. En 1911 fue nombrado Cónsul de Cuba de segunda clase en Birmingham, en Inglaterra, y publicó en Madrid su novela "La juventud de Aurelio Zaldívar" en la que se puede descubrir la atmósfera de La Habana, aunque el nombre de la ciudad no se mencione nunca. En sus páginas se asiste a un diálogo entre dos ancianos de firme personalidad, en los que es posible identificar las figuras de Manuel Sanguily y Enrique José Varona charlando en la redacción de la revista "El Fígaro", lugar que muy bien conocía.

Este mismo año publicó en la revista "El Fígaro" una devota y hermosa crónica, "Un amor de Guy de Maupassant", en ocasión de una visita que hiciera a Étretat, donde conoció a la bella Ernestina, su pasión romántica. Poco después, en julio de 1912, Hernández Catá dirigió una instancia a los señores académicos por medio de la cual presentaba su candidatura para el sillón que había dejado vacante en la Academia Nacional de Artes y Letras, la muerte de Jesús Castellanos; pero la Academia designó al doctor Francisco Domínguez Roldín en su lugar. En 1913 Hernández Catá fue nombrado Cónsul de Cuba en Santander y estrenó, en colaboración con su cuñado Alberto Insúa, su primera obra teatral, el drama romántico en tres actos "El amor tardío" ambientada en espacios hispanos. La obra sostiene el conflicto sentimental de un hombre de ciencia que ve florecer el amor en el invierno de su vida. Dicha obra fue representada a partir del mes de abril de 1915, en el Teatro de la Princesa de Madrid, repetidas ocasiones por Margarita Xirgu y Ricardo Puga.

 


Margarita Xirgu y Ricardo Puga interpretando "El amor tardío".

Foto Flickr

 

El 28 de junio de 1913 escribió en la revista "El Fígaro" el artículo titulado "La sombra de Martí", donde partía de la contraposición entre Ariel y Calibán -según la había concebido José Enrique Rodó- para ofrecer algunas consideraciones sobre la poesía martiana y sobre la trascendencia de su mensaje. Por otra parte, para la labor de transcribir los manuscritos de las obras completas de José Martí, Gonzalo de Quesada y Aréstegui contó con la colaboración de la poetisa Aurelia Castillo de González. A ella le dedicó Hernández Catá el artículo "La sombra de Martí". En él se puede encontrar el germen de lo que sería su libro "Mitología de Martí" de 1929. En ese artículo expuso: <<...de espíritus como el de José Martí valiera mejor decir que no se van: mezclados a la tierra patria, son como su aliento, flota sobre sus arboles, cantan a lo largo de sus ríos, se ciernen sobre sus hombres en las horas decisivas>>.

 

Retrato de Alberto Galt Escobar, que firmaba como Alberto Insúa sus obras en colaboración con su cuñado Alfonso Hernández Catá.

Foto Javier de Costromori

 

El 23 de enero de 1914 estrenó, en el Teatro Lara de Madrid, en colaboración de nuevo con su cuñado Alberto Insúa, su segunda comedia "En familia", cuya acción transcurre en Galicia. Este mismo año fue nombrado Cónsul de Cuba en Alicante. En 1915 estrenó su tercera comedia en colaboración, una vez más, con su cuñado Alberto Insúa, "Cabecita loca", y publicó la colección de novelas cortas "Los frutos ácidos", compuesto por las novelas cortas: "Los muertos", "El laberinto" y "La piel", que giran en torno a la pérdida de valores de la sociedad moderna y que forman un "corpus" cuestionador de los valores, no sólo de la sociedad burguesa sino de la modernidad y de lo que esta representa para el hombre. Las tres coinciden en desarrollar el motivo de la muerte -tema asiduo en la obra de Hernández Catá- aunque aparejado a un segundo, rector del texto: el mestizaje, la marginación social y la espiritualidad. Así mismo, reflexionan sobre la identidad del hombre que absurdamente no pertenece a ningún lugar y es obligado a formar su espacio específico fuera de la sociedad. Es el ser humano y su comportamiento quien, en estas historias, va a trazar un camino de exclusión y marginalidad. Temáticamente este libro se deslinda de otras colecciones por centrar sus conflictos en la muerte social más que en la pérdida física. Es el hombre atormentado y empujado por reglas e intereses económicos, políticos o raciales. El mismo ser relegado a una zona de confluencias y que encuentra en la marginación su pertenencia a la sociedad. Pero ahí mismo estará la ruptura, pues la exclusión y el cuestionamiento lo llevarán a acabar con lo ya establecido: le servirán de tránsito hacia la muerte. Y entonces aparecerá, también, el retorno a una de las interrogantes constantes en Hernández Catá: si el ser humano vale per se o por lo que decide la sociedad, según los valores heredados.

En la novela corta "Los muertos", publicada por primera vez en 1915 en la revista "Cuba Contemporánea", detalla una atmósfera sombría que expone el tránsito hacia la muerte como liberación de un grupo de leprosos. Hernández Catá narra la historia de un caserón devenido en leprosario y la de sus habitantes, recluidos contra su voluntad, como si perteneciesen a alguna novela de Dostoyevski. Estos hombres buscan, a toda costa, una salida para su abandono y un poco de alivio a su enfermedad, tanto del alma como del cuerpo. Las ficciones sociales tejidas en torno a la lepra atañen fundamentalmente a los temas "pecado" y "muerte" asociados a ella. Los leprosos han de purgar una serie de pecados cíclicos en los que la sociedad se identifica y que, a toda costa, tratará de ocultar. Si para Miguel de Unamuno, contemporáneo de Alfonso Hernández Catá, la envidia era la lepra que carcomía a España; para Catá la verdadera, estaba en la apatía y en la exclusión, dos caras de la falsa misericordia.

Una técnica común en Hernández Catá resultó caracterizar a los personajes a través de sobrenombres, que englobaban ya sea un aspecto preponderante de su personalidad o de su oficio. El Coco, el verdugo, el practicante, el albacea, no tendrán caracteres definidos en la historia; en cambio serán síntomas evidentes de la desidia social. En otro extremo se encuentran aquellos leprosos personajes nominados que tienen una personalidad definida y participan directamente en la trama: Remigio, Samuel, Juan y los dos viejos, que simbolizan la gula, la lujuria, la ira, la avaricia y la pereza, respectivamente. En el bando opuesto, don Manuel, Quico, Antoñito y Ramón equilibran el eje bondad-maldad sobre el que han sido creados. Justo en el medio de estos dos conjuntos sobresale la figura de Sor Eduvigis quien logra independizarse del mote del Coco al relacionarse con los enfermos, y al funcionar como ayudante cuando trata de modificar la realidad imperante. El gran cronótopo de la historia, y elemento fundamental en la creación del ambiente, lo constituye el caserón donde se levanta el leprosario. A él está dedicada la primera de las cinco partes de la novela corta: a su nacimiento, florecimiento y decadencia; estableciendo así una equivalencia implícita con los enfermos que lo habitan. Surge del testamento de Doña Emilia como una gran ficción y de ella dependen todos a su alrededor. En la obra, el espacio aparece presentado a través de motivos que semánticamente proyectan empobrecimiento, degradación, prisión y muerte. El espacio va cerrándose en torno a los personajes de forma acelerada hasta convertirse en una verdadera cárcel, no sólo por la construcción sino por el rechazo de y para sus habitantes. Para los habitantes del leprosario existen dos zonas claramente definidas e inviolables: les está prohibido salir a los leprosos y se les limita cada vez más el espacio al que pertenecen (muros, patios, rejas y por último una gran tapia). De igual forma, los médicos, practicantes y monjas, solo tienen un acceso limitado al salón donde se reúnen los enfermos. El hospital, es el sitio "frontera" donde se producen los descubrimientos y donde los personajes van a permitirse algunas libertades que, por las características de los espacios propios, no les serían posibles. El binomio tiempo-espacio unido al motivo de la muerte y a los personajes, definen el presente del hombre moderno como un "dejá vu", un retorno constante, como un ciclo que debe ser vencido y que se reanudará al morir. El futuro se proyectará cerrado y agobiante, negando la posibilidad de una solución a los conflictos y convirtiendo indistintamente al hombre en una entidad particular y general de una sociedad que ha transformado sus valores por ambición o apatía. En la otra novela corta "La piel", escrita en 1913, narró la historia del mulato Eulogio Valdés, acechado y golpeado por los prejuicios raciales y también se percibe, en el tono casi expresionista de la narración, la proyección de la realidad como un gran engranaje cíclico que le impide al ser humano modificarla.

 


Retrato de Alfonso Hernández Cata.

Foto En Caribe

 

La muerte se convirtió en uno de los temas ampliamente trabajados por Hernández Catá. La poca preparación del hombre para morir o para enfrentar la pérdida de otro ser humano, es producida, en gran parte, por el temor a lo desconocido y por los diferentes factores subjetivos que rodean al fenómeno. La muerte fue una de sus más complejas obsesiones. El 17 de julio de 1915, Margarita Xirgu estrenó "La mujer desnuda" de Henri Bataille en traducción de Hernández Catá, en el Teatro Novedades de Barcelona. Este mismo año Catá publicó la novela corta "La madrastra". En 1916 estrenó su cuarta comedia en dos actos y en prosa, en colaboración de nuevo con su cuñado Alberto Insúa, "La culpa ajena". Este mismo año publicó su novela en forma de greguerías "Fuegos fatuos" y las novelas cortas "Girasol" y "Los ojos zarcos".

En 1918 llegó a Madrid ascendido como Cónsul de Cuba de primera clase. En 1919 publicó el libro "Zoología pintoresca". Hernández Catá mostró una gran afición hacia el cultivo del cuento de animales, desde la escritura de su primer libro. No ha de pensarse, por supuesto, que fuera proclive a las fábulas. Por tener mucha inclinación al hombre, de ahí su evidente filantropía, fijaba su atención en los animales. En una literatura tan escasa de esta modalidad creativa, produjo relatos en los que la penetración en el espíritu de sus zoológicos personajes, atisba muy humanos reconcomios. En 1919 estrenó su quinta comedia dramática en tres actos "El bandido", después su sexta comedia "Nunca es tarde", escritas ambas, una vez más, en colaboración con su cuñado Alberto Insúa y también estrenó su primera comedia en tres actos, escrita en solitario, "La casa deshecha" que protagonizó Margarita Xirgu en su estreno y en varias representaciones más. El dominio del diálogo -siempre presente en sus narraciones- le permitió traspasar fácilmente los límites entre la narrativa y el género teatral. Los incidentes en la creación y puesta en escena de sus comedias, los narró con lujo de detalles Alberto Insúa en sus "Memorias".

 


Portada de la comedia "La casa deshecha".

Foto Todo Colección

 

En 1920 publicó la colección de cuentos psicológicos "Los siete pecados", distinguida por su tono confesional y melodramático, por el regodeo en lo morboso y por la concepción fatalista de la existencia. En el cuento "La media muerte" narró la historia de los hermanos gemelos Duffy, siempre unidos en vida, separados por la muerte, y que emprenden el insolente desafío de un reencuentro en el más allá. En otro cuento de la misma colección, "La mala vecina", expuso que no es sino la muerte misma, la que arrastra a un niño aterrorizado por ella.

Dentro de la labor periodística de Hernández Catá sobresalen textos como la serie de catorce artículos publicados de julio a octubre de 1921 bajo el título de "Crónicas de Hernández Catá", en ocasión de la lucha de los marroquíes en favor de su independencia del dominio español, que publicó el periódico "El Mundo" de La Habana. Esta actitud en favor de la emancipación de los marroquíes, provocó que el Gobierno español solicitase su expulsión de Madrid y fuera despedido como Cónsul de primera clase de Cuba y fuera trasladado transitoriamente como Cónsul a El Havre, que fue el lugar donde inició su carrera. En 1921 también publicó la novela "El placer de sufrir" escrita el año anterior y estrenó su segunda comedia en tres actos, escrita sin colaboración alguna, "La última flecha". En 1921 publicó su novela "El drama de la señorita Occidente", en la que describió el contraste de personajes y el ambiente de Filipinas con el de una familia catalana; y sobre todo la protagonista y la temática de los prejuicios raciales . Este mismo año publicó también sus novelas "Estrellas errantes", "La patria azul", "El nieto de Hamlet" y "La voluntad de Dios".

 

Retrato de Alfonso Hernández Catá.

Foto Archivo Cubano

 

En 1922 escribió la novela "El corazón" -que se publicó al siguiente año- de estirpe naturalista casi al pie de la letra, sobre la tensión erótica triangular: los sinuosos nexos entre un médico, su esposa y una enfermera. Habla del corazón ideal, construye una relación binaria con el músculo visceral, sangriento, y habla de la calidad irresistible e hipnótica de la sangre, donde sangre es también igual a sexo. También en 1922 publicó el cuento o narración breve "La casa de las fieras", del que cabe destacar relatos tan valiosos como "Nupcial" y "Dos historias de tigres", comparables a los del inglés Rudyard Kipling y a los del uruguayo Horacio Quiroga. El interés en sondear los comportamientos humanos condujo a Hernández Catá a incursionar en cuentos o historias de animales, a partir de los cuales podían plantearse distintas conductas, y con los que también demostró su buen dominio del diálogo. En 1922 publicó también su novela "La muerte nueva", que según el intelectual cubano Juan Marinello fue su mejor obra. Otros afirmaron que en sus novelas se veía más al dramaturgo que al novelista. Sin embargo, sus novelas parecen demorarse en ciertos procedimientos literarios, muestran un tono que parece detenerse en técnicas dejadas atrás; en sus narraciones extensas parece como si Hernández Catá perdiera la sustancia de su relato, el dominio de su precioso instrumento expresivo, por otra parte tan eficaz en sus novelas breves y en sus cuentos. No conquistó en las novelas la maestría que enseñorea sus relatos más breves. En 1922 también publicó las novelas "Los ojos claros", "El aborto", "El límite" y "Una mala mujer", donde expuso la fantástica psicosomatización de la culpa relacionada con la lascivia y el sexo, y en la que un mozo mordido por un perro y enfebrecido, determina darse un tiro infiriendo desde la ambigua mirada de la madre, por la posibilidad de su metamorfosis en lobisón. Este mismo año publicó también el cuento "El sembrador de sal" dedicado a Carlos Loveira, en el que relata la violencia homicida de la conquista amorosa en el territorio del cuerpo lesbiano.También en 1922 publicó sus relatos cortos "Fantasmas" y "Pisapapeles".

Más allá de la distinción de elementos identitarios sobre lo cubano o lo español, aun cuando las historias se ubiquen en espacios nacionales, en los cuentos de Hernández Catá se evidencia una preocupación por las contradicciones sociales y por los conflictos humanos en todo su dramatismo y universalidad. En ese sentido, su obra representó una línea más cosmopolita, libre de ataduras nativistas o costumbristas, dentro de la narrativa cubana de esta etapa. La convergencia de rasgos modernistas y naturalistas en la obra de Hernández Catá puede notarse en la prosa preciosista de fuertes atmósferas sensuales y en la tendencia hacia un psicologismo que explora en lo humano universal. El exlibris de Hernández Catá, que rezaba: "apasionadamente hacia la muerte", de cierta manera sintetiza su sentimiento trágico de la vida y del arte: en sus obras, se repiten con frecuencia los desenlaces funestos de personajes angustiados, temperamentales o hipersensibles, los cuales muchas veces derivan en la locura o en la destrucción total. Algunas de sus narraciones se inspiran en la pobreza ética o en sucesos del espíritu, de manera que se trata, en su mayoría, de casos psicológicos que lindan con lo morboso y lo patológico. Todo esto conllevó a que su obra fuera estudiada en el volumen "Literatura y psiquiatría" de 1950, donde el psiquiatra español Antonio Vallejo Nágera dedicó un capítulo para examinar varios de los cuentos de Hernández Catá, calificado en estas páginas como: <<el literato moderno que más cuidadosamente ha especulado sobre sus casos dentro de la realidad clínica>>.

En 1923 publicó su novela "Bajo la luz" y en 1924 la novela "El libro de amor". En sus novelas y ensayos se aprecia su actitud crítica y especulativa, y su espíritu cosmopolita, atraído por los temas sensuales. En 1925 regresó a Madrid como Cónsul de Cuba de primera clase, cuatro años más tarde después de su despido en 1921. Este mismo año estrenó en colaboración única con Eduardo Marquina, y con bastante éxito, la comedia "Don Luis Mejía" en la que caló, con aguda penetración, en la psiquis del antagonista de don Juan Tenorio. En 1926 publicó su novela "El bebedor de lágrimas", cuyo momento cumbre es cuando el protagonista contempla la bahía de Santiago de Cuba y recuerda el desastre de la escuadra española. Este mismo año publicó su cuento "La quinina", publicado originalmente en la revista "Social" con el título "Mandé quinina", en el que se advierten muchos elementos autobiográficos, sobre todo relacionados con los recuerdos de niñez en torno al comienzo de la Guerra de Independencia de 1895, dos años después de la muerte de su padre.

 


Hernández Catá, su esposa y sus cinco hijos, en 1923.

Foto Iconografía Cubana


Hernández Catá en 1927 publicó la colección de cuentos "Piedras preciosas". Tres de esas narraciones llevan por título: "La perla", "Los brillantes" y "El rubí", en los que demostró cuanto le interesaban como material de sus obras, los casos patológicos trabajados con el mayor cuidado estético. Otras narraciones pertenecientes a esta colección son: "La carta", "El testigo", "Cuento de miedo","Cuento de amor" y "Cuento de misterio" donde jugando el protagonista a ser fantasma termina volviéndose fantasma. En 1928 publicó la novela "El ángel de Sodoma" prologada por Marañón y epilogada por Jiménez de Asúa, y en la que abordó el tema del homosexualismo masculino. El 28 de septiembre de este mismo año estrenó, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, la zarzuela en tres actos y en prosa "Martierra" con libreto suyo y con música del maestro Jacinto Guerrero. La acción se sitúa en Martierra, pueblecillo imaginario enclavado entre el monte y el mar.

Cultivó con igual éxito las tres modalidades de la narrativa: la novela, la novela corta y el cuento. En Hernández Catá se aúnan rasgos de la literatura noventiochista española y del Modernismo hispanoamericano. Su prosa fue genuina prosa modernista, trabajada con arte, castigada y elegante, y le dio realce a su producción. Cabe señalar la riqueza de su léxico y el colorido y elegancia de sus imágenes. El espíritu modernista fue, en la península, una realidad vista a través de dos perspectivas: los escritores del 98, observadores de su nueva circunstancia histórica con un lenguaje distinto; también, los seguidores rubendarianos que manejarían no sólo el cambio de estructuras formales como la musicalidad o la búsqueda de la belleza; sino la apropiación del espíritu de una nueva época. La literatura de estas dos primeras décadas llevaría en sí una carga importante de melancolía y búsqueda de evasión como medio de modificar el momento. El otro lado del mismo fenómeno estaría en el rescate de lo nacional a través del paisaje. El lenguaje enrumbaría por los cauces de la naturalidad y sencillez para unos y para otros se volvería sugerente, rebuscado, musical: para ambos, preciosista y abocado a encontrar lo que debe ser redimido. El pesimismo de esta etapa parte de la decepción del ser humano ante la realidad circundante, la cual desemboca en dos grandes conflictos mundiales por un dominio hegemónico del mundo. Ambas contiendas tocaron a Hernández Catá, quien respondió de forma similar a sus contemporáneos. Entre los rasgos modernistas hay algunos que lo caracterizan y distinguen: el cosmopolitismo, que nace no tanto, aunque también, de su vida errante, sino más bien de su afán de visualización y descripción de mundos nuevos; a esto se une el orientalismo, que le aleja del realismo de corte provinciano y le lleva a descubrir mundos y personajes exóticos. A esto podemos añadir el americanismo, más obvio, ya que gran parte de su vida se desarrolló en estos ambientes de América del Sur.

 

Retrato de Alfonso Hernández Catá en su biblioteca.

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Reunió una amplia bibliografía martiana que le remitieron durante varios años, adonde estuviera, sus amigos, Arturo de Carricarte, Argilagos y otros. Sostuvo relaciones con algunos intelectuales del Grupo Minorista -como Juan Marinello, Emilio Roig de Leuchsenring, Jorge Mañach y Rubén Martínez Villena- y leyó con pasión las obras del más grande de los poetas y revolucionarios cubanos, José Martí, publicadas en Cuba, a partir de 1913. Como resultado de todo esto, publicó en 1929 el ensayo "Mitología de Martí" . No es una biografía novelada de José Martí; es mas bien un conjunto de estampas biográficas, de evocaciones históricas, de relatos que directa o indirectamente están ligados a la vida y al ideario martiano. En dicho ensayo narró en "El entierro de José Martí", la exhumación de aquel hombre caído en el campo de batalla, cuya trayectoria, luminosa por entonces, desconocía. Sin duda, esta obra contiene dos de los cuentos de Hernández Catá de mas hondo patriotismo y de más calidad literaria: "Apólogo de Mary González" y, sobretodo, "Don Cayetano el informal". Este último es su cuento cubano más notable, debido a la temática cubana y martiana que lo caracteriza. En las décadas de los 20 y de los 30, se advierte en la obra de Hernández Catá cada vez con mayor fuerza, el interés explícito por temas cubanos y por las problemáticas sociopolíticas de la república neocolonial.

También en 1929 estrenó sin colaboración alguna, en solitario, su última obra teatral, la comedia en tres actos "La noche clara". En abril de 1930 Hernández Catá visitó, en la Universidad de La Habana, a la Asociación de Estudiantes de Derecho, y apoyó la lucha de los estudiantes universitarios contra la dictadura de Gerardo Machado y les transmitió la solidaridad en su lucha de los estudiantes españoles. Este mismo año publicó su cuento suelto "La niña débil". En 1931 publicó su único libro de poesía, "Escala", que reúne buena parte de su producción lírica y en el que dio testimonio de que el Modernismo le inclinó a dedicarse a la literatura. Conoció a Rubén, fue su admirador y contribuyó a la proyección de las letras americanas hacia España y a la mutua influencia, hasta hacer una sola literatura en castellano en Hispanoamérica y en España. En efecto, su obra, se caracteriza por poseer los rasgos modernistas fundamentales, que pueden detectarse perfectamente en su lenguaje. Su cromatismo es la prueba más fehaciente de la influencia del Impresionismo pictórico, que se hace símbolo de la mano del Simbolismo francés. La palabra modernista resalta por su brillo: son piedras preciosas que van engastadas tanto en la poesía como en la prosa, colores que se huelen y son táctiles; y la misma prosa llega a tener musicalidad, es decir ritmo y armonía internos, que se consiguen con la combinación pretendida de palabras sonoras. La descripción de la mujer se atiene al prototipo de los escritores de este principio de siglo. Sin duda aquí perdura el Realismo descriptivo, que se combina perfectamente con la palabra modernista. Como poeta reunió también en su obra "Guitarra guajira" sus composiciones que rozan temas insulares: "Tres momentos", "El secreto" y "Separación", y rindió tributo a la moda afrocubana con la rumba "La negra de siempre" y la composición "Son" que Ramón Guirao incorporó a su "Órbita de la poesia afrocubana" de 1938.

En 1931 publicó su libro de cuentos "Manicomio" con magnificas ilustraciones del gallego Arturo Souto Feijoo, que parecen brotadas de una mente esquizofrénica. En "Manicomio" ofreció una amplia galería de problemas psicopatológicos. Es quizás donde están recogidos los mejores cuentos de Hernández Catá, dentro del perfil temático de la locura, como: "Los ojos", "Los muebles", "Cámara oscura", "Atentado", "Mil y un crímenes" y "Deberes" . Hernández Catá enlazó la persistencia del tema de la muerte con la locura, en el preámbulo que escribió para su libro. Como afirma el propio autor, hay una estrecha relación entre las dos fatídicas hermanas, aunque no estén continuamente unidas en su nefasta labor. Al adentrarse en la mente y el corazón humanos, Catá lo hace no solamente con penetración certera, sino que basa muchas de sus historias en informes psiquiátricos o en documentos clínicos que corroboran sus afirmaciones, imprimiéndoles un sello de veracidad. Lo locura y la muerte se integran en la trama como si una conllevara la otra y fueran inseparables. Si el gran narrador expresó que: <<Un libro dado a luz, es algo íntimo que se separa de nosotros; una disgregación anímica>>, puede categorizarse su actitud literaria como la de un observador minucioso que meditaba sus temas y los trasmitía a través de un proceso de creación casi doloroso. En algunas historias de "Manicomio" aparecen temas que van, desde las aberraciones sexuales más increíbles, hasta los conflictos psicopatológicos de muy diversas implicaciones. En el cuento "Los muebles", relata la historia de un hombre que angustiado por la muerte, vive en perpetuo horror en la espera de la aniquilación de la vida. No puede sufrir el pensamiento de que otros le sobrevivan y lee con fruición los obituarios para alegrarse íntimamente de que otras personas hayan muerto antes que él. Al visitar una almoneda, nota que hay muebles finos de mucha antigüedad. Le impresiona un armario francés, que data de ciento cincuenta años atrás. Piensa con terror como esos muebles han sobrevivido a los hombres que los construyeron. Los muebles se tornan, ante los ojos del protagonista, en entes reales que se burlan de su mortalidad y de quienes es posible vengarse. Simbólicamente, el temor del protagonista a que otros seres le sobrevivan y objetos inanimados perduren más que él, no es más que una aberración del anhelo de inmortalidad que siente el hombre. Los artistas y escritores suelen afirmar su deseo de no caer en el olvido a través de sus obras; otros se sienten perpetuados en sus descendientes; algunos confían en que su intervención en hechos grandiosos les dará vigencia en la posterioridad. En este cuento, el protagonista ha sufrido una exacerbación tal de su ansia de eludir la muerte, que en su locura piensa que la destrucción de los objetos duraderos, como son los muebles, le ayudará a conseguir la inmortalidad que tanto desea o tal vez así se venga de la durabilidad de las cosas inanimadas sobre la vida de los hombres. Certera clave la de esta historia que se adentra en uno de los más íntimos afanes de la humanidad: el anhelo de eternidad.

 

Retrato de Alfonso Hernández Cata.

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Publicó también, en 1931, el cuento "El mal barquero" que conlleva, en su título, el simbolismo del barquero mitológico que cruzaba las almas a través de la laguna Estigia, en su viaje definitivo. Presenta el caso de una mujer, posesiva, celosa y sensual, que idolatra a su marido. El teme abandonarla por temor a su reacción y acaba por suicidarse. Ella le guarda luto para siempre y su estado mental, que no llega a la locura completa, zona intermedia entre la razón y el desvarío, exaspera a un hombre cuerdo, llevándole a perder su equilibrio mental. Ese sutil deslinde de dos zonas de la mente: la razón y la locura, constituye un símbolo de las tenebrosas aguas en que flota la cordura humana, susceptible de caer en una u otra ribera. La clave se establece con el hecho del suicidio del marido, impulsado por la sinrazón de su esposa.

Hernández Catá publicó en 1933 la novela corta "Los chinos" basada en el empleo de los braseros antillanos, españoles y asiáticos, en la expansión de la industria azucarera, a raíz de la Primera Guerra Mundial. En esta novela corta hay un corte brusco con el pasado del narrador-protagonista, que se incorpora a una cuadrilla de trabajadores mal retribuidos, sustrayéndole así el autor de su realidad habitual y lanzándolo a un mundo que le es ajeno. El ambiente se caracteriza por la multiplicidad étnica, que le imparte universalidad, a pesar de circunscribir la acción a un cayo de la costa cubana. Un agitador entra en acción y aprovechando el descontento general, logra que los hombres se declaren en huelga. La llegada de una cuadrilla de chinos desata el conflicto y su diligencia en el trabajo les hace execrables ante los huelguistas, que envenenan a los intrusos orientales y todos perecen. El narrador-protagonista había enfermado y febril e inconsciente, se mantuvo como suspendido sobre los acontecimientos. Esa separación entre el relator y el tiempo de la historia, crea un ámbito temporal separado, ya que testimonia lo ocurrido marginado de la acción. La llegada de otro grupo de chinos para sustituir a sus compatriotas muertos, simboliza la inexorabilidad del tiempo que se repite. Lo temporal y lo vital se enlazan en este final inesperado. El tiempo, símbolo de la órbita existencial del hombre, es la clave evidente en este relato.

Le siguió, en el mismo año, la publicación de la novela corta "Cuatro libras de felicidad" destacándose en ella, principalmente, los relatos: "El gato", "Venganza", "El ciego" y "A muerte". Publicó también su volumen de cuentos "Un cementerio en las Antillas" donde penetra en el destino sociopolítico de Cuba y denuncia el régimen sangriento y tiránico de Gerardo Machado. Dos cuentos particularmente valiosos, "El pagaré" y "A él", concentran la protesta de Hernández Catá contra aquel desgobierno apoyado en la represión violenta, la tortura y el asesinato de sus opositores. La temática cubana -aun siendo breve- fluye como una veta continua a lo largo de su producción narrativa, en forma más o menos evidente.

Después de ser encargado de negocios en la Legación de Cuba en Lisboa y siendo ya Delegado en España de la Sección de Información y Propaganda de la Secretaría del Estado, pidió su liberación del cargo en enero de 1933 por estar en desacuerdo con la política represiva del dictador Gerardo Machado. En octubre del mismo año, trás el derrocamiento de la tiranía, las nuevas autoridades le nombraron Embajador de Cuba en Madrid, ante la República española, pero renunció pocos meses después de aceptar la responsabilidad, en enero de 1934.

Hizo amistad con Rubén Martínez Villena y a su muerte debida a la tuberculosis, el 16 de enero de 1934, le dedicó el artículo: "Muerte de un joven", en el que volcó su estimación por el dirigente comunista. En 1935 como representante de Cuba fue nombrado Ministro de Panamá y Alejandro Casona estrenó, en Valencia, la comedia "El misterio de María Celeste" escrita en colaboración con Hernández Catá y basada en su cuento "María Celeste" que apareció en la antología "Cuentos del mar" de Gustavo Eguren. Es un cuento en el que aparece lo fantástico como clave narrativa de esencial significado. El barco "María Celeste", encontrado a la deriva, sin tripulación a bordo y sin señales de violencia, intriga y sorprende a todos en el año 1872, fecha del misterioso hallazgo. En esta historia no hay sobrevivientes que puedan contar lo sucedido y llega a saber el autor-narrador, a través de las comunicaciones de una médium, lo que verdaderamente aconteció. Este personaje, no partícipe de la acción, es vehículo inconsciente del mensaje de otro ser que protagonizó los inexplicables hechos: el cocinero del barco, que relató, como embriagado por su fantasía, y contó historias fabulosas a los ingenuos tripulantes y les habló de una isla remota, sin nombre conocido y ausente de los mapas, que era un verdadero paraíso terrenal. Durante la navegación, encontraron una isla desconocida que asociaron con las descripciones del cocinero y creyeron en el espejismo de la fantasía, exacerbados por las desbordadas fábulas, convertidas en sueños. La imagen del paraíso entrevisto, perdido y no recobrable, es un poderoso símbolo de los anhelos humanos de imposible realización. La frustración de un sueño idealizado es a veces más cruel que el fracaso de una realidad vivida. Al desembarcar en la isla soñada, después de los entusiasmos iniciales, el barco rompe sus amarras y desaparece a la deriva. Los hombres se van transformando en seres brutales y olvidan las reglas de la convivencia civilizada. Este retroceso a una condición primitiva revela una clave de la conducta humana, que se contiene por las limitaciones que la sociedad le impone, pero que desata sin freno al verse fuera de ese ámbito restrictivo. Se revela así otra reiterada clave de Hernández Catá: la fragilidad de la mente y de la conducta humanas y sus posibilidades de caer en la locura y en el crimen, ante circunstancias no usuales. Muchos de sus relatos pueden clasificarse como psicopatológicos y en ellos aparecen seres enfermos de la mente o el cuerpo, a veces de ambos y que, generalmente, terminan sus vidas y las de otros de manera trágica. La mayor parte de las historias, clasificables en este grupo, muestran una penetración psicológica extraordinaria y características que acusan un conocimiento científico de los casos que presenta.

En 1936 el novelista Eduardo Barrios seleccionó y prologó la amplia colección de "Sus mejores cuentos" editada este mismo año, a la cual pertenece el cuento "Noventa días", cuya acción se circunscribe a la estación primaveral, en el transcurso de noventa jornadas. La contención de la primavera en un número prefijado de días, que trastornan a muchos y en que terminan trágicamente dos vidas, se convierte en una "separata" del transcurrir normal del tiempo. Los cambios en la personalidad de los recién casados y la transformación del plácido ritmo de vida del pueblo, se sitúan en un proceso cronológico que enmarca los días en una cápsula temporal, apartada del decursar lógico de las estaciones. Se observa en algunos cuentos de Hernández Catá, verdaderos mundos aparte, ambiente y hechos sin mucha relación con la realidad conocida. En este cuento, el espacio temporal se crea para presentar acontecimientos y emociones desusados. La conmoción psicológica colectiva es un símbolo de la vulnerabilidad de la mente humana y su reacción ilógica es la clave que impulsa el trágico desenlace de este relato, que coincide con el final de la enloquecedora primavera capaz de enloquecer y perturbar la mente humana. Este mismo año publicó también la colección de narraciones "Cuentos" y el cuento suelto "La cara perdida" .

Hernández Catá, en 1937, obtuvo la representación de Cuba en Chile, con rango de Ministro. En Santiago de Chile se integró a la tertulia literaria que se reunía en la librería "Nascimiento", haciéndo amistad con escritores tan afamados como Joaquín Edwards Bello, Mariano Latorre, Domingo Melfi, Eduardo Barrios y José Santos González Vera. Hizo amistad con estos y otros escritores del continente, como José Eustaquio Ribera, Ricardo Güiraldes y Rómulo Gallegos, entre los que tenía ya un prestigio bien ganado, buscando nuevos caminos para la narrativa en aquellos momentos en que se estaba afianzando el Modernismo. Catá ofreció conferencias en diversas instituciones culturales y también en la Universidad de Chile, donde fue profesor de Valores Literarios de la Escuela de Verano. También en 1937, publicó su cuento suelto "Aquel espejo" que es una historia que parece va a desembocar en lo fantástico, pero se queda en un fino límite, al excluir del desenlace la posibilidad que se insinúa. La aparición misteriosa del espejo en una casa familiar, crea una conmoción, pues el azogado cristal es capaz de revelar el futuro y de poner de manifiesto las cualidades positivas y negativas de los que se miran en él. El subconsciente sale a la superficie inusitadamente. Esto crea una tensión creciente, al sospechar los familiares que los otros van al desván, donde han confinado al espejo y que van allí para mirarse y saber los íntimos secretos de los demás. Al romperse el fatídico espejo, retorna la tranquilidad al hogar. El símbolo del espejo, al reflejar la imagen verdadera del hombre, revela como se hace intolerable para la humanidad el hecho de conocerse a fondo. La clave narrativa se funda en la necesidad de existir, creyendo en las mentiras vitales que acompañan a muchos seres, que prefieren ignorar sus oscuras quiebras interiores. Lo sobrenatural elude la explicación razonable, en cambio lo misterioso puede tener una base en la realidad normal y es accesible a la comprensión. Lo fantástico se basa en la incertidumbre, que puede o no quedar en el campo de lo inexplicable.

En 1937 apareció también en la "Revista Nacional de Cultura", en la Habana, el cuento "Cocktail", que fue uno de los últimos que Catá escribió. Presenta un curioso caso de concubinato entre un marino escocés y una mulata achinada. La acción ocurre en la Habana y la mujer usa tres nombres: María, Flor de Loto y Balbina, que corresponden a la confluencia de sangres que corre por sus venas. En ella, esa mezcla étnica no se integra en armonía psicológica normal, por el contrario, tres diferentes personalidades asoman separadamente y cada una de ellas tiene características propias y acusa cambios temperamentales. Catá, para subrayar la fusión de razas en la Isla, que crea una fisonomía cultural propia, describe fruiciosamente los cócteles que se preparan en los bares y sugiere que cada licor puede producir un efecto diferente. También narra como los músicos ambulantes andan con sus instrumentos típicos por las calles de la ciudad, ofreciendo un cóctel musical que penetra por la vía auditiva y trastorna los sentidos. La mulata quiere abandonar al escocés que la maltrata y pide ayuda a algunos marinos visitantes y, al no lograrlo, lo asesina. Al descubrir el crimen, la policía busca a tres personas que parecen haber cometido el asesinato. Para eliminar a su amante, la triple personalidad de la mujer se desdobló y cada una de esas facetas se vengó, siguiendo las características de cada raza. Esta clave narrativa es extremadamente original, ya que presenta un conflicto étnico-psicológico que simboliza la mezcla racial que en Cuba existe y que no siempre llega a una armónica integración. A Catá le interesaron los problemas sociales en sus diferentes estratos, tanto raciales como económicos y sociales, aunque en su obra no aparezca formalmente la protesta.

En 1938 fue nombrado Embajador de Cuba en Brasil. En todos estos países hispanoamericanos realizó una notable obra de divulgación cultural, vinculándose a los círculos de artistas y escritores. En Brasil propició la publicación de un tomo de las "Páginas escogidas de José Martí", traducidas al portugués por Silvio Julio, con prólogo del propio Catá, pero no fue publicado en español. En una carta al poeta cubano Emilio Ballagas desde Rio de Janeiro, Catá le confesaba: <<Mi drama? Verá usted. No me gusta nada de lo que he hecho, y no quiero aumentarlo. Siento en mi marejadas fuertes, comprensión, amor, visión aguda de la vida, que ha cambiado mientras yo cambiaba también. Y quiero expresar este otro mundo con otro acento: pero hallé necesario una pared de silencio para evitar ósmosis que, al cabo, hubieran equivalido a una continuación. Sé que usted me comprende: por eso le escribo estas cosas que no le he escrito a nadie. Nunca he trabajado tanto en mi arte como ahora que nada publico>>. Este mismo año publicó el cuento suelto "Casa de novela".

A pesar de la versatilidad de su obra, que transitó por géneros como el ensayo, el periodismo, la poesía, la zarzuela o el teatro, en realidad fue la narrativa: el cuento o la novela corta, la que mereció el enorme reconocimiento de su época, así como los elogios de los críticos más destacados de España y de América Latina. En ese sentido, sobresale la conciencia que tuvo sobre el propio género, dentro del cual fue defensor, sobre todo, de la novela corta. Sin embargo, sus mejores obras fueron los cuentos, aunque en algunos de estos se señalan técnicas más propias de los dramaturgos que de los narradores y en otros un pronunciado carácter ensayístico. Son sus cuentos y novelas cortas, relatos fehacientes de la vida de principios de siglo. La psicología de sus personajes y la exteriorización de sus sentimientos y pasiones, describen un cuadro vivo de la existencia personal y social de la época del primer tercio del siglo XX. Estos cuadros de costumbres, descripción de la sociedad real de su tiempo, se convierten muchas veces en denuncia social de la burguesía dominante, que quita la razón a los que le han acusado de falta de sensibilidad social. Supo hilvanar sus narraciones con acierto singular: imprimió elegancia a su lenguaje, verosimilitud a sus historias y, sobre todo, penetró en la conciencia y en la mente del hombre, con intensa comprensión de sus conflictos y sorprendió su más recóndita intimidad. Contribuyó a una nueva dirección de la narrativa, como es el hallazgo de los llamados "puntos de vista narrativos", que después influyeron tanto en el "boom" de la novela hispanoamericana. Incluso se incorporó con sus ensayos a los tratadistas del relato corto, que ya entonces, y aún después, se consideraba un género menor, y estableció su propia teoría sobre el valor intrínseco de estas narraciones y los caracteres en los que aventaja a la novela, es decir en la exigencia de equilibrio en la urdimbre de la trama y en la mayor perfección formal sobre todo en la selección y brillo del lenguaje.

Pero seguramente el olvido y relegación a un segundo plano de Catá, se deba en parte al poco aprecio que han tenido los críticos de uno y otro lado del Atlántico por este tipo de narraciones en castellano; y a que fuera considerado uno de los "eróticos o "galantes" y encuadrado, con más o menos acierto, entre los que se catalogaron como la "generación del Cuento Semanal". Prescindiendo de esa discutible catalogación, se puede afirmar que perteneció a una época, el primer tercio del siglo XX, en que triunfó la renovación de la literatura desde la superación del Realismo del siglo anterior, aunque ese realismo estuviera todavía presente en Catá como en otros muchos. Este movimiento renovador, que fue fundamentalmente el Modernismo, triunfó en las dos orillas, donde se había iniciado independientemente, pero pronto rompió las barreras de América e irrumpió hacia el Occidente europeo y se convirtió así en un movimiento renovador del castellano que tuvo especialmente un sentido hispanoamericano. Catá nunca abandonó sus vínculos con importantes figuras culturales y literarias de la Isla, al igual que colaboró activamente en las principales publicaciones; pero sus años de formación y buena parte de su producción, no sólo narrativa sino poética, teatral y periodística, se desarrolló en España. Sin embargo, se proclamó cubano y su literatura, a partir de un discurso principalmente cosmopolita, es una reafirmación de sus raíces hispanoamericanas. La asunción de las características del Modernismo, que no deben verse antagónicas a las de la generación noventiochista, se integran en él de forma orgánica y sincrética como muestra del quehacer de una época pletórica de divergencias, crisis y evoluciones. Como escritor tuvo que sufrir un cierto exilio: el no ser plenamente admitido ni en Cuba ni en España. En España se le consideró un escritor cubano; en Cuba se le negaba también con frecuencia la patria literaria por españolizante. Vivió como un gran cubano y escribió como un gran español. La acusación de hispanismo que se le imputó a Catá, se sostuvo con poco análisis de su propia obra. Porque a Catá no le interesaba la reproducción de rasgos nacionales o regionales. La recreación localista o autoctonista estaba mas allá de sus apetencias literarias. Se sentía libre de ataduras ambientales, de limitaciones nativistas y de costumbrismos. Su anhelo de universalidad, ese ansia por situar la propia creación por encima de fronteras geográficas, colocó a Catá en el tintero de los escritores españoles que quisieron superar el pintoresquismo. Por eso no subordinó su creación a la recolección de anécdotas, coberturas y demás elementos de curiosas costumbres. De ahí que le tildaran de hispanismo o hispanizante, cuando sobrevinieron en nuestras letras momentos de acentuado nativismo.

En 1939 publicó su última novela corta "La galleguita" en la que describe a la mujer joven, de no más de 24 años, que ha llegado a Cuba para servir en una casa burguesa, y ha dejado en España un drama personal, íntimo, que esconde en su corazón herido de madre soltera, pues ha dejado a su hijo allí. Catá puso un especial cuidado y gusto en los matices que aprendió del Simbolismo y Parnasianismo. Y empleó con frecuencia la sinestesia aplicada a la percepción sensorial; y sobre todo empleó el léxico típico de los escritores modernistas, donde: si no hay cisnes, está presente la flor de lis y las piedras preciosas.

 

Alfonso Hernández Catá junto a Capablanca y la esposa del ajedrecista, en Rio de Janeiro en 1939.

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Catá está considerado como uno de los mejores cuentistas de su generación por la elegancia y originalidad de sus obras. Gozó de una enorme popularidad y sus obras fueron traducidas a numerosos idiomas. Sus narraciones suelen ser de carácter realista, con elementos naturalistas; su tema más frecuente es el de la psicología patológica, con tintes melodramáticos, pero con una prosa suelta y ágil. Las claves de su narrativa han de encontrarse a través del cuidadoso escrutinio de los temas que reiteradamente utilizó en la mayoría de sus cuentos: la muerte, el tiempo, el misterio, las enfermedades, tanto corporales como psíquicas y los conflictos emocionales. El planteamiento de esos factores dará como resultado el desarrollo de la trama, y los recursos literarios que utilizó se convierten en claves definidoras y precisas. Los símbolos están predeterminados en fórmulas originales y desatan los acontecimientos, casi nunca gradual y serenamente, casi siempre en sorpresivos torbellinos espirituales. Entre sus cuentos cabe destacar "Cámara oscura" y "Los monstruos".

"Cámara oscura" refiere una historia, basada en informes psiquiátricos sobre una jovencita, recluida en un sanatorio que habla repetidamente de sus relaciones sexuales con un escultor que había hecho su estatua. Extrañamente, el contacto carnal se consumó a través de la estatua ya terminada. La joven, embarazada, tuvo un aborto. Las investigaciones de la familia y de los médicos prueban que nunca conoció a un escultor y, sin embargo, vive emocionalmente una historia imaginaria que es para ella una poderosa verdad. Lo del aborto fue cierto, pero la estatua y el artista nunca existieron. Entre el narrador y el psiquiatra, las conversaciones crean un ambiente de verosimilidad y la locura de la joven, explicada en términos médicos, se hace accesible al lector, sin descifrar el misterio. Existe en el relato un poderoso símbolo, que es la imposibilidad de separar los límites entre un hecho vivido y un acontecer imaginario, mostrando un total desasimiento de la realidad, que puede ser la clave del más agudo desvarío.

En "Los monstruos", se adentra Catá en el delicado tema de la herencia genética y narra como una pareja, armónicamente avenida, tiene dos hijos completamente deformes. La mujer atribuye a su esposo las anormalidades que los niños heredan. Al tener un hijo con otro hombre que le nace igualmente monstruoso, la joven enloquece. Clave de esta historia es la angustia de un ser que llega al conocimiento de su involuntaria culpabilidad genética que desata su locura.

El 8 de noviembre de 1940, en el aeropuerto Santos Dumont, de Rio de Janeiro, tomó un avión, con 15 pasajeros más, para dirigirse a Sao Paulo, donde debía ofrecer una conferencia. Apenas habíase elevado el avión sobre la ensenada de Botafogo, un pequeño avión militar chocó con el aparato en que iba Alfonso Hernández Catá y se precipitó al mar, en la Bahía de Botafogo. El cadáver, rescatado del mar, fue puesto sobre el pavimento de la ensenada de la bahía. El momento de confusión e improvisación hizo que en lugar de ser cubierto con una sábana, lo fuera simplemente con papel de periódicos. Un panegirista hizo una frase lapidaria: "Obrero de la letra de molde, su mortaja inicial fue, adecuadamente, el papel impreso". En los bolsillos llevaba un cuento sin terminar, "Seguro de muerte", en el que trabajaba durante esos días. La noticia conmovió a los círculos literarios de Rio de Janeiro, de Brasil y de todo el mundo hispánico. En los salones del Palacio de Itamaraty, durante la sesión solemne dedicada a la memoria de Alfonso Hernández Catá, auspiciada por la Comisión Brasileña de Cooperación Intelectual y el Instituto Brasileño-Cubano de Cultura, pronunciaron sendos discursos la poetisa chilena Gabriela Mistral y el escritor austriaco Stephan Zweig. En sus palabras, la extraordinaria poetisa recalcó las dotes humanísimas del escritor desaparecido y los méritos singulares de su obra literaria, mencionando que: <<Sus amigos han contado que el hombre viajero, enemigo del sedentarismo, no quería para si una muerte postrada, un acabamiento pausado, que él decía vergonzante. Dicen que hace muy poco, él hizo elogio de la otra muerte viril que cumple su faena, como el leñador de la Amazonia, como el torrente andino>>. El notabilisimo escritor austriaco, que sufría su destierro americano impuesto por el fascismo y que trató a Catá de cerca, expuso sobre el amigo muerto: <<Necesidad vital era en él dar a todo ser humano, aun al más extraño, algún signo de su buena voluntad, una palabra amable, un gesto cordial. Para sentirse dichoso había de sentir dichosos a cuantos le rodeaban. No podia vivir si no era en medio de la gran cordialidad humana, y dondequiera que se hallase, creaba en rededor suyo una atmósfera límpia y bienhechora>>.

Alfonso Hernández Catá tuvo la suerte y el privilegio de que su memoria no se desvaneciera en el olvido colectivo, ya que contó con la devoción y el esfuerzo discipular del doctor Antonio Barreras. Éste organizó anualmente, desde 1941 hasta 1960, peregrinaciones a la tumba de Catá, en el cementerio de Colón en La Habana, donde en cada ocasión hablaban dos o tres escritores, profesores o amigos del autor desaparecido. En la primera conmemoración participaron Juan Marinello, Jorge Mañach y el propio Barreras. Estas iniciales disertaciones fueron recogidas inmediatamente en una plaquette que imprimió el poeta Manuel Altolaguirre en su taller de La Verónica: "Recordación de Hernández Catá. La Habana, 1941". En dicho momento, Antonio Barreras anunció la creación de los Premios Nacionales de Cuento Hernández Catá, que pronto se duplicaron con otros de carácter internacional. Estos concursos, que nunca tuvieron apoyo oficial, dispusieron de un jurado permanente, que estaba compuesto por Fernando Ortíz, Jorge Mañach, Juan Marinello, Raimundo Lazo y Rafael Suárez Solis, contando con los auspicios del periódico "El País" y la revista "Bohemia".

El 8 de noviembre de 1953 su albacea literario, Antonio Barreras, comenzó la publicación de "Memoria de Hernández Catá", revista que incluyó artículos, comentarios, bibliografías, iconografía y reproducciones de trabajos originales o desconocidos de Catá, dejando constancia también del sostenido intercambio epistolar que sostuvo con intelectuales de su tiempo, como: Mariano Aramburu, Jesús Castellanos, José Antonio Ramos, Max Henríquez Ureña, Luis Rodríguez Embil, Rafael J. Argilagos o José María Chacón Calvo, entre otros. Sólo ocho números pudo publicar Barreras entre 1953 y 1954. Ningún escritor cubano, salvo José Martí, tuvo tan constante y firme devoción como la que le dedicó a Catá el magistrado Barreras.

En 1966 se publicó en España una recopilación de su cuentística.

Algunos textos han sido extraídos de "Hernández Catá: En Caribe. Enciclopedia de historia y cultura del Caribe y EcuRed", "Itinerario de Alfonso Hernández Catá (1885-1940)" de Salvador Bueno. Uneac y "Memorias" de Alberto Insúa.


XAVIER RIUS XIRGU

 

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