155. FRANCISCO DE ROJAS ZORRILLA

 

 

Francisco de Rojas Zorrilla nació en Toledo, en la jurisdicción parroquial de San Salvador, el 4 de octubre de 1607,  fue poeta y dramaturgo.

Fue el mayor de los seis hijos del alférez Francisco Pérez de Rojas, antaño escribano en Murcia -oficio por lo general reservado a cristianos nuevos- y que algunos aseguraban tenía origen judío, y de doña Mariana de Besga y Zorrilla, naturales ambos de Toledo. Estudió en esta ciudad, también en Salamanca y residió en Madrid, en una casa de la Plaza del Ángel, a donde se trasladó con su familia cuando sólo tenía tres años. Aprendió a leer con Pedro Díaz Morente, paisano suyo y célebre calígrafo. Poco o nada se sabe de sus estudios. Se ha especulado con la hipótesis de que acudiera a las universidades de Toledo, Alcalá o Salamanca y se cree que pudo estudiar Humanidades. Su nombre, fácil de confundir por haber adoptado los dos segundos apellidos de sus padres, no figura en ninguna relación de matrículas de estas universidades, ni en ningún documento que atestigüe su paso por las aulas. En algunas de sus obras exhibió ciertos saberes jurídicos y un conocimiento detallado de la vida estudiantil. Sin embargo, alrededor de 1630 en sus tertulias literarias apareció con hábito universitario.

Frente a la falta de datos de su etapa juvenil, los documentos abundan a partir de 1631. A finales de este año, colaboró con un mediocre soneto en el “Anfiteatro de Felipe el Grande”, un volumen en honor de Felipe IV en el que participaron 89 poetas. Se trata de un soneto en alabanza de la hazaña regia que consistió en matar de un disparo a un toro que había vencido a otros animales en una lucha de fieras. El 23 de febrero de 1633, cuando sólo tenía veintiséis años, estrenó en Palacio del Pardo y ante los reyes, Felipe IV y doña Isabel de Borbón, su primera comedia “Persiles y Segismuda” inspirada en la novela  homónima de Miguel de Cervantes.

 

     Retrato de Francisco de Rojas Zorrilla.

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Francisco de Rojas fue, desde sus primeros pasos, poeta predilecto de la corte de Felipe IV, circunstancia que influyó decisivamente en su vida y en su concepción del arte dramático. Escribió para un público entendido, culto y aun cultista, conocedor de las convenciones, los resortes e incluso las triquiñuelas de la creación teatral y literaria. Se trataba de un auditorio que le permitió y exigió planteamientos innovadores y sorprendentes; le pidió la exploración de nuevas potencialidades de la comedia española; lo impulsó a la cristalización de nuevos géneros como la tragedia senequista, en la estela de “El castigo sin venganza” de Lope de Vega, y aplaudió la novedosa comicidad mecánica (entradas, salidas, confusiones de lugares y personajes) que habían ensayado, entre otros, Lope en “Amar sin saber a quién” y Calderón en “La dama duende”.

El 9 de diciembre de 1634 Francisco de Rojas firmó el manuscrito de “Peligrar en los remedios”, una comedia palatina de enredo amoroso que sería representada en la corte de Felipe IV unos meses más tarde, el 6 de abril de 1635. Rojas Zorrilla escribió esta comedia para la compañía de Roque de Figueroa. El mayor interés del manuscrito, reside en una breve carta que el autor incorporó junto al texto dramático y que iba dirigida al director de la compañía. Se trata de un escrito en el que Francisco de Rojas introdujo algunas indicaciones para la representación, relativas a la escenografía y al reparto de actores: Señor Roque, vuestra merced reparta estos papeles como van aquí porque no ha de ser de otra manera. Lo primero: ha de haber una ventana grande que sea como de balcón y llegue hasta el mismo suelo del teatro y, para cuando la abran, haya dentro alguna cosa que no sea ridícula y puesta con buen arte. Lo segundo: una puerta verde con una cerradura sin llave y por ésta no salga nadie en toda la comedia hasta que salga la infanta en la tercera jornada...Y si de aquí al otro año, que es cuando se ha de estrenar, se mudare alguno de la compañía sea en este mismo grado y adviértase que el rey es un buen papel, el de Federico y el del marqués Alberto iguales y el del almirante casi nada.   

 

A partir de aquí se consagró como dramaturgo de éxito y no hubo año en que no proporcionó a los escenarios madrileños, un buen número de obras dramáticas. Las obras de Francisco de Rojas se estrenaron en los teatros de la corte, a cargo de las principales compañías de la época: la de Pedro de la Rosa, la de Roque de Figueroa, la de Cristóbal de Avendaño, etc. Fue tan intensa su actividad dramática en aquellos años que hubo temporadas en que sus estrenos se sucedían unos a otros. Desde un primer momento fue uno de los autores predilectos de la corte de Felipe IV y los estrenos en los escenarios palaciegos se sucedieron, sobre todo entre los años 1635 y 1636, en los que llevó a escena al menos 14 obras: 8 en 1635: “No hay ser padre siendo rey”, la comedia ya citada “Peligrar en los remedios”, “El desafío de Carlos V”, “El profeta falso Mahoma”, la comedia de santos e histórica “Santa Isabel, reina de Portugal”, “El catalán Serrallonga” escrita en colaboración con Luis Vélez de Guevara y Antonio Coello, “El villano gran señor y gran Tamorlán de Persia” escrita en colaboración con Villanueva y Roa y “El monstruo de la fortuna” escrita en colaboración con Calderón de la Barca y Juan Pérez de Montalbán, y otras 6 en 1636: la mitológica “Progne y Filomena”,  la comedia de costumbres “Obligados y ofendidos” en la que se ofrecen estampas de la vida estudiantil y se encuentra cierta familiaridad con el latín, con los conceptos e ideas básicas del derecho y en la que se incluye una escena en la cárcel de claro sabor picaresco, “No hay amigo para amigo”, la comedia de costumbres o de capa y espada  “Donde hay agravios no hay celos” en la que destacan los problemas de honor, amor y amistad y en la que maneja con maestría el enredo con múltiples lances y situaciones cómicas, “El jardín de Falerina” escrita en colaboración con Calderón y Coello, y “El mejor amigo el muerto” escrita en colaboración con Belmonte y Calderón. En el siglo XX, se estrenó la comedia lírica “Lances de amo y criado” con música del maestro Rafael Calleja, adaptación de la comedia en cuatro actos “Amo y criado” de Tomás Luceño, refundición de la pieza de Francisco de Rojas “Donde hay agravios no hay celos”, también conocida como “El amo y criado o Agravios y celos”. Sus títulos pueden aumentar, pues no hace mucho se ha conocido un documento de 1635 en el que consta que Francisco de Rojas vendió una comedia llamada “Los mentirosos”, de la que nada se sabía. De esta época son también su comedia “La más hidalga hermosura” escrita en colaboración con Calderón y Juan de Zabaleta, su comedia “El monstruo de la fortuna, la lavandera de Nápoles”, escrita en colaboración con Calderón y Pérez de Montalbán y la comedia “Don Gil de la Mancha” cuya autoría todavía no está del todo clara, siendo Francisco de Rojas Zorrilla uno de los posibles autores, además de Lope de Vega  y Castillo Solórzano. Inspirada en “El Quijote”, esta obra es una mezcla de subgéneros teatrales, de comedia burlesca caracterizada por un humor absurdo y situaciones propias de la comedia villanesca y de la comedia militar. En 1636 Francisco de Rojas tuvo una hija natural, de una relación con la actriz María de Escobedo, casada con un cómico del mismo nombre que el dramaturgo. Su hija fue actriz también, y muy célebre: Francisca Bezón, la Bezona. El actor Juan Bezón, que la crió y dio su apellido, era hermano bastardo de Francisco de Rojas.

 

Francisco de Rojas fue uno de los mayores seguidores de la escuela dramática establecida en torno a Pedro Calderón de la Barca, con el que mantuvo una gran amistad, igual como la que mantuvo con los escritores con los que colaboró. En 1637 adornó los festejos para honrar la estancia en Madrid de María de Borbón, esposa del príncipe de Saboya, y la coronación de Fernando III, cuñado del rey, como emperador. En ambas ocasiones se representaron en palacio sus nuevas obras: el drama de honor “El más impropio verdugo por la más justa venganza”, “El robo de las sabinas” y la ya estrenada “Donde hay agravios no hay celos”. En 1637 y 1638 actuó como mantenedor en el vejamen final de las fiestas en honor de la princesa de Charignan y de la duquesa de Chevreuse, y acaso de este vejamen o de su colaboración en academias burlescas, salió el motivo por el cual fue apuñalado alevosamente en 1638, corriéndose la voz de su muerte. Durante su convalecencia escribió la atractiva comedia “Entre bobos anda el juego o Don Lucas del cigarral”, primera de las comedias de figurón, género que Francisco de Rojas inventó, caracterizadas por una trama compleja y por la profundidad psicológica con que trata a sus protagonistas o figurones, y que alcanzaron una enorme difusión por la deformación caricaturesca del personaje principal. Presenta una situación nueva en el teatro de la época: el viaje, ya que aparece un grupo de personajes que se mueven en el camino de Madrid a Toledo. Se dice que el protagonista de la obra, Don Lucas del Cigarral, es un autoretrato caricaturesco del propio Francisco de Rojas Zorrilla. En esta obra se inicia el tema del viejo que intenta casarse con una dama mucho más joven que él, que tanto juego dará, por ejemplo, a Leandro Fernández de Moratín más de un siglo y medio después. Los neoclásicos posteriores apreciaron este género barroco por encontrarlo muy parecido a la comedia francesa de carácter, propicia para finos psicólogos. Este subgénero en el teatro de Francisco de Rojas, son piezas en torno a un personaje con algún rasgo de personalidad exagerado que le hace ridículo y contra el cual todos los demás personajes conspiran. Puede ser, un afeminado, algún personaje demasiado orgulloso de su alcurnia o un viejo que pretende casarse y revivir imposibles juventudes, como es el caso de “Entre bobos anda el juego o Don Lucas del cigarral”. Francisco de Rojas fue aprendiz destacado de la nueva fórmula calderoniana, rebelde en sus tipos femeninos, apasionados, sensuales, atrevidos; desmesurado en sus tragedias, propenso a lo extraordinario, al sensacionalismo de un Séneca, cortado a la medida de los corrales, sangriento, revanchista y gongorino. Le gustó la transgresión en las formas     -escenas de alcoba, soluciones inesperadas- y en el lenguaje, que se desparrama por boca del gracioso, con el que a menudo se ríe de sí mismo, quizás dolorosamente, disipando así las bromas de sus coetáneos, que, sin embargo, apreciaron su talento en la corte. Y es que Francisco de Rojas Zorrilla era hombre de grandes pies, de no mucha limpieza y con una acusada calvicie, motivo éste que sirve de chiste tanto en sus comedias como en sus tragedias, como lo demuestra el gracioso Cabellera de “Entre bobos anda el juego o Don Lucas del cigarral”. María Guerrero llevó a escena la versión de Asquerino de “Entre bobos anda el juego”a finales de siglo XIX. En 1899 esta misma obra se adaptó también al género chico, con el título de “Don Lucas del Cigarral”, en versión de Tomás Luceño y Carlos Fernández Shaw, y música del maestro Amadeo Vives. Valls Volart, con libreto de Ballester, hizo también una refundición zarzuelística de “Entre bobos”, de la que no se sabe dada más. En 1638 murió el padre de Francisco de Rojas.

Además, Francisco de Rojas también compuso algunos autos sacramentales para el Corpus madrileño. En 1639 se representaron cuatro autos, de los cuales dos habían sido escritos por Calderón, uno por Coello y otro fue obra de Rojas, titulado el “Hércules”, llevado a escena por la compañía de Manuel Álvarez Vallejo. Al año siguiente fueron dos de Calderón y dos de Rojas: “El rico avariento” y “Las ferias de Madrid”, representados por la compañía de Bartolomé Romero. El 4 de febrero de 1640, le cupo el honor de inaugurar el flamante Coliseo del Palacio del Buen Retiro con su comedia “Los bandos de Verona”, inspirada en la misma fuente que “Romeo y Julieta” de Shakespeare y “Castelvines y Monteses” de Lope de Vega. Es una comedia llena de enredos y situaciones inverosímiles, en donde las intervenciones del criado gracioso Guardainfante ponen el contrapunto cómico a la historia en la que no faltan falsas muertes, bebedizos y enfrentamientos entre familias.

El 21 de noviembre de 1640 Francisco de Rojas se casó con Catalina Yáñez Trillo de Mendoza, de ilustre familia de Guadalajara, con la que tuvo un hijo el 25 de junio de 1641, Antonio Juan de Rojas, que fue oidor en la Audiencia de México. Ligada a este matrimonio había la concesión de un hábito de caballero por parte del rey Felipe IV. Se hizo una primera información de limpieza de sangre y en ella algunos testigos señalaron que Francisco de Rojas Zorrilla tenía antecedentes moriscos y judíos. Se paralizaron las pruebas y, a instancias del dramaturgo, se iniciaron otras nuevas. No se encontró a Francisco de Rojas más tacha que el haber ejercido su padre la profesión de escribano, trabajo manual que impedía a los herederos ascender a la nobleza. Hubo que solicitar dispensa papal (por cierto, Calderón también había tenido que pedirla unos años antes por los mismos motivos). Se le concedió en 1643 y hasta el 16 de marzo de 1646 no pudo lucir sobre su pecho, el lagarto rojo de la Orden de Santiago. Hoy queda algo más que una duda razonable sobre el origen converso de parte de la familia de Rojas Zorrilla, y quizá a esta luz haya que considerar también su producción literaria. En el proceso consta la testificación a favor del poeta (o, por lo menos, no en contra) de personas de calidad relacionadas con Toledo, como el conde de Mora o el marqués de Malpica, que no conocían a su familia, aunque mencionaron que no habían oído nada en contra de su procedencia hidalga. En el proceso se encuentra igualmente el testimonio de amigos toledanos que conocieron a Francisco de Rojas como dramaturgo, es el caso de Blas Fernández de Mesa, contador mayor de la ciudad, que era también autor dramático y que debía querer bien al poeta, con quien había tomado parte en las famas póstumas de Lope y Montalbán. Por fuerza le conocía como autor de comedias y autos, ya que compartía escenario en las representaciones del Corpus toledano. El caso es que testificó a su favor. Pero también aparecieron enemigos en su ciudad, como el testigo Francisco Francés de Úbeda, quien declaró en 1645 que el intento de Francisco de Rojas de señalarse como originario de San Esteban de Gormaz era una falsificación y una mentira del pretendiente; en su lugar señaló el origen toledano de la familia y la ascendencia judía, hasta el punto de que algunos parientes habían sido quemados por la Inquisición y tenían sambenito colgado en iglesias toledanas. Otros señalaron, por si fuera poco, a un pariente morisco, el Moro, que fue alquilador de mulas o carpintero. Francisco de Rojas había intentado emparentar con personas nobles o hidalgas de la ciudad, en particular con los Chiriboga y otros Rojas y Zorrilla, pero algunos testigos lo rechazaron aunque otros -seguramente amigos- lo defendieron a capa y espada. Es indudable que Francisco de Rojas estuvo en Toledo visitando a diferentes personas con el ánimo de señalar parentescos y de enseñar un memorial que sugería lo que tenían que declarar. Se buscaron amigos en todos lados, incluso se pidió que declarase el sacerdote que le había bautizado, el ya anciano doctor Eugenio de Andrada, cura de San Salvador, quien testificó quizá demasiado favorable a Francisco de Rojas para parecer ecuánime. Con esa misma pretensión de apuntar la nobleza de su abolengo, alguna vez esgrimió Francisco de Rojas los servicios militares de su padre, el alférez Rojas, para borrar su pasado como escribano de número en la ciudad de Murcia. Bien advierte otro toledano, el conde de Mora, cuando le preguntaron sobre la posible nobleza de Francisco de Rojas Zorrilla, que en la corte “no se puede distinguir la nobleza que tenga cada uno en los que no son señores o titulados” y que él “no hace concepto de lo que se dice de las calidades, mientras dura la pretensión, porque todos hablan por mal o buen afecto”.

Desde luego el nombramiento del doctor González Álamo como instructor del proceso fue un impedimento importante para Francisco de Rojas en la consecución del hábito; este sacerdote se mostró opuesto al papel complaciente de su compañero en la tarea, el caballero santiaguista don Fernando de Peralta y Velasco. Por el contrario, aquel presentó un buen número de testigos que declararon que las pruebas que aportó Francisco de Rojas eran falsas y que muchas voces de Toledo sabían que procedía de moriscos y judaizantes quemados por la Inquisición. Por eso, el hecho de que este doctor se excusara y que en 1644 se nombrase en su lugar al licenciado Sebastián Becerra Nieto, sin duda allanó el camino de quienes querían ver lucir al pretendiente, la roja insignia de Santiago. Parece que el interés particular de Felipe IV allanó las dificultades; él mismo rubricó de su mano varios de los documentos mencionados, de tal forma que, cinco años después de empezado el proceso, Francisco de Rojas obtuvo el deseado hábito. Francisco de Rojas formó parte de la promoción de los “pájaros nuevos”, como los llamó despectivamente Lope de Vega. Fueron jóvenes poetas bien recibidos en palacio que arrinconaron a las viejas glorias y obtuvieron honores que la sociedad negó al padre de la comedia española. Tres de ellos, Calderón, Antonio Coello y el propio Francisco de Rojas lograron ennoblecerse, al ser nombrados miembros de las prestigiosas órdenes de caballería.

 

 

Trabajo de investigación de Valentina Brancatelli   de  la  Universidad de Burgos

 

En 1640 Francisco de Rojas hizo imprimir su “Primera Parte de Comedias” en la imprenta de María de Quiñones y a costa del librero Pedro Coello, que incluyó sus 12 comedias: “No hay amigo para amigo”, “No hay ser padre siendo rey”, “Donde hay agravios no hay celos”, “Obligados y ofendidos”, “Persiles y Segismunda”, “Peligrar en los remedios”, “Santa Isabel, reina de Portugal”, “El profeta falso Mahoma” y “Progne y Filomena” y las nuevas comedias: “Los celos de Rodamonte”, “La traición busca castigo” y “Casarse por vengarse” un cuatrín en la que dirigió a los calvos un cuento, burlándose de nuevo de su calvicie, en el que una mona -castigada por el dios Baco- fue condenada a llevar de por vida una calva “en la parte trasera” de su cuerpo.

 

    

                        Retrato de Francisco de Rojas Zorrilla.

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En 1640 también estrenó su comedia de costumbres “Abre el ojo” en la que demostró una profunda vis cómica en la representación de personajes caricaturescos. La comedia ofrece una rica estampa de la vida madrileña de la época, con una trama en la que se mezclan relaciones amorosas de una manera alegre y desenfadada, aspirando a despertar en el espectador el placer de ver representados hábitos, comidas, casas y calles de la España de Felipe IV. En 1641 dejó de escribir comedias y se pasó a los autos sacramentales, porque se pagaban mejor (trescientos o cuatrocientos reales las comedias, mil quinientos cada auto). Con Calderón ausente, se repartieron los autos sacramentales para el Corpus madrileño, Mira de Amescua, Vélez de Guevara y de nuevo Francisco de Rojas, que compuso dos, ambos perdidos: “El Sotillo de Madrid” y “Sansón”, el primero de ellos “no pareció bien” y los comisarios del Corpus ordenaron algunas reformas. El 15 de septiembre de 1643 el rey Felipe IV le concedió el hábito de la Orden de Santiago, aunque hasta el 16 de marzo de 1646 no pudo lucir sobre su pecho, el lagarto rojo de la Orden.

 

La muerte de Isabel de Borbón el 4 de octubre de 1644 se unió a la larga y desastrada guerra de Cataluña y a la independencia de Portugal, por lo que el gobierno decretó la prohibición de las representaciones teatrales, que se prolongó tras la muerte del príncipe Baltasar Carlos en noviembre de 1646, hasta 1649. Francisco de Rojas aprovechó este paro forzoso en su actividad teatral, para publicar en 1645 la “Segunda Parte de Comedias” en la imprenta de Francisco Martínez y a costa de nuevo del librero Pedro Coello. Incluía como la primera parte, doce comedias: “Los bandos de Verona”, “Entre bobos anda el juego”, “Abre el ojo” y “El más impropio verdugo por la más justa venganza” y las nuevas: “Lo que son las mujeres” una comedia de costumbres; “Sin honra no hay amistad” con textos divertidos e ingeniosos; “Nuestra Señora de Atocha” obra que dramatiza la milagrosa aparición de la Virgen de Atocha en un lugar cercano a Madrid, a esto se le añade una intriga amorosa, y todo ello en el marco del conflicto entre musulmanes y cristianos en la época de la Reconquista alternando información histórica y religiosa con la trama; la comedia de santos “Los trabajos de Tobías”; la comedia mitológica “Los encantos de Medea”; “Los tres blasones de España”; el drama de honor “Los áspides de Cleopatra” y “Lo que queria ver el Marqués de Villena” en la que se encuentra cierta familiaridad con el latín, con la vida irregular y menesterosa de los estudiantes y con los conceptos e ideas básicas del derecho, de lo que se deduce que Francisco de Rojas fue estudiante de universidad.

 

De esta época es también su drama de honor en tres actos, más famoso, “Del rey abajo ninguno o El labrador más honrado, García del Castañar o El conde Orgaz” que presenta problemas de atribución y autoría. De hecho, la obra consta de tres jornadas, que en realidad son dos días, y la acción se desarrolla entre el campo y la ciudad, entre Toledo y el Castañar. Se ignora la fecha exacta de composición, así como la de su primera edición (quizá en 1650) ya que este drama no apareció en las dos colecciones de comedias que publicó Francisco de Rojas en vida. En realidad, apareció impresa en una colección suelta de la primera mitad del siglo XVII, con el título de “El labrador más honrado García del Castañar. Comedia famosa de D. Francisco de Roxas”, y fue aceptada como propia del comediógrafo toledano. Varias son las obras que se consideran como referencia. Entre las que más influenciaron esta obra, se evidencian “Peribáñez y el comendador de Ocaña” y “El villano en su rincón” de Lope de Vega. El drama es también conocido con otros títulos: “El labrador más honrado, García del Castañar”, o con el título de “El Conde de Orgaz”, que se halla en la “Parte 42 de comedias de diferentes autores” impresa en Zaragoza en 1650. Fueron títulos que le pusieron en ediciones sucesivas. El drama fue representado con gran éxito durante los años que van desde 1854 al 1862, en varios teatros de Madrid y con diferentes títulos: como “García del Castañar” en el Teatro de la Cruz y en el Teatro de Variedades, mientras el Teatro del Príncipe la anunciaba en la cartelera con el nombre de “El labrador más honrado, García del Castañar”. Es un drama sobre el honor, en el que  García del Castañar creyéndose ofendido por el rey al haber mancillado su honor marital, trata de lavar la afrenta en su esposa decidiendo matarla, a tal extremo que ha de huir a la corte, donde don García se entera de que ha sido un caballero, don Mendo, y no el monarca Alfonso XI, quien intentó conseguir los favores de su esposa. Don García está seguro de la inocencia de su esposa y deja escapar, a quien cree el rey, antes de que hubiera lugar a los hechos. Al comprender su error asesina a don Mendo, obteniendo el perdón real. Los personajes de la obra son: el rey don Alfonso XI, doña Blanca la labradora, don García el labrador y galán, Teresa la villana, don Mendo el otro galán, Bras el villano gracioso, el conde de Orgaz con barba, Belardo el viejo, la reina y Tello el criado.

 

Cuando se habla de teatro, hay que tener en cuenta que el del Siglo de Oro era un teatro para ser visto, sobre todo para ser oído e imaginado por el espectador que no conocía el texto de antemano. Era y es esencialmente combinación de códigos y sistemas distintos, la representación era espectacular y la comunicación teatral necesariamente debía establecerse en un espacio y tiempo limitados. La primera jornada de “Del rey abajo ninguno o El labrador más honrado, García del Castañar o El conde Orgaz” se desarrolla por la mañana y tarde; la segunda por la noche y, con la tercera jornada, empieza el segundo día. El espacio escénico contribuye a desarrollar el conflicto dramático, ya que en las primeras dos jornadas, las escenas siguen una estructura bastante lineal: corte-aldea, corte-aldea, mientras en la última jornada hay una inversión, y la acción empieza en la aldea para concluir en la corte, símbolo de equilibrio y del orden reconstituido. En la obra Francisco de Rojas analiza las relaciones entre el rey y el súbdito, el dogma del honor y las relaciones entre corte y aldea. Posiblemente, la mucha importancia que viene dada a la aldea en la obra, se debe a la intención de Francisco de Rojas de revalorizar la vida en el campo, ya que durante el Siglo de Oro el campo había sufrido un progresivo abandono. Por eso, tiende siempre a subrayar lo bien que estaban Blanca y García en su casa del campo. De hecho, hace una descripción del lugar donde vivían como un sitio sin igual y también hace entender que el hecho de vivir en el campo no era algo tan degradante como se pensaba. El villano rico, más que ser movido por inquietudes caballerescas y deseos de aventura, era movido por los placeres de la buena mesa, la tranquilidad del solar y la poltrona cama matrimonial. De hecho, García cumple con todas esas características y además tiene un fuerte espíritu de aventura, y alto honor caballeresco, que lo empujará a actuar según las leyes del honor y a empezar un conflicto que se revelará inexistente. Para demostrar el valor de García, Francisco de Rojas hace empezar la comedia con un asunto histórico: la conquista de Algeciras por el rey Alfonso XI. Sigue los hechos tal y como se narran en la “Crónica de Alfonso XI”. Según dicha crónica, el rey se trasladó de Valladolid a Burgos y allí, mientras los ricos hombres de Castilla acudían a su llamamiento, habló con los ciudadanos burgaleses [...] y al fin pudo convencerles y otorgarles las alcabalas que pedían. Entre estos hombres estaba García del Castañar, un labrador muy honrado, que decide ofrecer su ayuda al rey e ir a luchar durante la guerra de Algeciras. De hecho, siendo sólo un labrador, el rey quiere conocer a este hombre que le parece tan fiel y decide ir a visitarlo a su casa del Castañar. García está casado con Blanca, una mujer muy fiel que siempre ha amado sin medidas a su marido, pero cuando llega el rey con su séquito, empiezan los problemas. Uno de los nobles al servicio del rey, don Mendo, se enamora de Blanca e intenta aprovecharse de ella. La mujer se resiste, y no traiciona al marido, pero García ignora lo que verdaderamente pasa. Él se fía sólo de las apariencias y ve sólo un hombre que entra por el balcón de la habitación de Blanca y, creyéndolo el rey, ya que lleva una banda roja,  decide castigar a la mujer porque contra el rey, según los códigos de honor y respeto, no puede ir. Sólo al final se descubre que Blanca siempre le ha sido fiel, que en realidad el hombre que había visto no era el rey sino uno de sus nobles. En la práctica, todo el conflicto dramático se basa sobre un hecho que no existió de verdad, ya que don Mendo atenta contra el honor de Blanca, pero no lo destruye. Cuando se descubre que García es de familia noble y no un villano, así como tampoco lo es su mujer, García puede vengar su honor puesto en peligro por otro noble. Al final de la obra surge otra vez el hecho histórico para justificar el desenlace y cerrar el círculo alrededor del drama. Esta obra no sigue la tendencias de la literatura española en sustituir las personas por tipos, aquí parece más centrarse en la representaciones de “grupos definidos” o, mejor, se subrayan las diferencias entre corte y aldea, entre labradores y nobles, es decir entre clases sociales diferentes. La presencia del contraste entre corte y campo, es claramente representada con la oposición entre don Mendo, hombre de corte, y su oponente García, hombre de tierra. Este simple contraste será esencial para la evolución del drama y lleva a analizar la diferencia entre apariencia y realidad, ya que el protagonista y el antagonista no son lo que parecen. Francisco de Rojas nos presenta a don García como un labrador honrado, según el grado de honra que le corresponde por su clase social. No hay que olvidar que, en la España del siglo XVII el honor de un villano tenía muy poca importancia. A veces, la figura de García viene situada entre los protagonistas limitados e ineficaces, pero no es un personaje tan limitado, parece más un hombre que sabe bien lo que quiere y lo que le corresponde de derecho, es fiel al rey, y cariñoso con su mujer, no hace otra cosa que tratar de mantener su equilibrio social y conyugal. En cambio don Mendo como es un noble, no tiene ningún problema para fingirse rey con tal de salvar la vida. Parece tener bien claro cuáles son sus derechos como noble respecto a los demás y, por pertenecer a esa clase social, se permite lujos y cumple acciones que no le corresponden, como, por ejemplo intentar seducir a la mujer de García, que, según él, ya que es una villana tendría que ceder a sus lisonjas sin problemas. El comportamiento de don Mendo no corresponde con los valores que eran radicados en la sociedad, y se puede considerar como un aviso a no fiarse de las apariencias. Francisco de Rojas es conocido por su forma tan especial de tratar a las mujeres, y Blanca, aunque no tenga el papel central de la heroína que defiende sola su honor y lucha contra los demás, hecho que suele pasar en otras obras del autor, como, por ejemplo en “Cada cual lo que le toca” y “Progne y Filomena”, seguramente es un personaje fuerte, que nunca pierde la conexión con la realidad, segura de no haber traicionado su matrimonio, confía en que pronto se sepa la verdad cuando se ve acusada por su marido, sigue siempre queriéndolo y preocupándose por él. Entre los personajes, no podían faltar los criados, figuras claves del teatro del Siglo de Oro. Sólo los criados son avaros y realizan sus acciones por dinero. En este caso tenemos al criado Blas, que desarrolla el papel de ayudante de don Mendo, y que representa de modo perfecto la clásica figura del criado que hace todo lo que se le pida por dinero. Blas es heredero de los graciosos rústicos descendientes de las églogas primitivas y de la comedia villanesca de Lope de Vega. También hay la presencia de otros criados, Belardo y Teresa. Esta última es utilizada para representar algunas de esas escenas cómicas que siempre están presentes en el teatro del Siglo de Oro, y que servían para minimizar los efectos dramáticos de la acción. El conde de Orgaz, don Gonzalo Ruiz, es un personaje rigurosamente histórico y un elemento importante de la acción, es a causa del deseo de rey de conocer a don García y por el apoyo del conde, que don Mendo se encuentra con Blanca, ya que han sido ellos dos los que han querido ir al Castañar. Desarrollando el personaje del conde, Francisco de Rojas debió fijar sólo su atención en el que fue ayo de Alfonso XI, y lo muestra en el drama rodeado de gran autoridad, tanto que el rey fía en él la resolución de asuntos graves. Si desde el principio vela sobre Blanca y García, será la mano derecha del rey y gracias a él se desatará el punto de crisis, ya que será el que confirmará al rey cómo se han desarrollado los hechos y será también testigo de la nobleza de los dos labradores. Mientras, el rey es el dispensador de la justicia final y, como fuente suprema de honor, puede ser y es árbitro de las disputas de honor como en esta obra.

El 2 de diciembre 1933 la Compañía de Margarita Xirgu y Enrique Borrás, representaron en el  Teatro Español de Madrid “Garcia del Castañar”. Mª Carmen Gil Fombellida declaró: <<Prácticamente ignorado por la prensa, el 2 de diciembre de 1933 se pone en escena un segundo texto de Tirso de Molina, titulado “El estudiante que se a va a acostar”, representado, dentro de un programa doble, junto al drama de Francisco de Rojas Zorrilla, “García del Castañar.” De entre los periódicos consultados, tan sólo dos brevísimas reseñas, bastante desfavorables, aluden a este montaje. En ellas se califica la representación de “balbuceo dramático”, inadecuado para una función ordinaria del Español (El Liberal), y de “esbozo de teatro” sin interés escénico e insignificante para el público (El Debate). Tampoco la puesta en escena cumple, en este caso, con las expectativas de la crítica ante la recuperación de un texto clásico, resultando demasiado extravagante en el vestuario y en la interpretación.... El diario “ABC” publicó el 3 de diciembre: ”García del Castañar”. La Compañía del Español escogió esta obra para la segunda función del ciclo romántico que se propone desarrollar durante la temporada. Enrique Borràs supo poner en el protagonista de la obra los diferentes matices que le dan carácter en cada una de las jornadas; sencillo y tierno en la primera; digno y altivo al recaer en la sospecha de su deshonra; justiciero y orgulloso al término de la obra, cuando desvela ante el Rey la nobleza de su abolengo. Borràs dio al papel la prestancia que exigía, ya al contar sus amores al campo y a la caza, ya al ponderar el alto concepto de su hogar y su honor. La secundó con gran acierto Margarita Xirgu, en el papel de Blanca. El público premió el trabajo de ambos artistas con nutridas ovaciones.

En aquellos años Francisco de Rojas también escribió el drama de honor “Cada cual lo que le toca” donde más acusado es el “feminismo” que se le atribuye. La protagonista es una mujer decidida que interviene y asume la venganza de la afrenta producida, cuando mata al ofensor, si bien el marido no puede perdonarla una vez conocida la falta. Pero no fue del agrado del público de la época, que rechazó y silbó la obra. Por primera vez en el teatro español hubo libertad de acción para la mujer, permitiéndole ser vengadora por sí misma de su honor mancillado y no a través de familiares cercanos. Con eso la cuestión de la venganza se humaniza y se hace menos abstracta que en Calderón. También escribió la tragedia “La traición busca el castigo”que no desmerecería en nada a las tragedias calderonianas, y el drama de honor “Morir pensando matar” que trata la historia de la revancha de Rosmunda, la reina de los lombardos, con nuevos planteamientos de la actuación de la mujer en conflictos de honor y venganza y escenas de muerte violenta. Francisco de Rojas escribió también el drama de honor “El Caín de Cataluña” que escenifica el tema de la competencia y celos entre hermanos, basado en los hechos que dieron lugar al fratricidio contra Ramon Berenguer, hijo del conde de Barcelona. Si bien uno de los motivos de celos es el de la primogenitura, Berenguer, hijo segundo del conde, no envidia tanto la posición privilegiada de su hermano Ramon, como el cariño que cree no recibir. Estos rasgos psicológicos, y la serie de locuras con las que el personaje manifiesta su desazón al principio de la obra, recuerdan al “Hamlet” de William Shakespeare. Otras obras de esta época son: “El médico de su amor”, “Murmuraciones de aldea”, “Numancia destruida”, La esmeralda del amor”,“Los privilegios de las mujeres”, la comedia de costumbres “Primero es la honra que el gusto” y la comedia de santos “La vida en el ataúd” que presenta el martirio de San Bonifacio, su conversión al cristianismo tras una vida de pecado y en la que no renuncia a sus recursos efectistas en una mezcla de lo pagano y lo cristiano, indicando una cierta indiferencia del autor hacia  temas religiosos.

Algunos títulos se le atribuyen de forma errónea, hay que responsabilizar a la imprenta de buena parte de los desaguisados. Sabido es que ese teatro que tan gran acogida encontró en los tablados, no tardó en llegar a las librerías. Y, como los usos y reglas vigentes para ese tipo de productos tenían una laxitud impensable en su tiempo, no orientaron sus esfuerzos en conseguir las obras auténticas de los autores preferidos del público, tanto como a trocar los nombres de los encabezamientos en su favor. Para vender más, se atribuían las nuevas comedias a los autores preferidos en boga. Hay obras de otros dramaturgos (Lope de Vega, Mira de Amescua, Vélez de Guevara, ...) publicadas con su nombre por parte de libreros sin escrúpulos, en busca de un negocio rápido y rentable. Conviene recordar que tampoco se libraron de ellos las obras que hoy consideramos grandes, y que entre las afectadas figuran, con las matizaciones que proceda hacer en cada caso, piezas tan significativas como “La estrella de Sevilla”, “El condenado por desconfiado” o “El burlador de Sevilla”.

En los escenarios del siglo XVIII, el repertorio de Francisco de Rojas se mantuvo muy vivo. Se trata de uno de los autores más representados, según los datos de la cartelera madrileña de dicho siglo. Hay obras de Francisco de Rojas que se llevaron a las tablas una y otra vez: “Donde hay agravios no hay celos” (en 118 ocasiones), “El monstruo de la fortuna” (84), “Las más hidalga hermosura” (48), “Los áspides de Cleopatra” (47),  “Del rey abajo ninguno” (44), “Entre bobos anda el juego” (42), “El Caín de Cataluña” (42), “Los bandos de Verona” (35),... En total, de sus obras se realizaron 654 montajes, sólo en Madrid, y sin contar que varias obras estuvieron varios días en cartel. Curiosamente, no aparecen en los primeros puestos, las obras más conocidas “Del rey abajo, ninguno” y “Entre bobos anda el juego”, mientras que algunas de las piezas que gozaron de gran éxito en la escena dieciochesca, desaparecieron totalmente de las carteleras en épocas posteriores. Una obra tan olvidada como “El monstruo de la fortuna, la lavandera de Nápoles” alcanzó una gran popularidad: se imprimió numerosas veces a lo largo del siglo XVIII y fue llevada a escena en 85 ocasiones entre 1708-1808, más otras 25 entre 1809 y 1850, antes de desaparecer de los escenarios para siempre. En el siglo XIX el repertorio dramático de Francisco de Rojas se alteró sustancialmente. La reivindicación del teatro nacional por parte de los románticos coincidió con la práctica desaparición de Francisco de Rojas de la escena. Poco a poco, su repertorio se fue polarizando en torno a las dos obras principales: “Del rey abajo ninguno”, más conocida entonces como “García del Castañar”, y “Entre bobos anda el juego”, ni mucho menos los títulos que más repercusión habían tenido anteriormente. De todas maneras Francisco de Rojas Zorrilla es uno de los dramaturgos más sobresalientes del Siglo de Oro español, cuyas comedias se han mantenido en los repertorios de las compañías más prestigiosas del mundo.

Francisco de Rojas Zorrilla fue muy imitado y refundido por autores dramáticos extranjeros. Jean Rotrou imitó “No hay ser padre siendo rey” en su “Venceslas”. Alain-René Lesage arregló en “Le point d'honneur”, “No hay amigo para amigo”. “Obligados y ofendidos” inspiró el “L'écolier de Salamanca” de Paul Scarron y el “Les illustres ennemies” de Pierre Corneille, y se encuentra también en “Le diable boiteux” de Lesage, la “Eugenia” de Beaumarchais y “Les généreux ennemis” de François Le Métel de Boisrobert. “Don Lucas del Cigarral” reaparece en el “Don Bertrand du Cigarral” de Pierre Corneille y en el “Don Japhet d'Armenie” del ya citado Paul Scarron. Este último, por cierto, se inspira en la comedia de Francisco de Rojas “Donde hay agravios no hay celos” para elaborar su “Jodelet ou le maître valet”, que fue readaptado por el dramaturgo inglés William Davenant en su “The man's the master”. “La traición busca el castigo” inspiró a John Vanbrugh para su “False friend” y a Le Sage para su “Traître puni”.

 

 

     Retrato de Francisco de Rojas Zorrilla.

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En 1645 Francisco de Rojas también escribió los autos sacramentales “Galán, discreto y valiente” y “La viña de Nabot” inspirado en varios pasajes del Antiguo Testamento, que imitan al gran maestro del género, Calderón, sin lograr sobrepasarle, si bien son interesantes. Finalmente el 16 de marzo de 1646 ya pudo lucir sobre su pecho, el lagarto rojo de la Orden de Santiago, después de demostrar con grandes problemas su limpieza de sangre y con la intervención de Quevedo en 1645 como escribano de cámara de la Orden. Este mismo año, en noviembre, se renovó la prohibición de las representaciones teatrales, como duelo por la muerte del heredero príncipe Baltasar Carlos. No volverían a abrirse los teatros hasta 1649, con ocasión del nuevo matrimonio del rey con su sobrina Mariana de Austria. La última obra de Francisco de Rojas fue el auto sacramental “La gran fiesta de palacio” o “El gran patio de Palacio” escrita para el Corpus de 1647.

Cuando se atraviesa, por vez primera, la frontera que separa a los tres grandes dramaturgos Lope, Tirso y Calderón del resto, se encuentra, a su sombra un grupo selecto que suele estar compuesto habitualmente por seis poetas de alta calidad: Guillén de Castro, Mira de Amescua, Vélez de Guevara, Ruiz de Alarcón, Agustín Moreto y Rojas Zorrilla. Algunos de ellos son hábiles continuadores del sistema lopesco, al que contribuyen con eficacia, con miradas diferentes que varían según su procedencia, su bagaje literario, su personalidad; otros son herederos de un momento teatral inigualable al que llegan en su momento álgido. Pero todos se significan por ser grandes dramaturgos. Ellos solos bastarían para afirmar que aquella época fue maravillosa desde el punto de vista del teatro, de la literatura.

Se le atribuyen a Francisco de Rojas 44 obras de autoría segura y otras 13, escritas en colaboración  con: Antonio Coello, Luis Vélez de Guevara, Antonio Mira de Amescua, Pedro Calderón de la Barca, Juan Pérez de Montalbán, Luis Belmonte Bermúdez, Antonio Solís, Pedro Rosete Niño, Jerónimo de Cáncer, Jerónimo de Villanueva y Gabriel de Roa. Un total de 57 obras que con toda certeza le pertenecen. Por otra parte, hay unos 10 textos más que presentan problemas de atribución y autoría, incluido alguno tan famoso como “Del rey abajo ninguno”; además escribió 7 autos sacramentales y 2 entremeses. Como poeta lírico se han conservado solamente obras de circunstancias; un corpus de 10 poemas de autoría segura y 1 más, satírico, atribuido por el portugués Suppico de Moraes. Hay también obras que no han llegado hasta nosotros: 17 son de adscripción conflictiva, aunque no se pueden atribuir a nadie en concreto. Del medio millar largo de comedias existentes que en algún momento se han atribuido a Lope, y que han estudiado Morley y Bruerton, casi 200 son dudosas. Aún son más llamativas las cifras de Calderón: sus comedias, incluidas las escritas en colaboración con otros escritores, no llegan a las 120, mientras que sobrepasan el centenar y medio las que el “Manual bibliográfico” de los Reichenberger incluye en el apartado de obras supuestas.

Le sorprendió prematuramente la muerte, el 23 de enero de 1648, cuando contaba sólo cuarenta años, en su casa de la Plaza del Ángel de Madrid. La suya fue una muerte inesperada porque no le dio tiempo a escribir testamento. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia parroquial de San Sebastián, en Madrid, junto a su mujer.

De Francisco de Rojas se han dicho muchas cosas: que fue uno de los grandes del Siglo de Oro, un autor de primera línea, pero que no tuvo tiempo para dar a las tablas todo su talento; que tenía un gusto excéntrico, inclinado a la exageración, a lo extraño; que su lenguaje era, en ocasiones, de un gongorismo extremado; que tenía extraordinarias dotes para lo cómico y para lo trágico; que, citando a Eugenio de Ochoa, el hombre más versado en nuestra riquísima lengua difícilmente hallaría una palabra que alterar con otra equivalente en un verso suyo, sin quitarle fuerza o dulzura; o, en opinión de Álvarez Espino, que impelía al arte dramático por un camino peligroso que había de conducirle a su decadencia.

 

Algunos textos han sido extraídos de “Francisco de Rojas Zorrilla”: Lecturalia, Wikipedia y La Verdad.

 

 

XAVIER RIUS XIRGU

 

 

 

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