156. CRÍTICA A TRES OBRAS DE LA XIRGU

 

Transcribo un interesante artículo, del 14 de enero de 2003, firmado por Francesc Foguet y Boreu, sobre las críticas a tres obras estrenadas por Margarita Xirgu: “La campana sumergida” en 1908, “Elektra” en 1931 y “La dama del alba” en el año 1944.


Dos artículos publicados en De Tots Colors -
una revista teatral dirigida por Pompeu Crehuet- integran el primer bloque de esta aportación documental. Los dos se refieren al estreno de La campana sumergida, de Gerhart Hauptmann, el 28 de febrero de 1908, en el Teatro Romea de Barcelona. El primer artículo, escrito por Salvador Vilaregut, colaborador del Teatre Íntim de Adrià Gual y traductor de La campana sumergida (1), describe el triunfo fulgurante que obtuvo, en poco tiempo, la joven actriz en la escena catalana del momento. Las palabras de elogio que Vilaregut dedica a Margarita Xirgu confirman la importancia que este auténtico hombre de teatro tuvo como mentor y orientador de la joven actriz. Verosímilmente, fue Vilaregut quien la impulsa, a caballo del repertorio extranjero, a hacer el salto de la escena catalana a la castellana. El segundo artículo es la crítica de Pompeu Crehuet, firmada con el pseudónimo «Espill», del estreno de La campana sumergida, dirigida por Adrià Gual, en el marco de la cuarta sesión dedicada a la dramaturgia extranjera que celebró el Teatre Íntim en el Romea (2).

El segundo bloque está constituido por dos artículos más que Josep Farran y Mayoral, crítico literario y traductor, publicó en las páginas de La Veu de Catalunya a propósito de la reanudación de Elektra de Hugo von Hofmannsthal, el 2 de enero de 1932, en el Teatro Goya de Barcelona, en una función de beneficio que la empresa del teatro dedicó a la actriz como agradecimiento por la temporada que había hecho (3). Recogidos posteriormente en su libro Política espiritual (<<El mundo de la Cultura>>, 1930-1932), publicado en 1935, el primer texto entona un encendido elogio de las excelencias de Margarita Xirgu como «actriz universal» y, «por esto mismo, esencialmente catalana». El segundo artículo, en cambio, es una crítica -llena de prevenciones morales- de la representación de Elektra, en el que Farran y Mayoral pontifica sobre el contraste entre la Electra de Sófocles y la versión de la antigua tragedia de Hofmannsthal. Ni que decir tiene que, atendida la sensibilidad novecentista y la profesión de clasicismo de que hacía gala, esta segunda quedaba muy mal parada y, prácticamente, de la representación, el crítico de La Veu de Catalunya tan sólo salva la interpretación «inolvidable» de Margarita Xirgu


La recuperación de documentos relacionados con la actriz catalana Margarita Xirgu que últimamente ha comenzado ““Assaig de Teatre”, ha abierto un filón infinito y fértil, en el que todavía hay mucho trabajo por hacer. En este papel, queremos aportar varios documentos de un gran valor histórico para conocer la trayectoria artística de la actriz catalana y enriquecer los contornos de su excepcional odisea creativa. Los tres bloques en que los hemos distribuido corresponden a tres periodos diferentes que, básicamente, giran alrededor de tres representaciones: el estreno de La campana sumergida, de Gerhart Hauptmann, en 1908, en Barcelona; la reposición de la Elektra de Hugo von Hofmannsthal, en 1931 , también en la capital catalana, y el estreno de La dama del alba, en Buenos Aires, y, posteriormente, en Montevideo, las dos el año 1944. En todos tres casos, Margarita Xirgu fue reverenciada como una de las primeras actrices más espléndidas de las respectivas escenas en que actúa: la catalana, la española y la sudamericana.

El último bloque documental es el resultado de una selección de artículos de prensa del estreno de La dama del alba, de Alejandro Casona, el 3 de noviembre de 1944, en el Teatro Avenida de Buenos Aires, y, más tarde, el 29 de diciembre del mismo año, en el Teatro 18 de Julio de Montevideo (4). Desde que en 1934 Margarita Xirgu estrenó La sirena varada, Casona se había sentido en deuda con la actriz. La extraña magia que rodeaba las figuraciones dramáticas de la Xirgu, la melodía de su voz y la fuerza interpretativa que la caracterizaban sugirieron al dramaturgo asturiano la idea de crear La dama del alba, en la que un personaje, el de La Peregrina, era pensado expresamente para la actriz. Escrita en el exilio, La dama del alba fusionaba, como en un retablo imaginario, el mundo real y el irreal poético, y permitía el encuentro de dos nombres muy apreciados por Casona: Margarita Xirgu, para quien fue escrita, y su Asturias natal, que le facilitaba el «paisaje espiritual»(5).


Del conjunto de artículos publicados en la prensa argentina y uruguaya que se hicieran eco del estreno de La dama del alba, hemos hecho una selección de los más interesantes por el contenido y, especialmente, por la valoración que apuntan de Margarita Xirgu. Con respecto a las críticas argentinas, hemos seleccionado las firmadas por Atilio E. Torrassa (Crítico), Samuel Eichelbaum (Latitud), Amelia Monti (Libre Palabra), Vagabond Jim (Criterio), Sergio Villamil (El Federal) y Andrés Muñoz (El Nacional). En cuanto a las críticas publicadas en la prensa uruguaya, hemos escogido las que firman Ramon I. Álvarez (La Razón) y Julio Caporale Scelta (Mundo Uruguayo). Con una unanimidad casi agobiante, tanto la crítica argentina como la uruguaya dejaron por las nubes la interpretación del personaje de La Peregrina que bordó la actriz catalana (6).

 

                          

             Margarita Xirgu interpretando “La campana submergida".

                      Foto Institut Amatller d'Art Hispanic. Archivo Mas

 

 

1. MARGARITA XIRGU Y EL ESTRENO DE LA CAMPANA SUBMERGIDA, DE GERHART HAUPTMANN (1908)

 

Margarita Xirgu

VILAREGUT. Salvador. «Marguerida Xirgu». De Tots Colors [Barcelona], n.27 (03-07-1908), p.418-419.

 

Bien pocas actrices ha habido en la escena catalana, qué con su espléndido temperamento dramático se haya revelado, desplegado e impuesto al público y a la crítica, en más poco tiempo, que el de nuestra biografiada. He aquí que un día falta, por enfermedad, una actriz para desempeñar la protagonista de Teresa Raquin, de Emilio Zola, en los «Propietarios de Gracia», y la empresa va en busca de una joven de dieciocho años que tiene mucho nombre y fama de buena actriz, en los pequeños teatros de casinos y sociedades. En dos días, se estudia el complicado personaje, lo representa, obtiene un éxito ruidoso y al día siguiente la prensa de Barcelona nos dice que en el teatro catalán ha nacido una estrella que puede llegar a ser de primera magnitud. Y Margarita Xirgu, que es la famosa actriz en cuestión, pasa ya al Romea a la siguiente temporada. Debuta con Mar y Cel sorprendida por el miedo y la extrañeza del medio en el que se encuentra, y gusta. Vienen dos estrenos, Els pobres menestrals y La barca nova y su éxito es seguro, gradual y alentador. Viene la segunda temporada, y la joven y gentil actriz, va de éxito, en éxito. Estréna Ditxosos diners donde hace de «Carlota», una verdadera creación, que domina al público. El elogio suena muy alto para ella, en la crítica periodística. Dibuja más adelante una fina silueta en un personaje casi secundario de la Baratería. Viene la Llàntia del odi, y en la vibrante tragedia annunziana, obtiene un éxito cumplido, con honores de triunfo, la delicada figurilla del enfermo «Gabriel», es presentada por la Xirgu con toques supremos de poesía y de verdadera tragedia, que impresionan profundamente a todo el mundo. Avanza la temporada y en La Victoria dels Filisteus, da a la interesante mujer «Alma Suleny», una interpretación inolvidable. Finura, distinción, plástica y vaguedad poética, son elementos que la Xirgu compone para presentar una figura completamente nueva (en el sentido de la interpretación) en nuestro teatro. ¿Quien, habiendo visto la preciosa comedia inglesa, no recuerda aquella bajada de escalera del segundo acto y la amargura que siente la Xirgu, al verse traicionada groseramente por el hombre a quien el personaje, encarnado por ella, entonces ama? La actriz, sin descomponerse, palidece ligeramente, clava una larga mirada a los que la han engañado y desaparece llena de amargura, por allí de donde había salido. Su figura es esbelta, vestida pulcramente, de negro, con el cuello de puntas blancas, el lustroso y bellísimo cabello negro, discernido en bandeaux, el rostro pálido, mate, la mirada profunda... Y una clase de aureola de dignidad poética, reboloteándola siempre. Ah!... es una impresión bien nueva en interpretaciones catalanas!

 

Pero el éxito definitivo lo alcanza Margarita Xirgu en la encarnación de la hada «Rautendelein» de la incomparable Campana sumergida de Hauptmann, y su éxito es más grande, teniendo en cuenta que se trata de uno de los papeles más complicados y difíciles del teatro moderno, pero que la distinguida actriz desempeña con la más encantadora sencillez y con aquella difícil facilidad de que hablan los clásicos. El hermoso monólogo con el que comienza la fábula, toma, dicho por ella, un aroma exquisito de leyenda y es subrayado con una clase de ritmo abrazador y soñador que tiene un hechizo incomparable. Su tierna juventud, vestida de forma que recuerda, de lejos, a la Primavera de Boticelli, es de una plasticidad inefable, mientras se peina, todo mirándose en el agua del pozo a manera de espejo, su cabellera de oro  y lucha con la abeja tormentosa. Va toda provista de flores del bosque; y al acabar el monólogo, ha sabido infiltrar la Xirgu en el auditorio toda la quinta esencia de la creación de Hauptmann, esencia de poesía pura, sin retóricas pesadas ni encaramientos de versificador. Lo mismo diremos de todas las escenas del primer acto, dichos y jugados con una clarividencia especial, como colocados por decirlo así, entre las indecisiones de la niebla legendaria. Y cuando la hada se hace mujer, y labradora, con qué garbo hace ver la Xirgu su doble naturaleza, con qué desnudos imperceptibles cuida de no perder nunca su primitivo carácter. Lo mismo diremos de las escenas cómicas y dramáticas del tercer acto, y de la debilidad dolorosa con que matiza todas las del cuarto, en las que aparece un trazo de niebla que discierne al golpe grosero de la realidad irreductible. No hace falta olvidar; tampoco sus interpretaciones de Tristos amors, de la «Cecilia» de Aigües encantades, en la que se reveló una trágica de primera mano en las vibrantes escenas del tercer acto, en la dama joven de Joan dels miracles y en la Alegria del sol.


Ha hecho mucho, muchísimo camino aquella Margaritita, que ya de chica pensaba en ser comedianta y que siendo niña hacía las niñas de  Mort civil y del Lliri d'aigua y a los trece años, entusiasmaba, ya a los públicos del «Asiátic», del «Niu Guerrer», del «Ateneu del Districte Segon», de «Gent Nova» de Badalona, del «Marquès de la Mina» de la Barceloneta, de los «Ateneus Obrers» de Sant Martí y Sant Andreu, con las más importantes figuras de los teatros francés, castellano y catalán, puesto que interpretó  Zazá, la Tosca, las Flores, el Amor que pasa, María del Carmen, la Mancha que limpia, la Hija del mar (uno de sus grandes éxitos), El Aniversario, Los viejos, Padre Janot, El día siguiente de bodas, El patio azul, y Tierra baja, siento festejada, querida y casi joven mimada de todos estos públicos, en los que tanto domina el sentimiento y la buena fe.


Margarita Xirgu representa en el teatro catalán la nota modernísima. Su arte es de sinceridad y de naturalidad, rota siempre por un punto de poesía, que da a todos los personajes interpretados por ella un valor más estimable. La melosidad de su voz y el ángel de su persona contribuye a que siempre se nos muestre plásticamente casi perfecta.

 

Otro aspecto notabilísimo de nuestra biografiada es su talento crítico. Hace falta sentirla en su conversación particular; con qué vigor y clarividencia enjuicia las obras señalando los defectos y apuntando las cualidades, porque es una apasionada de la literatura dramática, que saca gran provecho de sus lecturas. Además, se ha de añadir en favor de ella, un detalle que nos consta. A ella no ha habido nunca directores que la enseñaran, ni autores que, a fuerza de indicaciones, la hicieran salir airosa, no. Ella lee la obra,  penetra en ella, no se acaba de entregar, por decirlo así, en los ensayos, pero en la noche del estreno sorprende con su sana interpretación. Así sucedió con La campana sumergida, que ha sido, hasta ahora, su triunfo más grande. La Xirgu da otro paso adelante, porque en la próxima temporada, la veremos en el Principal al lado de Giménez y no fuera extraño que sorprendiera al público y a la crítica con interpretaciones todavía más refinadas, puesto que nos consta, también, que debe crear algunas obras de aquellas que hacen ruido al estrenarse.


Y para acabar; consignaremos, con gozo, que el Teatro Catalán tiene, con Margarita Xirgu, lo que hasta ahora le ha carecido siempre, puesto que si ha tenido y tiene características y damas jóvenes eminentes, no poseía todavía la piedra fundamental de todo drama o comedia, el centro en torno al cual gira toda una acción cómica o dramática, en una palabra: la primera actriz.


Teatros


Espill [Pompeu Crehuet]. «Teatres». De Tots Colors [Barcelona], n.10 (06-03-1908), p. 151-152. 


Las palabras de elogio, las exclamaciones de entusiasmo se agotan y palidecen ante la soberana grandeza de aquella Campana sumergida, creación colosal de maestro Gerhart Hauptmann. Durante toda la representación nuestro espíritu se extasía y se eleva y divaga hasta perder el ánimo, de belleza en belleza, de grandeza a sublimidad... Y tanta objeción y toda palabra de frialdad se hace imposible ante aquel cálido desplegarse de todas las magnificencias del arte y no tiene más remedio que callar y admirar sin reservas el talento poderoso del poeta alemán que, como nadie entre los modernos, nos zarandea y conmueve hasta las entrañas... Espill no os descubrirá La campana sumergida. Hace años que corre por los escenarios y hace tiempos que se la pasan de mano en mano
 eruditos y poetas. Espill sólo os dirá que, hace falta dar las mayores gracias a Adrià Gual y a Salvador Vilaregut que con tanto de amor y acierto han conseguido hacerla representar dignamente entre nosotros, siguiendo así la bella tradición del Teatre Íntim al cuál tanto debe la cultura catalana. La campana sumergida fue puesta en escena el pasado viernes en el Romea, con dos decorados nuevos de Moragas y Alarma. El primero nos gustó extraordinariamente y no tanto el segundo: pero todos dos son bien dignos de los aplausos con que el público los recibió. Los actores del Romea pusieron el cuello en la interpretación de los respectivos personajes. Muy bien la Xirgu. Aquel monólogo con el que empieza la obra fue dicho magistralmente, eminentemente. El hechizo de Rautendelein nos penetró desde aquel instante y no dejó paso en todo el desplegamiento de la exquisita figura... La Xirgu será una gran actriz si sigue estudiando y no pierde, por el camino de la vanidad, lo que ha recogido por el camino de modestia.

 

Y que diremos de Tor? hizo una creación merecedora de toda clase de cantos. Estuvo justísimo, aplomado, sobrio, salvando a copia de arte y de maña los terribles escollos que ofrece la interpretación del Hombre de agua. Tor también irá lejos si, como la Xirgu, no olvida que el actor no crece a copia de pretensiones, sino a copia de trabajo, de tiempo, de estudio...


Respeto a los otros, no hace falta nombrarlos particularmente. Sin hacer nada de extraordinario, ayudaron a la buena armonía de aquel cuadro, uno de los más exquisitos y
 sugestivos que hemos podido ver por nuestros escenarios.


                                   

                    Margarita Xirgu caracterizada de Elektra en 1912.

                                         Foto: Fondo hermanos Xirgu

 

2. MARGARITA XIRGU Y EL ESTRENO DE ELEKTRA, DE HUGO VON HOFMANNSTHAL (1931) Saludo a Margarita Xirgu

FARRAN I MAYORAL, J. «Dietari escènic. Salutació a Margarida Xirgu». La Veu de Catalunya. (01-01-1932, edición de la noche), p.5; y (02-01-1932, edición de la mañana, p.5. Recogido en: FARRAN I MAYORAL, Josep. Político espiritual. (<<El món de la Cultura>>, 1930-1932). Barcelona: La Revista, 1935, p.367-369.

Margarita Xirgu, actriz universal, sin duda por esto mismo, esencialmente catalana. Ella aporta siempre a las diversas modalidades de la escena ibérica los acentos de su alma, profundamente catalana y mediterránea. Y esto ha hecho su originalidad, el relieve poderoso, en la escena castellana de su personalidad más autentica. Lejos de quererla borrar, como han hecho tantas otras, en la imitación de la declamación castellana, ella ha acentuado sus propias características, a fuerza de personalidad y por voluntad de ser en todo momento ella misma. Y en esta acentuación de su personalidad, aunque no lo hubiera querido, como no debía de tener éxito al ser bien catalana y a ganar con la fuerza de su racialidad su gloria más pura?


Hace falta decir ahora qué son sus excelencias, diferentes de las excelencias, tan admirables por otra parte, de las otras grandes actrices ibéricas.
En primer lugar, el sentido de la realidad, de la vida, intensamente, francamente expresada; y esto ya por temperamento y también por hermandad de temperamento con los autores catalanes, que ella interpretaba en los comienzos de su gloria, de Guimerà sobre todo.
Una clase de realismo exaltado, gozo vibrante de expresar las realidades apasionadas. Ella se da toda en las escenas de pasión, sin restricciones, con toda el alma y toda la sangre, y el fuego intenso de sus ojos ardientísimos y el trágico desorden de sus magníficos cabellos. Raramente la pasión alcanza intensidades iguales en las actrices castellanas.
Otra nota bien suya, en otros momentos y personajes, es aquella autenticidad profunda en las ternuras, en las humildades sublimes de los grandes sacrificios, en las resignaciones misteriosas de las almas singulares, dulces y delicadas, que interpreta a menudo. También aquí encontramos cualidades de temperamento bien catalanas, influencias de los mejores poetas y de nuestros dramaturgos.
Y, finalmente, y sobre todo, cualidades bien nuestras y bien mediterráneas, aquella exaltación lírica, pujanza de canción y de música, que transfigura los versos en sus labios y en su voz. La actriz española, y pensamos en las mejores, dice, en general, los versos con un deje profundo de elegante tristeza, siempre como algo de oración resignada o exaltada, acentos de profundo misticismo racial; o bien con una clase de énfasis y precipitación retórica, la cual, ni que decir tiene, tiene a veces sus hechizos.

Pero Margarita Xirgu, aun en los momentos de más dulzura; agobio o tragedia, pone en su voz una vibración lírica que es, en el fondo, dichosa; el triunfo risueño de la expresión y de la poesía por encima de los dolores y las crueldades del vivir, que es la gloria del arte mediterráneo. Así, y dichos por ella, los versos y las palabras y los acentos y las letras, brillan siempre de los resplandores de nuestro mar, y las claridades de nuestra luz.
Por estas bellas cualidades de Margarita Xirgu, nos sentimos así identificados profundamente con su alma, aun cuando representa las obras y los personajes más distantes de nosotros; por esto la sentimos tan nuestra, haga lo que haga en todo momento, en la escena.
Y por esto, hoy, nos da gozo de saludar con gran afecto y admiración, la buena amiga, la eminente actriz, en su fiesta de arte y velada de honor.



El
Elektra de Hofmannsthal

FARRAN Y MAYORAL, Josep. «Dietari escènic. De la vetllada d'honor de Margarida Xirgu. Uns mots sobre l'Elektra de Hofmannsthal». La Veu de Catalunya. (05-01-1932, edición de la noche), p.5; y (06-01-1932, edición de la mañana) , p.5. Recogido en: FARRAN I MAYORAL, Josep. Político espiritual. (<<El món de la Cultura», 1930-1932). Barcelona: La Revista, 1935, p. 369-372.


Todo considerando el frenesí de aquella Electra, que estupendamente encarnaba la otra noche Margarita Xirgu, yo no me podía estar; por contraste poderoso de pensar en la heroína de Sófocles. No seré yo quien rehuse a cada tiempo y a cada poeta de interpretar según su alma estos eternos personajes de poesía; así va enriqueciéndose la serie de sus avatares, de sus epifanías a través de los siglos, a partir de su vida ideal, eterna. Esto no nos priva, pero, de tener nuestras preferencias, de considerar; por reflexión y por amor; más cerca de su idea eterna, tal creación, que tal otra. Y nos parece bien lejos de su idea, esta Electra de Hofmannsthal, cargada con las pretensiones efectistas de una manera estética inferior; y las más disolventes cabórias de toda una época; tan próxima y tan irremediablemente lejana del «modernismo».


Por todo esto, la otra noche, mi Electra se hacía dentro de mí más grande, y más sorprendente que nunca -por contraste con la del autor germánico-, y por un milagro del arte, más singularmente pura. Es cosa de milagro, verdaderamente, haber infundido en un personaje así violento de pasión y cruel de propósito, tanto de serenidad y de medida; tanto de conciencia en el odio, tanto de lucidez razonadora en la venganza; y, extremo de prodigio -tanto de pudicia y decencia y medida en las acciones y las palabras-. Como si en el fondo de las pasiones terribles, hubiera la tierna pudicia, la sublime nobleza, del inmenso amor hacia el padre vilmente sacrificado y escarnecido.

 

Quien diría que abriga el odio más inexorable la doncella que así habla:

«Me avergüenzo, mujeres, si os parezco, con muchos de llantos, impacientarme demasiado»...

Y, todavía, delante de la madre odiadísima, qué pudicia aun en las inflexiones más irónicas, qué lucidez de razonamiento.

«Sabe ahora que estas cosas me dan vergüenza aunque no te lo parezca. Comprendo que no son ya de mi edad, ni me está bien el hacerlas. Pero la aversión que viene de ti y de tus acciones, me obligan a obrar así a la fuerza. Que las conductas vergonzosas enseñan de conducirse vergonzosamente.»

Y todavía la vengadora que llama al hermano, en el momento horrible:

«Golpea, si tienes fuerzas, una vez más!», al cabo de poco rato, dice consumado el crimen: «Ya es muerta la malograda?»

Es decir, que ni el odio ni la venganza, no extinguen en aquella mente la compasión hacia la víctima (y no por un resto ínfimo de amor filial, sino por comprensión humana, que viene de reflexión y de inteligencia).

Aquella obediencia racional a un deber de vengadora justicia, aquellas frases razonadoras y medidas en aquellos versos desnudos de imágenes, limpios y claros como hojas de espada, yo os digo que renuevan a cada lectura una sorpresa muy profunda, que todos los gritos y los planteamientos de esta Elektra barbarizante, de un exasperado decadentismo, a la cual no han sido ahorradas -en una escena repugnante- ni siquiera las preocupaciones perversas del «fin de siglo».


Con todo, imágenes, situaciones de gran poeta; la invocación, al empezar, el padre muerto; la escena de las dos hermanas aterradas en el umbral del palacio, por la falsa nueva de la muerte de Orestes; las justificaciones que da Electra de su loco afán de rascar la tierra -no quiere enterrar sino desenterrar; no quiere que la tomen por una infanticida; nada no ha dado a la vida, ni tiene para dar a la muerte, etc.- la escena de la antorcha con Egist, ofrecen trazos de grandeza y, en el más noble sentido, de bella teatralidad, todo y los defectos y las desmesuras señaladas. La tragedia de Hofmannsthal crea un ambiente de intensa vida, remueve en nosotros altos pensamientos, como no hace, demasiado a menudo, el teatro moderno. La época, inculta y bárbara, que, todo lo anuncia, ya va pasando, no es hazaña para el gran arte, porque ha perdido el sentido de la grandeza. A la vez, el teatro salido de ella, amenaza de prolongar la objeción del alma y del gusto. Pero la tragedia volverá a su lugar de soberanía, o el teatro dejará de ser grandes, intensas, nobles acciones, expresadas en belleza y poesía. Bellos anuncios de las futuras fiestas: mirad como los públicos se divierten otra vez con las obras en verso. Bello anuncio, la emoción y el silencio que acogían la otra noche, la tragedia de aquella Electra, demasiado germánica. Gran parte tenía, toda quizás, la interpretación inolvidable de Margarita Xirgu. Ella comunicó a la singular figura una realidad y una grandeza que sin duda el autor no le daba. Su sangre mediterránea restituía la nórdica Electra, la nobleza y el lirismo dichoso, dionísico, que carecía. Todo en ella, figura y voz y gestos, la expresividad enorme de las manos, de los dedos, de los trágicos cabellos, creaba una figura de magnífico relieve.

Y esto con un generoso gasto de energías, en intensidad creciente, que maravillaban realmente, y valían a la gran actriz, al final, aclamadoras ovaciones.

 

3. MARGARITA XIRGU Y EL ESTRENO DE LA DAMA DEL ALBA, DE ALEJANDRO CASONA (1944) (7)

 

3.1. EL ESTRENO DE LA DAMA DEL ALBA EN BUENOS AIRES

 

Una gran obra fué representada anoche en el Teatro Avenida

E. TORRASSA. Atilio. (Crítico)

 

Alejandro Casona ha buscado inspiración en las cosas de su tierra natal, allá en la brumosa Asturias, tierra de labradores recios y de mineros pacientes, donde la montaña se yergue desafiante entre el mar y el cielo, y donde la leyenda, como la niebla, envuelve la dura realidad en tenues velos de poesía y de misterio. Por eso su retablo La dama del alba es obra de fuerte yauténtico colorido regional, y al propio tiempo por su elaboración y trascendencia de claro y universal sentido artístico. Con profunda inspiración, con magnífico sentido del teatro, con galanura y riqueza de idioma ha sabido combinar la leyenda con una fábula simple entre seres comunes y una visión moderna y original de la muerte, que da al conjunto espontáneo simbolismo filosófico. La leyenda es la de una joven que se hundió en las aguas de un remanso profundo y fué a habitar en un palacio de algas verdes, a cuyas ventanas golpeaban pájaros fríos, palacio del cual retornó años después, intacta y más bella, en una noche de San Juan, que es «cuando todos los ríos del mundo llevan gotas del Jordán». La fábula terrena, la de una casona de Asturias donde una madre vive pensando en su hija muerta en el río, según todos los indicios, y cuyo recuerdo gravita también en quien fué su esposo, por tres días, y en sus hermanitos. La casa se niega al mundo y a la vida, para encerrar su luto. Pero el dolor encuentra su paliativo. El río les entrega a otra joven que intentó suicidarse. Y su incorporación a la familia, substituyendo gradualmente a la muerta, parece devolver la alegría a todos. Será la hija para la madre, acaso la esposa para Martín de Narcés. Y el amor naciente aclara el misterio de aquella muerte, en una confesión que se le escapa al segundo: Adela, la desaparecida en las aguas, no se suicidó; vive, pues huyó con su amante, dejando accidentales indicios que él, por piedad y por vergüenza, no se atrevió a destruir.

 

Magnífica concepción

Mas también ha llegado a aquella casa otro personaje: una peregrina, de suave rostro, de palabra lánguida, de aspecto piadoso. A todos engaña, menos al abuelo, quien, por estar cerca del final trance, tiene aguzados sus sentidos. Élla reconoce: es la muerte. Ha venido por alguien, pero los niños, que nada temen, la han hecho reir con sus juegos y luego no la han despertado a tiempo. Volverá por alguien cuando por siete veces la luna se cubra por entero de su plateada luz. Transcurre el plazo, y a la séptima luna llena ella comparece. Pero para llevarse a alguien de la casa, después que todos han visto alumbrar una nueva dicha en sus corazones, sino para convencer a la supuesta suicida cuando, sin saber de su leyenda, quiere volver a la casa en procura de paz tras doloroso rodar por el mundo. Y en la noche de San Juan el río entregará un cadáver, el de aquella que se ahogó hace cuatro años, milagrosamente intacto, como el de la leyenda, porque los ríos de todo el mundo, en esa noche teñida de hogueras alegres, llevan gotas del río milagroso. Acaso como síntesis final, podría decirse, con una poetisa de talento: «Tú lo sabes: la vida danza con la muerte. Mezclan sus flores, sus pasos, sus cabellos la única sabiduría es saberlo».

 

La feliz pintura de ambiente, la humanidad y simbolismo de los personajes, la belleza y profundidad del diálogo, el perfecto engarce de las escenas, el acierto en fundir todos los elementos de leyenda, realidad, misterio y simbolismo, la originalidad en su concepción de la muerte, como una mujer dulce que cumple designios superiores y es más infeliz que los mortales, pues no sabe amar ni conocerá el propio bálsamo que administra, todo ello hace de esta pieza no sólo la mejor creación de Alejandro Casona, sino una de las más bellas, a nuestro juicio, del teatro español actual. [...]

 

Sirvieron con brillo a La dama del alba

La muerte no es personaje grato, y resulta además muy difícil trasladarlo literariamente a la escena y vivirlo luego en ella. De hacerlo más simpático se encargó Alejandro Casona al imprimirle los rasgos de una mujer serena, de voz clara y de andar rítmico, que viste hábito claro y cubre su cabellera con un velo. Los niños juegan con ella y la hacen reír; los viejos la presienten y le hallan algo misterioso; los jóvenes la reciben con simpatía. Su misión desagradable, por otra parte, la cumple al alba, sosegadamente. Margarita Xirgu, colocada siempre tan alto por virtud de su arte, añadió a su serie de grandes creaciones una más, y acaso la más difícil, por la limitación que impone a sus recursos y por los sorprendentes contrastes que ha puesto en ella su autor. La escena en que juega con los niños, el diálogo que sostiene con el Abuelo, al ser descubierta en su verdadero carácter, y sobre todo cuando convence a la adúltera que su lugar no está en aquella casa, donde se la cree muerta, sino en el río, para salvar lo mejor de ella misma, la pureza de un recuerdo, y para trocar su pecado en flor de leyenda, su voz, su gesto, su prestancia, son vehículos de una emoción grande y bella, que acusó el auditorio visiblemente. Y todo el conjunto de intérpretes, como arrastrado por la calidad de la obra y el ejemplo de su primera actriz y directora, cumplió una labor sin fallas. María Gómez, con gracia espontánea en el papel de Telva, representación del buen sentido popular; natural y expresiva; Isabel Pradas en la muchacha simple que devuelve la alegría a la casona; y en otros de más limitadas exigencias muy a tono Teresa León y Amelia de la Torre, Francisco López Silva, dió singular relieve al papel del Abuelo, José N. Navarro dijo con acertados matices el suyo y Alberto Closas supo encontrar el acento y los rasgos precisos para el drama concentrado y luego la lucha de pasiones que viven en Martín de Narcés. Sería injusto no citar a los niños Susana Canales, Juan Manuel Fontanals y Gustavo Bertot Pradas, que mostraron una precisión en el decir y una desenvoltura superior a sus escasos años. La escena, servida por un pintor de las dotes de Santiago Ontañón, ofreció, en su marco único, una hermosa y auténtica evocación de interior asturiano. Bien escogida por Alejandro Casona e interpretada con justeza la música grabada especialmente por el tenor Faustino Granda, el gaitero Emilio Martínez y el tamborilero Carlos García, con que se ilustra la escena de la fiesta de San Juan.

 

La dama del alba de Alejandro Casona

EICHELBAUM, Samuel. (Latitud)

 

Acercarse a la tierra implica casi siempre, para el escritor y el artista, desprenderse de lo superfluo y de lo retórico, y tomar o dejarse tomar por los fenómenos elementales. Aun cuando se trate de artistas inclinados y formados en un artificio compacto, como en el caso de D'Annunzio, ese movimiento de aproximación resulta en extremo provechoso para el arte, como lo prueba La figlia de Yorio, que cuenta entre lo más perdurable del autor de Laudi. En Alejandro Casona el propósito de acercarse a la Asturias de su nacimiento, después de variadas experiencias dramáticas realizadas sobre temas y climas urbanos, ha sido singularmente promisor. La dama del alba, obra reveladora de tal propósito, es, a nuestro juicio, la más equilibrada y la más armoniosa de sus comedias. Es verdad que ese equilibrio y esa armonía logrados no tienen vínculo aparente con el espíritu de su suelo, sino más bien con la conciencia profesional vigilante, más esas virtudes están presentes en el retablo y nadie puede afirmar que no exista una secreta relación entre los elementos utilizados por el escritor y la delectación de las fuerzas interiores que se movilizan para realizar una comedia. El gozo íntimo puede ser y es, con frecuencia, la mejor explicación de una venturosa labor.

 

La dama del alba, que presentó Margarita Xirgu en el Avenida, desarrolla lo que podríamos llamar el reverso de una leyenda, paralelamente a la leyenda misma. Ésta consiste en lo siguiente: una recién casada abandona al marido, y nada más se sabe de ella. Las gentes del lugar lanzan la conjetura de que se ha tirado al río. Los familiares y el marido la buscan angustiosamente, pero el cadáver de la moza no aparece. Transcurren varios años y un día los aldeanos hacen el hallazgo del cadáver antes buscado en vano, y lo llevan a la casa de la madre y del abuelo. El conflicto dramático imaginado por Casona intenta explicar los hechos que originaron la leyenda. Angélica -que así se llama la moza en La dama del alba- abandona a su marido, Martín de Narcés, al tercer día de casada para huir detrás del hombre al que verdaderamente ama. Bastante tiempo más tarde aparece en la casa aquélla una joven,  cuya desventura mueve a tanta piedad que la instan a que permanezca allí, donde visible y sensiblemente irá ocupando el lugar de la desaparecida, incluso en el corazón de Martín, que la rehuye sospechosamente, actitud que la reemplazante sólo comprenderá cuando él le confiese sus sentimientos y le haga conocer la verdad en torno a la misteriosa desaparición de Angélica, lo que ocurre en un día de festividad religiosa, en que todos se van al pueblo. Esa misma tarde, en que también los nuevos enamorados se van a la fiesta, vuelve Angélica, arrepentida y derrotada, pero resuelta a ocupar su puesto en la casa y en los sentimientos de todos, sin excluir los del marido. Angélica es recibida por un extraño personaje, La Peregrina, que es nada menos que un símbolo de la muerte. Esta Peregrina narra a la moza la leyenda suscitada con su desaparición y le hace comprender lo bello que sería salvarla, yéndose, es decir, sacrificándose por su propia leyenda. Angélica se deja persuadir y se va para -esta vez ciertamente- hundirse en las aguas del río, de donde no tardarán en extraerla las gentes del lugar.

 

En La dama del alba todo está realizado con mesura. Las situaciones dramáticas están levemente expuestas y todos los personajes, hasta el resentido Martín y la parlanchina criada Telva, se caracterizan por una común discreción. Pero la fragancia seca y densa de la tierra no se percibe. En todo caso, un perfume que apenas se le parece, en los trozos de diálogo en que alguna sentencia o dicho campesino recuerda que no todo lo que se oye es la prosa limpia y desindividual izada de Casona. Ello induce a creer que el comediógrafo de Nuestra Natacha ha ido medrosamente a abrevar en las aguas del terruño, lo que ha impedido, por igual, que fuera tomado por los elementos de la tierra o que los tomara él decididamente. En cuanto al extraño personaje de La Peregrina, que tanta intervención tiene en la trama de la obra, es evidente que Casona ha querido dar una noción, digamos amable, de la muerte, lo que sin duda ha comprometido la gratitud de no pocos espectadores, pero la idea de la muerte queda así «viciada de nulidad», como diría un jurista. Cualquier ser humano puede tener una idea particular de la muerte  -como lo demuestra Casona, a nuestro entender- pero la muerte misma no puede ser más que la muerte, es decir, lo que pone término a la vida visible, sin discriminación de vida alguna, sin distingos de edades o circunstancias. La Peregrina de La dama del alba no sólo se singulariza por su ternura en el trance de compartir un juego de niños, lo cual no deja de ser bello, aunque arbitrario -no podemos olvidar que Casona se ha propuesto dar una explicación «real» de una leyenda- sino que también se equivoca presentándose a destiempo, lo cual destruye toda idea de inexorabilidad, sin la cual la muerte resulta algo así como un acreedor ahuyentable.

 

Margarita Xirgu encarna a La Peregrina. Lo hace componiendo una figura ingrávida, llena de sugestión y de delicadeza, que hace pensar inmediatamente en una imagen inmaterial. María Gámez, en la criada Telva, muestra, una vez más, sus excelentes cualidades; Teresa León, en la Madre, transmite el pesar que la aflige por la ausencia de la hija; Amelia de la Torre, en la Angélica, pone de manifiesto su hosco temperamento dramático, e Isabel Pradas, en la Adela, se muestra sensible y expresiva. López Silva, en El Abuelo, no logra salvar la monotonía de su tono, y Alberto Closas, en el Martín, nos parece demasiado rígido.

 

Al margen de los estrenos. La dama del alba

MONTI, Amelia. (Libre Palabra)

 

Al árbol se le juzga por sus frutos. Y bien: Alejandro Casona acaba de dar una nueva muestra de su capacidad de escritor, que va en busca de la excepción con empeño de alquimista, al estrenar La dama del alba, que fué largamente aplaudida en el Avenida, a través de una labor interpretativa valiosa. Es una de esas piezas sin sinónimos. Puramente cerebral y metafísica. Es un pensamiento. Una idea. Una exaltación. Una fiebre. Un sueño... Y como sueño, lleno de todas esas cosas inverosímiles, maravillosas o no, que nos hacen vivir como realidad todas las fantasías, mientras dormimos. ¡Y gozarlas! Aunque al despertar nos encontremos con que nada es verdad. En su relato, Casona nos lleva a una morada de alucinación. A un panorama con aromas de campo y frescuras de río. Cariños de hogar honrado. Amor de hombre y de mujer. Risas de niños. Cantos de un pueblo en fiesta que vive siempre de cara al cielo y un drama silencioso. El drama de un hombre que se sintió burlado en su sencillez, en su confianza, en su fe, en su más íntima condición. Y calla. Calla para no quebrantar la pureza de la mujer que se fué. Para que quede, en todos los otros, la idea de su virtud. Se cree que el río se la llevó. Y el río, como el hombre, guardan el secreto. El silencio en que vive el hombre cae sobre cada minuto de su andar callado. Que no es pena. Es desesperación de haber perdido algo que era toda su alma. Y saber que tiene que estar en algún sitio del camino aunque todos la lloren por muerta. Desesperación por el miedo de verla aparecer algún día, sin que se le pueda escapar ni a ese pensamiento, ni a las cosas con que se la recuerda, ni a su propio silencio que ya le duele que lo aprisiona y que cae sobre cada palabra, cada mirada, cada rumor. Que no puede con la fuerza del nuevo amor que se levanta a su lado y que se hace, presente, vivo, tenaz. Pero no es esto lo nuevo, lo original en la obra de Casona. Es el trato que les da a los seres y a las cosas. Es la belleza de la forma y de los contornos. El diálogo penetrante y agudo en su filosofía y en su fatalidad, como alegre y oportuno en su gracia. Es lo profundamente humano y lo audazmente sobrehumano. Es la encarnación de la «Peregrina», símbolo ejecutado con diestra habilidad de escritor y de dramaturgo. Fantasía revestida de rosa y oro. Personificación suave, blanda y poética de la muerte. Que no impone porque «no es culpa suya». Que deja una extraña sensación de misterio sin miedos. Una temblorosa pero dulce embriaguez de lo desconocido. Una mansa promesa de paz.

 

Atrevida, peligrosa y difícil prueba la de dar forma a ese símbolo. Y forma concisa, elevada y poética, supo imprimirle Casona a él tal peregrino personaje de la Peregrina. Tanto que su paso, se espera, se desea, se necesita. Como su presencia, su palabra y su andar. Tan melancólico, tan pausado, tan sereno. Tan eterno también. Bien es verdad que Margarita Xirgu pone una estilización afinada, rítmica, secreta en la composición de la extraña protagonista. Pone algo que es muy suyo, únicamente suyo. Como la blandura profunda, comunicativa y cautivante de su modo, de su voz, de sus pasos, de su personalidad y de sus manos magníficas. Dos poemas desglosados en cinco versos sin palabras, pero con una fuerza infinita de elocuencia y expresión.

 

Es posible que en las dos primeras jornadas se observe una apariencia de lentitud en la acción. Pero, el autor resuelve, con vigoroso empuje, los dos actos finales quebrando el suspenso en un hábil regreso hacia el desenlace feliz, con el recurso de una tan inesperada como certera solución. Además de lógica, conciliadora y humana. Secundan a Margarita Xirgu con acierto y eficacia, Amelia de la Torre, en breve pero directa intervención. María Gámez, con gracia natural y contagiosa. Isabel Pradas, con sentida emotividad, Alberto Closas y F. López Silva, muy correctos. A tono todos los demás. El decorado fijo muy de acuerdo.

La dama del alba alcanzó un éxito definitivo la noche de su estreno que le asegurará larga permanencia en cartel. Es de agradecer cuando el teatro brinda obras así. Que aspiran a una jerarquía, que las justifican y que son un verdadero estímulo para el espíritu y la imaginación.

 


                                  

 

                            Margarita Xirgu interpretando “La dama del alba” en 1944.

                             Foto propiedad de los herederos de Alejandro Casona

 

Nadie ignoraba que Casona fuera un dramaturgo excelente, de notable personalidad, y un poeta exquisito; pero en La dama del alba alcanza una plenitud de belleza y un equilibrio de concepción tan perfectos, que nos impulsa a soltar brida a nuestra admiración y a decir una y otra vez cuánto hemos gozado viéndola.

Poeta, Casona lo es hasta la raíz de su se ser. Poeta de los que no necesitan de otro material que las palabras henchidas de sentido de todos los días, limpias y sin afeites, aparejadas con sencillez, dispuestas con una armonía fácil pero noble; y la poesía está allí, enredada a cada una de esas palabras como surgen de un espíritu demasiado pleno de belleza para no impregnar todo lo que sienta su contacto. En el teatro de Casona la poesía no se superpone a la acción, como una vestidura que más o menos fácilmente puede separarse del resto, sino que es algo inseparable como una piel, imposible de disgregar de la acción, de la existencia y la manera de ser de los personajes, algo tan penetrante como una atmósfera y tan recio como la vida que es su fuente inagotable.

Al mismo tiempo, Casona es un gran hombre de teatro y La dama del alba es la síntesis más perfecta que nos ha ofrecido de esta doble disposición de su inteligencia. La vida llena de color de una casa solariega en Asturias invade el escenario con sus pequeños detalles realistas y su fuerte sabor poético. A poco irrumpe el personaje fantástico -la dama del alba- que no abandonará la escena hasta el final, y, hábilmente, entreverados los elementos reales e imaginarios, la acción se desenvuelve sin confusiones, en un crescendode emoción maravillosamente graduado hasta el desenlace, el más imprevisto pero -prescindiendo de la forma- el más lógico posible.

 

Los personajes, numerosos y variados, están creados con mano maestra. Desde la figura enigmática, con ribetes de tragedia griega, de la Peregrina, tan sugestiva en su doble aspecto de ser sensible y de fuerza ciega y fatal, hasta esos niños tan auténticamente infantiles y frescos, todos se imponen por el empuje de su vida interior; por la intensidad de sus sentimientos y la floración de sus sueños.

Si Casona escribió una gran obra, la compañía de Margarita Xirgu supo darle vida con perfección extraordinaria. Aquella actriz, que como tal puede discutirse, tiene en cambio dotes excepcionales de director; que en esta ocasión pudo lucir como nunca. Ella misma compuso el papel tan sutil de la Peregrina con ese estilo suyo tan peculiar que nosotros personalmente no admiramos -tal vez por defecto de comprensión- pero con la autoridad y la riqueza de recursos de la actriz consumada que es. Isabel Pradas, magnífica de ternura y emoción, saca el mejor partido de su voz armoniosa y de la gallardía de su figura. Otro tanto podría decirse de Alberto Closas, dueño del físico más apropiado para su papel y excelente actor; que nos impresiona como el galán más completo que este año haya pisado nuestros escenarios. María Gómez y Francisco López Silva hacen de sus personajes dos espléndidas creaciones.Y porque el espacio no nos permite nombrar a cada uno del reparto, diremos qué todos -con la única excepción de Amelia de la Torre que no estuvo muy feliz en su difícil papel- se portaron a la altura del espectáculo.Y señalaremos el precioso aporte de gracia y frescura de los niños Susana Canales, Juan Manuel Fontanals y Gustavo Bertot Pradas que se adueñaron de la escena con aplomo y espontaneidad admirables.

Nos place elogiar la escenografía de Santiago Ontañón, de un lozano realismo campesino, cargada de detalles sugerentes y con un telón de fondo de bellísimo efecto. Los trajes dan la nota de color brillante y adecuada y la música escogida por el mismo Casona sobre motivos auténticos de Asturias, añade un toque de belleza a la puesta en escena.

 

Estrenóse anoche en el Avenida una buena comedia de A. Casona

VILLAMIL, Sergio. (El Federal)

 

La idea de la muerte ronda de continuo la imaginación de los poetas, se gana en ella y da a menudo hermosos frutos. La dama del alba es trigo de estas cosechas interiores.

Su autor; Alejandro Casona, juega con la alegoría de la muerte, haciéndola pasear por el rincón asturiano, entre consejas y leyendas, con vestiduras de peregrina y una ternura y un discurrir beatíficos. En su naturaleza femenina, duélese de su sino. Bien quisiera ser la mujer con aptitudes dichosas que la vida no da a conocer; quisiera ella acercarse a los seres y mirarse en sus ojos sin dañarlos. Pero su contacto es irremisiblemente fatal, de modo que apenas si le es dado escoger entre los daños el menor y hasta es feliz cuando su determinismo viene a solucionar un conflicto humano de apariencia insoluble. Casona revierte en su obra el Deus sine machinade la tragedia clásica, transformando la ciega, horrenda y lamentable fatalidad en una providencia justa y delicada. Interpretación pagana pero no nihilista de la muerte, la fábula de La dama del alba trae una especie de consuelo ante el misterio letal, una suerte de sucedáneo de la verdadera resignación religiosa.

De tal modo, el personaje que ha comenzado por experimentar el terror de la muerte, concluye haciéndose su amigo cuando advierte que ella, lejos de llegar a esa casa en calidad de huésped hostil, ha venido como amigable componedora.

Esta aventura premisa se realiza en la comedia mediante un artilugio teatral lleno de picardía que -si no es original- no por eso resulta menos operante.

En aquella morada de campesinos una madre llora sin resignación a su hija mayor que cuatro años atrás y pocas horas después de su boda, ha perecido ahogada en un remanso del río. La muerte llega en apariencias de peregrina esa noche. Viene a llevarse a alguien de esa casa en circunstancias en que Martín, marido de la difunta, acaba de salvar a una pobre muchacha que intenta matarse arrojándose al río. Aparentemente, es a ella a quien pareciera andar acechando la Peregrina y así lo teme el Abuelo, que ya conoce la identidad de la misteriosa viajera. Pero las circunstancias destruyen el equívoco; la muerte se marcha prometiendo al Abuelo volver después de siete lunas para llevarse a quien le estará destinada, más no con un designio deplorable sino en misión digna de gratitud. Entre tanto, la joven librada del suicidio se queda en el hogar -pues a nadie tiene en el mundo- y poco a poco gana el sitio dejado por la muerta hasta en el corazón de aquella gente. Martín concluye por enamorarse, pero un secreto obstáculo lo separa de ella. Es que la esposa desaparecida no ha muerto en realidad sino que ha huido con su amante. Lo de su muerte en el remanso ha sido una mera invención con la cual el marido burlado quiso cubrir el hecho deshonroso.

 

En la noche de San Juan entre fogatas y cantos, la muerta vuelve a hacerse presente conforme a su promesa, no sin el consiguiente terror del buen Abuelo que teme ahora por su nieta adoptiva. Pero la Peregrina no llega como agente infausto. Viene porque esa noche habrá de regresar con su deshonra a cuestas la esposa de Martín. A través de un diálogo persuasivo y sutil, la misteriosa «Dama del alba» seduce a su interlocutora eventual y le indica el camino del remanso. Rato después, habrán de hallar su cadáver intacto, respetado por las aguas, lo que es interpretado por la gente como hecho milagroso, dando así nacimiento a una leyenda.

Tiene esta pieza en su argumento y su forma literaria, el sabor de las viejas consejas aldeanas en que hiciera Ramón del Valle-Inclán (cuya influencia es inoculta) sus mejores creaciones. El habla añeja y decantada de las gentes del campo, llena de imágenes brillantes y de sentido profundo, aparece en la obra de Casona como el más destacable mérito de factura. Teatralmente la comedia es más sólida en sus dos actos últimos, donde la imposición melodramática del tema ha sido «gambeteada» con mucha habilidad por el autor.

En un papel lleno de sugestión, Margarita Xirgu da a su personaje cuidada calidad. Humaniza la muerte aproximando el símbolo a los sentidos del espectador y eludiendo esta vez, con ventaja anotable, el acento declamatorio que es su modo característico. La secundan con mucha propiedad Isabel Pradas (joven actriz llena de condiciones), Alberto Closas, excelente también, Francisco López Silva (que ha tomado de modo sorprendente la manera de hablar de Margarita Xirgu), la hábil característica María Gámez y, entre otros, los niños Juan Manuel Fontanals y Bertot Pradas, encantadores en su soltura de precoces intérpretes. Una decoración bien apropiada de Ontañón da ambiente a esta comedia, que tiene un encanto más en varias expresiones del folklore asturiano.

 

Una hermosa leyenda de profunda poesía: La dama del alba, de Alejandro Casona. Margarita Xirgu y su compañía realizaron una magnífica interpretación de la obra

MUÑOZ, Andrés. (El Nocional)

 

En su Asturias nativa, donde la niebla y la montaña se confunden y se completan, como la realidad se prolonga en el ensueño y la leyenda, ha situado Alejandro Casona la fábula de La dama del alba que nos dió a conocer Margarita Xirgu en el teatro Avenida. Así también este retablo, como lo clasifica su autor; el poeta que escribió La sirena varada y que vuelve ahora a hacerse presente, idéntico y distinto, en plena sazón de su arte y de su astro. Como la niebla que envuelve el montañoso paisaje asturiano y como las leyendas que se mezclan en la vida cotidiana de ese pueblo afanoso y soñador; son las estampas de este bello retablo con olor a campo fértil y verde y aroma de incienso, de poesía y de misterio.

Una leyenda, entre tantas de ese país de leyendas y de realidades, ha escogido y creado el poeta. Resumámosla con sus propias palabras, de ingenua y profunda poesía popular. Una vez era un pueblo pequeño con un río, y en el río un remolino profundo de hojas secas. Y decían que en el fondo había un pueblo sumergido, con su iglesia verde tupida de raíces y sus campanas milagrosas, que se oían a veces la noche de San Juan. En aquella aldea vivía una muchacha de alma tan hermosa que no parecía de este mundo. Y un día la gloria de la aldea desapareció en el remanso del río. Se había ido a vivir a las casas profundas donde los peces golpeaban las ventanas como pájaros fríos; y fué inútil que el pueblo a gritos la llamara desde arriba. Estaba como dormida en un sueño de niebla, paseando por los jardines de musgo sus cabellos flotantes y la ternura lenta de sus manos sin peso. Así pasaron los días y los años... Ya todos empezaban a olvidarla. Sólo una mujer con los ojos fijos la esperaba todavía.Y por fin el milagro se hizo. Una noche de hogares y canciones la bella durmiente del río fué encontrada, más hermosa que nunca. Respetada por el agua y los peces, tenía los cabellos limpios, las manos tibias todavía y en los labios una sonrisa de paz... Como si los años del fondo hubieran sido sólo un instante.

 

Como la muchacha de la leyenda, en ese pueblo sumergido debe estar también el cuerpo de Angélica, una joven desposada desaparecida hace cuatro años en el río al tercer día de sus bodas con Martín. Así lo cree la madre, el abuelo, los pequeños hermanos, los criados, los vecinos todos del lugar. Así lo creen todos menos Martín, el marido de la desaparecida cuyo recuerdo rehuye, sin aceptar ni destruir la creencia popular. Hay también un personaje misterioso que duda de esa muerte misteriosa. Es la Peregrina, que llega de paso y ronda la casa como buscando a alguien. Nadie sabe quién es ni lo que busca. Sólo el abuelo, atando recuerdos, la reconoce; pero se calla por temor. La vió ya otra vez, hace muchos años, cuando estuvo a punto de morir en el derrumbe de una mina. Esa extraña pasajera es la dama del alba, la que se lleva a los muertos al amanecer. Pero como nadie la reconoce, nadie la teme. Juega con los niños de la casa, a los que protege y respeta porque le han enseñado dos cosas que no conoció nunca: la risa y el sueño. Por quedarse dormida, arrullada por los niños, pierde dos vidas que había venido a buscar: la de Martín, que resulta milagrosamente ileso al rodar por el monte con su caballo, y la de Adela, una joven desesperada que se arroja al río y es salvada por el jinete que estuvo a punto de morir. Pero a pesar de haberla visto tan de cerca ninguno de los dos reconoce a la dama del alba. Y es que entre ellos pende un amor que les impide reparar en la muerte. Pero hay algo en la vida que los separa. Es la mujer de Martín, que desapareció por el río; pero no para sumergirse en el pueblo de los ahogados, como creen todos, sino para huir con el amante. Bien lo sabe el marido, que la persiguió en su fuga sin poder dar con ella ni con el raptor. Pero se lo calla por no manchar el recuerdo de un amor, y sólo descubre su secreto a la mujer que encendió en él una nueva pasión. Y cuando vuelve la fugitiva para interponerse entre ellos, ya es tarde para el perdón y el arrepentimiento. Así se lo hace comprender la Peregrina, que es la única que la recibe; así se lo dice esa extraña pasajera, esa dama del alba que ronda la casa cada vez que se anuncia una muerte. Oigamos este breve diálogo, entre la muerte y la adúltera:

 

-Algo tiene que quedar para mí. ¿Puede alguien quitarme a mi madre?

-Ella tiene tu recuerdo que vale más que tú... Un momento de valor y tu recuerdo quedará plantado en la aldea como un roble lleno de nidos!

-¿Adónde puedo ir?

-A salvar valientemente lo mejor que te queda: tu recuerdo.

 

Y ella la obedece y se deja conducir al río, de donde la extraen poco después, muerta, pero más hermosa que nunca, coronada de rosas con los cabellos limpios, las manos tibias todavía y una sonrisa de paz en los labios, mimbada de santidad como la muchacha de la leyenda.

 

Aroma de leyenda y aire de campo y de montaña se respira en esta última y hermosa obra de Casona. Y qué bien se concilian esos dos elementos en todas las escenas de este bello retablo. Tan entrelazados van el uno y el otro, que no se nota el punto donde la realidad y la fantasía se cruzan, se separan y se vuelven a encontrar. Todo allí sucede naturalmente, espontáneamente, sin choque y sin alarde. La muerte se pasea por la escena y no hay un instante de truculencia o de efectismo. Lo trascendente y lo cotidiano se funden en una aleación vital, como dos sustancias químicas que se atraen, se necesitan y se completan. Se dicen y se hacen las cosas más sutiles y más corrientes, y no hay un paso en falso o una frase abstrusa o vulgar. Es una obra profunda y sencilla a la vez. La sugestión y la emoción surgen por sí solas, de los hechos o de las palabras; no hay nada que no halle un eco inmediato en la sensibilidad y en el oído atento del espectador. El diálogo es un tejido de la mejor escritura, donde no se descubre nunca la molesta presencia del literato profesional. La acción escénica corre sin violencias ni brusquedades como el agua de un río profundo y sereno. Las situaciones y su engranaje pertenecen al mejor teatro, sin que se advierta en ningún pasaje la técnica teatral. Y además de todo eso y por encima de ello, hay desde la primera a la última palabra la presencia de un poeta que hace poesía sin acordarse para nada de la retórica y poética; de un dramaturgo que planta en el escenario a sus personajes y los deja vivir y crecer solos, haciéndose él a un lado, para no estorbar su libre desarrollo y su propia expansión; y hay también una sensibilidad tensa y un pensamiento alerta, y un artista que sabe hacer arte sin que se le vea como lo hace, manejándose con la verdad, con la imaginación, con la vida y con el símbolo y expresándose con la mayor sutileza espiritual y la máxima transparencia, y sencillez. Por todo ello y mucho más que podría decirse, creemos que La dama del alba es una hermana mayor de La sirena varada y una de las mejores obras que se han visto en nuestros escenarios.

 

Margarita Xirgu, que a su devoción por las grandes obras clásicas y modernas agrega su inquietud por descubrir valores nuevos, y que como se sabe nos descubrió al Casona de La sirena varada, nos ha brindado ahora la primicia de La dama del alba, añadiendo así su arte a los valores de una obra digna de tal actriz. Su interpretación de la Peregrina fué uno de los mejoresaciertos de su larga y consagrada carrera artística y habrá de quedar; sin duda, entre las creaciones más comprensivas y más expresivas de su inteligencia y de su arte de excepción. A esos méritos de la intérprete se añaden los que comportan su dirección artística, bajo la cual encontró los mejores colaboradores en sus actores y actrices. Todos ellos se desempeñaron en forma digna de elogio, y muy especialmente las actrices María Gómez, Isabel Pradas, Amelia de la Torre y Teresa León, y los actores Francisco López Silva y Alberto Closas, mereciendo también una mención especial los niños Susana Canales, Juan Manuel Fontanals y Gustavo Bertot Pradas, cuyo mejor encanto reside en que actuaron como niños y no como actores. Excelente la escenografía de Santiago Ontañón, y el público que llenaba la sala tuvo entusiastas aplausos para el autor; para Margarita Xirgu y para el conjunto del magnífico espectáculo.

 

 

3.2. EL ESTRENO DE LA DAMA DEL ALBA EN MONTEVIDEO

Voz de escenarios teatrales. Una maravillosa leyenda es La dama del alba, estrenada anoche en el 18. ÁLVAREZ, Ramón I. (La Razón)

 

La dama del alba es una interpretación poética de una leyenda campesina de Asturias. Alejandro Casona ha recogido -él mismo lo dijo anoche- esa conseja de su tierra natal para trasladarla a la escena adornada con los más eximios dones artísticos y ratificando su pericia de hombre de teatro al ofrecernos una pieza de admirable perfección técnica dentro de sus indudables dificultades. En este magnífico poema escénico la muerte aparece simbolizada por una visión dulce, opuesta al terrorífico canon tradicional, como que juega con los niños sin suscitarles sospechas y hasta en la exterioridad de sus vestidos remeda una estampa franciscana de sedantes trascendencias. No es la muerte cuya presencia espanta, sino aquella que trae el beleño y la liberación a las almas torturadas.

 

Triunfo de Margarita

Margarita Xirgu encarnando esa figura ingrávida, dando entidad corpórea al símbolo realiza una de sus creaciones más felices, impregnando la ficción que representa el más apropiado aire de irrealidad, de imagen ultraterrena, salvando magistralmente el peligro de divorciar su papel del realismo que caracteriza todo el drama en su aspecto formal. Y corresponde aplaudir tanto al autor como a la gran intérprete, al primero por haber escrito una obra en que sólo aparece la preocupación artística, y a Margarita Xirgu por aceptar esa obra en que el lucimiento no está acaparado por la figura central, sino sabiamente distribuído y da lugar a que todos los actores expongan sus cualidades. La eximia intérprete española demuestra así que los que tienen verdadero talento escénico no necesitan disminuir a sus colaboradores para brillar con luz propia, como desgraciadamente ocurre en la escena nacional. Por el contrario; la forma brillante en que se desempeñaron María Gámez, Teresa León, Isabel Pradas y Amelia de la Torre, así como los demás intérpretes, no hizo más que resaltar los relieves de la figura central, dando a todo el espectáculo una unidad magnífica.

 

Al caer el telón sobre la última escena, el público reclamó la presencia de Alejandro Casona, y el prestigioso autor español pronunció breves y elocuentes palabras, compartiendo los aplausos que el público que llenaba la sala prodigó a Margarita Xirgu y demás actores.

 

La dama del alba, superación del genio de Alejandro Casona

CAPORALE SCELTA, Julio. (Mundo Uruguayo)

 

De una vieja tradición popular asturiana tomó Alejandro Casona el asunto de La dama del

alba, retablo con juego de amor y muerte, con el que el autor de La sirena varada alcanza, en una culminación de su virtud creadora, en un milagroso equilibrio de símbolo y realidad, las zonas elegidas y señeras del teatro español de cualquier tiempo. Con repetición inmemorial iba, entre campesinos y mineros de su tierra, el mito de la Peregrina  <<la Muerte nuestra Señora que está llena de respuestas para todos los porqués de la existencia...>> sin que nadie se hubiera arriesgado a hacer del relato fantástico balanceo ingenuo de lo humano y lo sobrehumano, como gusta al pueblo; romance de la tierra ardiente y del helado trasmundo otra cosa que tradición de generaciones, sin más contextura que el hilo del recuerdo popular. Alejandro Casona, con sagacidad escénica admirable, captó la sutil maravilla del tema; entrevió su corporeidad teatral, y dió a la tarea del retablo su pasión por las cosas del terruño, su alada imaginación, su magistral ductilidad para mover en las tablas, tejiendo madejas de sueños y verdades al símbolo enternecido de la innominada pavorosa -los ojos de cristal y la ruta implacable- y su relación infinita y fatídica con la sencilla y recia humanidad de un pequeño pueblo en que se asienta el drama. La Peregrina está así, fijada por memoria y ojos de un Abuelo, que un día lo conoció en trance mortal; en las evocaciones ominosas del país minero; y en la realidad de la ronda infantil que la domina y la vence -cuando la Muerte ríe y se duerme, y el hombre se salva- y en las aprensiones estremecidas del que la ve cercana y amiga; y en el intricado manejo del destino inexorable; y en el angustioso cubileteo de los seres que no la imaginan siempre cercana y mirándolos «desde detrás de los espejos» en las horas indiferentes; y más que en ninguna otra cosa, en el tumultuoso y cálido drama del amor, a cuyas físicas alternancias, y a cuyo impulso espiritual presta una esencia impalpable, un gélido soplo desesperado, y una aspiración inexpresable de dar, con su fatalidad sin redención, la dulzura y la lenidad de un tránsito sereno, cuando la hora del destino haya llegado.

 

Pocas veces un autor moderno ha enfrentado un juego más riesgoso de mezcla de símbolo y realidad, y seguramente el valor más hondo del retablo de Casona es haber alcanzado tan equilibrada solución escénica. Porque en la rotunda pintura costumbrista de la aldea asturiana, ¿qué genio conciliador de formales dinámicas [sic]y de aladas transparencias hubiera logrado, mejor que este autor, sin caer en efectismos y arbitrariedades, esta admirable concreción de la vida, del amor y de la muerte, arrancada de un relato, vertida como un drama, dejando en el alma los profundos estremecimientos de las expresiones fundamentales que conmueven al hombre?

 

El lenguaje es siempre apropiado, con locuciones costumbristas que nadie mejor que el autor podía ubicar -recuerdos de sus rondas de San Juan en suelo nativo- con valioso vuelo poético y con la graciosa intercalación de romances populares que animan la total urdimbre de la pieza. Alguna referencia de la Pelegrina al temple español, para loarla y saberla esperar, dan alcance heroico de sentida afirmación nacional, nunca más emotiva que cuando un escritor añora la patria lejana, a esa escena del retablo, que destacamos por su noble intención trascendente: «¡Tú perteneces a un pueblo que siempre ha sabido mirarme de frente! ¡Y vuestros poetas me cantaron como una novia!»

 

¿Y esa dualidad erizada de dificultades elocutivas, de la Peregrina, entre su esencia mortal, y su aspiración femenina? ¿Y ese dar, casi insensible la fisonomía tremenda, en un juego infantil, en que el autor y la intérprete han alcanzado eficacia suprema? Y ya que mencionamos a la intérprete y puesto que no disponemos de espacio mayor para el comentario, digamos que Margarita Xirgu ha sido una vez más, espíritu y cuerpo, la protagonista que requería tal obra, con tan fino y armonioso sentido de la agonista, que la impresión que deja es definitiva y de vibración cada vez más pura y más honda como «campanas de San Juan bajo el agua». Todos los demás intérpretes alcanzaron eficacia semejante, sobre todo esos niños, de toda gracia y ternura para decir sus partes y realizar sus juegos. Y los decorados de Ontañón, dignos de tal artista, y de Casona. Pero tal acontecimiento merece más extensa crónica. dignos de tal artista, y de Casona. Pero tal acontecimiento merece más extensa crónica. Y hemos de continuar.     

 

NOTAS

 

1. HAUPTMANN, Gerhart Versión de Salvador Vilaregut. La campana submergida. Rondalla dramática en cincoactos. Barcelona: Bartomeu Baixarias (ed.), 1908 (Biblioteca de Tots Colors).

 

2. Ver: GUAL, Adriá. Mitja vida de teatre. Memories. Barcelona: Aedos, 1960, especialmente las p. 209-210.

 

3. «Faltan ya pocos días por acabar la brillantísima temporada que [h]a realizado en Barcelona, desde el Teatro Goya, la gran actriz catalana Margarita Xirgu. La empresa de aquel teatro le prepara para mañana, sábado, por la noche, la función de beneficio, y Margarita Xirgu, deseosa de aprovechar la ocasión para dar una prueba más de su gran genio teatral, dará en tal motivo el sábado por la noche, tras la representación de Ia obra de Benavente Vidas cruzadas, que con éxito extraordinario sigue dándose todos los días, tarde y noche, en el Goya, pondrá en escena la formidable tragedia en un acto, de Hugo de Hofmannsthal Elektra, la cual, por su intensidad dramática, da lugar a una de las más grandes creaciones de Margarita Xirgu, el último estreno de su temporada, que será La esperadísima de Joaquim Montaner, El estudiante de Vich, formidable obra dramática en tres actos y en verso, que valió a su autor el Premio Piquer, que anualmente se otorga a la mejor obra teatral estrenada» (<<Dietari escènic. Noticiari>>. La Veu de Catalunya. 01-01-1932, edición de la noche, p.5). Esta nota informativa es reveladora del sistema de trabajo de las compañías teatrales, basado en un ritmo frenético que combinaba un repertorio de obras «en cartera» y de nuevos estrenos con tal de atraer al máximo al público. Y, a la vez, también lo es de la capacidad y del esfuerzo de la actriz catalana por adaptarse con una dedicación casi absoluta a la escena. De lo contrario, la fidelidad y la devoción del público barcelonés hacia la Xirgu confirma la buena acogida que se le dispensa en sus temporadas en la capital catalana -una de las plazas teatrales más cotizadas-, donde hacía retornos más bien estratégicos, puesto que era un lugar idóneo para estrenar nuevas piezas y un buen refugio cuando iban maldadas en Madrid. Tanto el sistema de trabajo como la fidelidad del público barcelonés son aspectos que se entrevén, asimismo, en la nota que se hacía eco de la velada de homenaje dedicada a la actriz: «Margarita Xirgu, deseosa de corresponder a las numerosas simpatías con las cuales cuenta en Barcelona y que nuestro público le patentizó el pasado sábado por la noche [02-01-1932], día de su beneficio, anuncia para mañana, miércoles, tarde y noche, como último día de su actuación en Barcelona, la formidable tragedia en un acto de Hugo de Hofmannsthal, traducida deI alemán por Eduard Marquina y Joaquim Pena, Elektra, obra que por su intensidad dramática da lugar a la más formidable creación de Margarita Xirgu y que le valió el estruendoso triunfo del pasado sábado. Constituye un gran esfuerzo de esta artista, el representar miércoles, tarde y noche, Elektra, junto con el drama en tres actos y en verso, de Joaquim Montaner, estrenado ayer noche con gran éxito, El estudiante de Vich.» (<<Dietari escènic. Goya>>. La Veu de Catalunya. 05-01-1932, edición de la noche, p.5) Justo es decir, finalmente, que Margarita Xirgu había presentado la Elektra de Hugo von Hofmannsthal en una función en provecho del Hospital de Ia Esperanza, el domingo 21 de agosto de 1932, en el Teatre Grec de Montjuïc, en el marco del programa siguiente: «Primera parte: Recital de poesías catalanas, por Margarita Xirgu: 1 "L'any mil" de Guimerà; 2 "Cançó d'un doble amor" de Carner; 3 "La Serra" d'Alcover; 4 "Lo filador d'or" de Mossen Cinto y 5 "La Sardana" de Maragall. Segunda parte: Extraordinaria representación de la famosa tragedia de Hofmannsthal, en versión castellana, de Marquina y Joaquim Pena, Elektra, la más grande creación trágica de la genial actriz Margarita Xirgu.» (Dietari escènic. La Veu de Catalunya. 21-08-1932, p.2). Sobre Josep Farran y Mayoral, ver el retrato que hace Domenec Guansé, Abans d'ara. Retrats literaris, introducción y edición de Josep Bargalló Valls y epílogo de Josep A. Baixeras (Tarragona: El Medol, 1994), p.188-189).


4. El abogado Luis M. Rodríguez Sánchez, como heredero del escritor asturiano, conserva esta documentación en su archivo particular y ha tenido la amabilidad -quede aquí constancia pública de nuestro agradecimiento de enviarnos una copia y de concedernos el permiso para poder reproducir los papeles- (carta de Luis M. Rodríguez Sánchez al autor de este artículo, fechada en Oviedo el 21 de octubre de 2002). Sobre el teatro de Alejandro Casona ver: RODRÍGUEZ RICHART, José. Vida y teatro de Alejandro Casona. Oviedo: Diputación de Oviedo / Instituto de Estudios Asturianos, 1963; ARMIÑO, Mauro. «Prólogo». A: CASONA, Alejandro. La dama del alba. La sirena varada. Nuestra Natacha. Madrid: Edaf, 1985, p.9-31 ; DÍAZ CASTAÑÓN, Carmen. Alejandro Casona. Oviedo: Caja de Ahorros de Asturias, 1990; y, entre otros estudios: ARMIÑO, Mauro. «El teatro de Alejandro Casona». A: CASONA, Alejandro. Retablo jovial. Madrid: Edaf, 1994, p.9-32.

5. El contacto más o menos esporádico entre Margarita Xirgu y Alejandro Casona, como también con otros exiliados republicanos, se mantuvo durante los años cuarenta y cincuenta. Constatemos, cuando menos, dos muestras que lo corroboran. Por un lado, cuatro años más tarde deI estreno de La dama del alba, la Xirgu escribió una carta a Max Aub (residente en México), fechada en Santiago de Chile el 6 de abril de 1948, en la que le comentaba que esperaba recibir una nueva obra de Casona: «Mi querido Amigo: Muchos años y más cosas han pasado desde la última vez que nos vimos y sabe Dios si volveremos a encontrarnos. Alejandro Casona me escribió desde Punta del Este (Uruguay), anunciándome el envío de su obra, que hasta la fecha no he recibido. Veremos lo que puede hacerse, porque es un sueño pensar que uno hace lo que quiere. Mucho me complacerá conocer obras suyas, Un cariñoso saludo de su buena amiga,  [Firma de Margarida Xirgu]» (carta mecanografiada, enviada por vía aerea y conservada en la Fundación Max Aub, caja 15, 53/1). Por otro lado, posteriormente, a mediados de mayo de 1956, con motivo del aniversario de la Xirgu, la Agrupación de Intelectuales Españoles organizó un homenaje en honor suyo, presidido por Alejandro Casona y Rafael Alberti.  Como en otras ocasiones, Casona tuvo unas palabras muy elogiosas para la actriz: «A Margarita no se la puede encuadrar en una bandería ni en una nacionalidad determinada. Eso sería encerrarla en los estrechos límites de un partido o de una geografía. Catalana, española, americana, sólo puede pertenecer al mundo ancho de la cultura, de la libertad y de la democracia, porque en arte lo verdaderamente patriótico es ensanchar su nombre fuera de las fronteras nacionales. El arte teatral es un arte mayor, es siempre un arte para el pueblo, y lo milagroso es hacerse escuchar por todo un pueblo, como Shakespeare, Moliere y Cervantes, y esto lo ha conseguido Margarita» (RODRIGO, Antonina. Margarita Xirgu y su teatro. Prólogo de Ricard Salvat. Barcelona: Planeta, 1974, p.299-300; ver también la carta que Casona dirige a la Xirgu desde Madrid, el 8 de mayo de 1965, a ídem, p.316-317). Con respecto a la relación entre el dramaturgo y la actriz, anotamos que Luis M. Rodríguez ha tenido la gentileza de informarnos que, en la documentación que conserva, no hay ninguna carta de Xirgu a Casona y que podría ser que el epistolario que se debieron de intercambiar los dos, se perdiera en el viaje de regreso de Casona a España, en 1962, durante el cual, desgraciadamente, se extravía una buena parte del archivo del escritor. [Sobre el regreso de Casona y la recuperación de su teatro a la escena española los años 1962-1965, ver: ESPERT, Núria; ORDÓÑEZ, Marcos. De aire y fuego. Memorias. Madrid: Aguilar, 2002, p.75-77]

 
6. Un muestrario de la crítica argentina: «Margarita Xirgu encarnó la figura simbólica de la dama del alba con un sentido perfecto de su labor, manteniendo el extraño personaje de la Peregrina con singular relieve.» (Nación). «Margarita Xirgu fué una protagonista cabal, de rara delicadeza en el decir, que dió, con inteligencia, toda la posible impresión de inmaterialidad requerida.» (La Razón). «Una interpretación brillante, animó el retablo de pulido diálogo, en cuyas cuatro jornadas Margarita Xirgu, en otra composición definitiva de su personaje, con estupendo despliegue de matices en ese extraño ser inexorable, pesaroso del desamor de la vida.» (Hora). «Margarita Xirgu dió el tono exacto, el ademán preciso, la expresión cabal al complejo y difícil personaje de la Peregrina, que debe alternar condición de mujer y carácter sobrenatural.» (La Prensa). «Margarita Xirgu ya no puede recibir más adjetivos de elogio en su sobriedad. Ya los perros ladran contra ella, ladran desde el lodazal de las malas envidias.» (Correo Literario). «Los valores líricos, dramáticos y teatrales de La dama del alba fueron transmitidos brillantemente, en la versión de anoche, por la compañía de Margarita Xirgu. Supo encarnar esta actriz a la inquietante protagonista con excepcional fineza escénica, empleando voz, gestos y actitudes en consonancia con el aspecto inmaterial que debe trasuntar el personaje.» (El Mundo). «En el papel central de la obra, Margarita Xirgu estuvo a la altura de su fama de actriz de elevada jerarquía artística.» (Diario Español). «Margarita Xirgu, que interpretó con su claro talento el pensamiento del autor dramático y el justo acento lírico del poeta, dió austeridad y jerarquía al personaje de la extraña peregrina.» (Noticias Gráficas). «Margarita Xirgu se desempeñó brillantemente en un papel de corte "dannuzziano" muy acorde, por lo tanto, con su temperamento excepcional.» (El Pueblo). «La genial intérprete de la creadora de Tierra Baja, de Zazá, de Magda, y de Elektra, la feliz inspiradora del teatro clásico en la maciza concepción del genio calderoniano o en el arrebato fogoso de Fuente Ovejuna de Lope, la insuperable hacedora del creacionismo de García Lorca, vuelve otra vez al encuentro de Alejandro Casona y se recrea en la representación de una de sus concepciones escénicas. [ ... ] Margarita pone al servicio de la creación toda su dulce intimidad, todo su genio escénico, toda su autoridad imponderable.» (España Republicana). «Autor e intérprete han sabido fundirse otra vez logrando cautivar al público amante del buen teatro; ella, con la encarnación perfecta de "La Muerte" en una visión humana; él, derramando los matices policromados de su paleta del bien decir y del bien pensar, sobre el tablado de la ficción.» (Luminarias). «Margarita Xirgu, en cada una de sus apariciones, repitió las modalidades de todos conocidas. No obligada a levantar el tono, se mantuvo dentro de una sobria tesitura.» (Cabildo). «Margarita Xirgu, grande y única, encarnó la figura de la dama del alba con su autoridad habitual, comunicándole generosa vida interior.» (El Radical). «Margarita Xirgu cumplió su parte con extraordinaria justeza y estuvo en todo momento a la altura exacta de su hermoso personaje.» (La Fronda). «Margarita Xirgu ha saputo dare al suo personaggio un'aria di mistero misurata che le ha conferito una certa impalpabilitá fisica e spirituale, indispensabile per il miglior effetto della parte.» (Italia Libera). Un botó de mostra de la crítica uruguaiana: «Margarita Xirgu supo captar con un brillo y una sensibilidad maravillosa, todos los indefinibles matices y rasgos de su personaje extrahumano.» (El País). «Tuvo La dama del alba una interpretación brillante, dando lugar a una nueva creación de Margarita Xirgu en un personaje de enorme responsabilidad.» (El Día). «A Margarita Xirgú le ha tocado señalar en La dama del alba una de sus interpretaciones más afortunadas que se le hayan aplaudido en estos últimos tiempos. Era necesario, desde luego, una labor de tan alta calidad para que la comedida apareciera ante el auditorio en su exacto sentido; era indispensable, además, una comprensión sutil del personaje y una identificación plena con el pensamiento del escritor, para que el público lo acompañara, sin resistencias, por los distintos planos atravesados por el autor en su ruta. Pocas veces se le ha proporcionado en estos últimos tiempos a Margarita Xirgu, una oportunidad tan favorable para la exteriorización de sus facultades de excepción. Es ésta, una de las muchas comedias del teatro español, que sólo pueden ser animadas por la actriz que las ha llevado a la escena.» (El Plata). «Consagró así La dama del alba un nuevo triunfo total de Margarita Xirgu.» (Tribuna Popular). «Margarita Xirgu volvió a imponer su calidad de gran actriz. "La Peregrina" encontró en su figura, en su voz, en su rostro sereno iluminado por triste sonrisa, toda la vida y el conmovedor acento que el autor le imprimió. Llenó, en todo momento, la escena, con su gesto señorial y con la majestad de su arte extraordinario.» (El Bien Público).

7. Como que, las fotocopias de los artículos de prensa que nos ha enviado Luis M. Rodríguez Sánchez, no consta la referencia completa, indicamos únicamente el nombre de los autores y -entre paréntesis- la cabecera dónde se publicaron las críticas. muy probablemente, la mayor parte de los artículos debían de publicarse -como era habitual entonces- al día siguiente o, a lo sumo, dos o tres días tras eI estreno de La dama del alba.

 



XAVIER RIUS XIRGU

 

 

 

álbum de fotos

volver

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.