165. MARGARITA XIRGU EN AMÉRICA LATINA: COMPROMISO Y VIVENCIA DE LA CATALANIDAD EN EL EXILIO     

 

 

 

Transcribo, en su totalidad, la ponència de Francesc Foguet i Boreu presentada al “Seminario Presencia Catalana en México y en el resto de América Latina”.

La presencia de la actriz catalana Margarida Xirgu en América Latina ha suscitado cada vez más interés entre los investigadores teatrales de los últimos tiempos, desde las aportaciones pioneras de Domènec Guansé (1963) y Antonina Rodrigo (1974).

Se ha subrayado la influencia renovadora de Xirgu, como actriz, directora, empresaria o pedagoga, en algunas de las escenas y escuelas de las repúblicas latinoamericanas, entre ellas Argentina, Chile, Colombia, Cuba, México, Perú y Uruguay, asimismo su vinculación con el teatro español desterrado y, en particular, con la obra de Federico García Lorca. Se ha destacado también su “compromiso” con la Segunda República y el exilio español, hasta el extremo de nombrarla con el calificativo de “Margarita la Roja” y de hablar sin matices de su “militancia política”. Sin embargo, mucho más anecdótico y lateral ha sido el análisis de los vínculos y relaciones que la actriz mantuvo con el exilio cultural catalán.

En este estudio queremos ofrecer nuevas evidencias sobre los lazos que Xirgu estableció como artista y como catalana con la “exiliada” (término acuñado por Artur Bladé i Desumvila), a fin de comprender mucho mejor su manera de vivir la catalanidad, entendida ésta como parte de su compromiso cívico y político.

 

A vueltas con el compromiso

 

En una carta que fechó en Santiago de Chile el 17 de junio de 1946, dirigida al insigne médico peruano Francisco Graña residente en la ciudad de Lima, la actriz expresaba su posición personal respecto a la posibilidad de volver a España. Evocaba, de entrada, el gran éxito obtenido en su presentación en el Teatro Odeón de Buenos Aires, en 1913, en su primera gira americana, organizada por el empresario Faustino Da Rosa, que le sirvió de acicate para formar compañía propia y actuar en España y América.

Dejaba claro también ser apolítica (“Jamás pertenecí a ningún partido político. Mi amistad con personalidades políticas fueron siempre relacionadas con el teatro, ignorando en muchos casos su ideología”) y no obstante al poco tiempo de instaurada la Segunda República, los enemigos de ésta emprendieron una campaña indigna contra su persona, razón por la cual, sintiéndose incómoda resolvió realizar una larga gira por América.

El fallecimiento inesperado de su marido le hizo barajar la opción de regresar de inmediato y retirarse por un largo tiempo, pero la responsabilidad de una compañía de treinta personas con la que iba de tournée, le compelió a sobreponerse y seguir hacia México para cumplir el contrato.

Con el regreso a España de Cipriano de Rivas Cherif, su asesor artístico, debido al triunfo del Frente Popular y la elección a la presidencia de Manuel Azaña, Xirgu también desistió de volver y decidió continuar la gira por América, fue de nuevo a Cuba y luego a Colombia, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, etcétera. ¿Qué motivó su firme determinación de no regresar a España?. He aquí la respuesta:

“Creo que Dios me iluminó evitándome ver con mis propios ojos la tragedia de una guerra civil espantosa en mi país. Pero en aquel entonces, por qué no decirlo, la explicación que yo me daba, a mí misma, era cierta amargura por la campaña ignominiosa que se me había hecho y no quería de ninguna manera aparecer como una actriz que necesitaba del favor de los amigos que estaban en el Gobierno para que se me diera la concesión del Teatro Español, concesión que había disfrutado en varias temporadas durante la Monarquía.

La campaña en mi contra iniciada en España tenía ya repercusión en América antes que se produjera el movimiento revolucionario; en La Habana y México encontré un ambiente hostil por parte de los españoles antirepublicanos, obedeciendo sin duda órdenes de España.

Durante la guerra civil no hice más que permanecer fiel a un Gobierno legalmente constituido y leal con los amigos que figuraban en él. No hice otra cosa y, si dediqué alguna función a beneficio del Gobierno republicano, pedí siempre que lo recaudado se invirtiera en la compra de alimentos para los niños necesitados”.

En 1940, el fracaso de las gestiones llevadas a cabo para hacer frente al proceso incoado por la dictadura franquista por conducto del Tribunal de Responsabilidades Políticas, y la noticia de su condena, en julio de 1941, a la “pérdida total de bienes, inhabilitación para cargos de toda clase a perpetuidad, y extrañamiento, también perpetuo, del territorio nacional” eran razones harto suficientes para que, ante semejante atropello, Xirgu renunciara a “volver a España siguiendo el mismo régimen que lo ha cometido”.

Esta misiva contribuye, sin lugar a dudas, a conocer mejor la percepción que tenía Xirgu de su propio caso como víctima de la depuración política de la dictadura franquista, así como de su situación en calidad de “desterrada voluntaria”.

De hecho, el epistolario de Xirgu da testimonio de su temprana y honda preocupación por el desenlace de la Guerra española, que vivió con gran estupor e inquietud desde América Latina. En una carta escrita en Buenos Aires, el 18 de mayo de 1939, comentaba al periodista y amigo suyo Rafael Moragas que el estrépito de la contienda había llegado a Argentina, sufriendo en su propia piel las consecuencias morales y materiales de la tragedia.

Tras elogiar a Pau Casals, quien había amparado a Moragas en Prades de Conflent, se mantuvo firme en considerar a Manuel Azaña como “presidente” de la República derrotada, y se solidarizaba con los refugiados catalanes y españoles que tuvieron que emprender el camino del éxodo, algunos de los cuales -como es sabido- se radicaron en América Latina.

Además, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el 1 de septiembre de 1939, Xirgu también se declaró a favor de los aliados, en coherencia con su modo de pensar de siempre. “Usted recordará que en la otra guerra fui aliada. Estoy en el mismo sitio”, escribía a su amigo y colaborador Rivas Cherif, desde Mendoza, el 6 de septiembre, en una de las pocas ocasiones en que la actriz tomaba partido de modo explícito en relación con la guerra que asolaba al mundo.

Se ha insistido mucho en el carácter de símbolo de la República vencida, que Xirgu adquirió durante la Guerra Española y el exilio, hasta el extremo de convertirse en una leyenda o un mito de límites imprecisos pero, en cambio, se ha acentuado muy poco la fuerza de símbolo de la catalanidad que logró Xirgu en el exilio. En este sentido, uno de los aspectos poco considerados en relación con la catalanidad de la actriz, consecuente con su republicanismo, es la aceptación -al igual que su compatriota Pau Casals en cuanto a México- del cargo de “delegada general” del gobierno catalán en la República Oriental del Uruguay por disposición de Josep Tarradellas, presidente de la Generalitat de Catalunya en el exilio, en agosto de 1959.

“La Humanitat”, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya, el partido al que pertenecía Tarradellas, publicó una breve nota sobre la toma de posesión del cargo, aclarando que “contràriament als rumors que havia fet circular la premsa franquista, segueix a l'exili”, e informando que, con motivo de su nombramiento, había sido “molt felicitada per tots els estaments polítics i socials del país, on l'exímia actriu compta amb un gran prestigi que honora, a l'ensems, a tots els catalans”.

Por una carta a su buena amiga Alícia Rodríguez (la esposa del director de escena uruguayo Ángel Curotto), escrita desde el Hotel California de Buenos Aires, el 20 de noviembre de 1958, sabemos que Xirgu llegó incluso a almorzar con Tarradellas “en casa de los Llausàs”. “Interesante la conversación”, se limitaba a comentar a su confidenta sobre dicho encuentro, indicio quizás de la empatía que se estableció con el dirigente catalán y que explicaría la designación como delegada suya en el país del cono sur americano.

De carácter más bien simbólico y honorífico, la delegación tenía como finalidad promover y coordinar las actividades de las organizaciones catalanas de la República del Uruguay. Una vez oficializada, Tarradellas se lo agradeció, con la solemnidad que le era propia, en una carta fechada en Saint-Martin-le-Beau, el 8 de abril de 1960 -conservada en el Archivo Montserrat Tarradellas i Macià del Monasterio de Santa Maria de Poblet-, en la que recalcaba el gran prestigio internacional de la actriz y el honor que suponía su contribución a la “llibertat de Catalunya”. Sin embargo, como presidenta de la delegación uruguaya, Xirgu se limitó a enviar al muy honorable afectuosas postales navideñas como respuesta a las misivas e informes en los que el presidente en el exilio le exponía confidencialmente las gestiones, las entrevistas y los contactos que llevaba a cabo para mantener a duras penas, sin recursos ni repercusión mediática, la dignidad de la institución y su representatividad internacional.

 

Contribución a la cultura catalana del exilio

 

Es sabido que la actriz catalana participó en las ediciones de los Jocs Florals de la lengua catalana celebrados en Santiago de Chile (1943), México (1957) y Montevideo (1963), en los que no dejó de manifestar su adscripción a la catalanidad. Prueba de ello es el magnífico parlamento, uno de los más bellos del exilio, que Xirgu pronunció en los Jocs Florals de Santiago de Chile, de 1943, en el que ensalzaba la tenacidad de la cultura catalana para preservar la continuidad, aún en circunstancias adversas; refrendaba la firme voluntad de ser de los catalanes, pese al destierro, y exaltaba su lengua como “ànima de Catalunya”.

En algunas ocasiones simplemente asistía a la fiesta, como en la edición que tuvo lugar en Buenos Aires, el 11 de septiembre de 1960. A su ahijada Margarida Xirgu Rico le comentaba en una carta escrita en Montevideo el 16 de septiembre, la solemnidad del evento literario, cuyo consistorio presidió su amigo compositor Jaume Pahissa:

“Los Jocs Florals se celebraron en la Facultad de Medicina, en el Aula Magna, y estuvo atestada de un público entusiasta y fervoroso. El banquete se celebró en el Hotel Alvear, en el salón grande, al precio de cuatrocientos pesos argentinos por cubierto y se llenaron totalmente las mesas. La gente catalana, sobre todo las señoras vestidas con un lujo que daba gusto verlas, dieron un gran brillo a todos los actos”.

En ocasión de los Jocs Florals en Montevideo, el 20 de octubre de 1963, en los que la actriz misma presidió el consistorio, escribía también a su ahijada Margarida, en epístola fechada en la capital uruguaya el 12 de octubre, con cierta ironía: “El domingo que viene se celebran aquí los Juegos Florales de la lengua catalana. Gran fiesta, banquete, discursos. Todo sea por bien de Cataluña”.

Se conoce, por otra parte, que Xirgu estuvo presente en las actividades de los “casals”, núcleos culturales del exilio catalán, sobre todo en los radicados en Santiago de Chile, Montevideo, Buenos Aires y México.

                                      

                            

               Margarida Xirgu en un acto del Casal Català de Montevideo.

Foto AGADU MCD. Homenaje a la Xirgu a 40 años de su muerte. Abril-Mayo 2009

 

En sus visitas a estos centros, la actriz asistía a representaciones o espectáculos teatrales, festivales, veladas y fiestas patriótico-literarias de diversa índole, banquetes de simpatía, almuerzos o vinos honoríficos, apadrinamiento de “senyeras” con la asistencia de las autoridades locales de más relieve, etcétera, en los que se limitaba a recitar poemas o a lo sumo a improvisar parlamentos de circunstancias.

Sea como fuere, para los organizadores, esta suerte de actividades públicas eran interpretadas como bellos actos de catalanidad, hasta el extremo de que los responsables de los “casals” repetían a menudo, en sus protocolarios y sentidos discursos públicos, que la presencia de Xirgu les honraba como artista, como catalana y como actriz universal. En alguna ocasión, iban más allá y elogiaban la labor ejemplar de la homenajeada, como símbolo de los valores republicanos y democráticos. La actriz se lo tomaba con ironía: “El próximo domingo el Centro Catalán de aquí disfrutará d'una nova bandera. Què hi vols fer? Som aixís nosaltres els portorriqueños...”, escribía a su hermano Miquel desde Montevideo, el 2 de abril de 1954.

Sin duda, los directivos de los “casals” estaban pendientes de las idas y venidas de Xirgu, de modo que se aprovechaba su paso de tournée por sus ciudades para dedicarle actos de homenaje o simplemente para enviarle flores a su camerino, como reconocimiento y gratitud.

 

                       

         Cena de homenaje del Orfeó Català a Margarita Xirgu, en México D.F. el 17 de julio de 1957

 

 

En un sentido más amplio, cabe señalar que fue en el marco del activismo cultural catalanista donde Xirgu encontró una tribuna para manifestar su admiración hacia América Latina por su generosa acogida y también para establecer un lazo de confraternidad con sus compatriotas. En los homenajes que se le tributaban, la actriz no dejaba de tener un recuerdo para sus poetas más queridos.

A título de ejemplo, en la sexta cena de los Amics de la Revista “Catalunya”, que tuvo lugar el 3 de octubre de 1944 en el restaurante Munich, de Buenos Aires, Xirgu agradeció -visiblemente emocionada- las muestras de afecto recibidas y declaró que seguía actuando para presentar a los poetas jóvenes, puesto que se sentía ya envejecida:

“... la tragèdia de la meva terra, primer, i la que ara vivim, han colpit profundament la meva ànima de dona i d'artista. És veritat que s'albira una alba lluminosa d'esperança; per aleshores sols tinc un viu desig, un afany que em deleix de debò: és el de tornar a la pàtria i allí, a Empúries, honorar la meva llengua representant en català les obres mestrívoles del teatre hel·lènic”.

Si bien Lorca se situaba en la cúspide de sus preferencias, Xirgu admiraba también a algunos poetas catalanes, sobre todo Jacint Verdaguer, Àngel Guimerà, Joan Maragall y Josep Carner, cuyas composiciones le agradaba recitar cuando tomaba parte en las actividades programadas por los “casals”.

Entre sus proyectos teatrales de los primeros años cuarenta, que nunca llegaron a materializarse, estaba el de interpretar nuevamente “Maria Rosa”, de Guimerà, autor al que tuvo siempre un gran aprecio, puesto que contribuyó de modo decisivo a su ascenso fulgurante a primera actriz de la escena catalana, y el estreno de la pieza “Misterio de Quanaxhuata”, de Carner, un texto editado en México en 1943 que fascinó a la actriz por la belleza de su lenguaje y que constituía un sincero homenaje a este país y a su cultura milenaria.

Años más tarde, por mediación de Guansé, Carner escribió a Xirgu, el 4 de abril de 1958, para darle a conocer la obra “El ben cofat i l'altre (Misterio de Quanaxhuata)”, editada en 1951, y una versión castellana del drama, entonces aún inédito, “Cop de vent” (1966).

Con todo, fueron contados los textos de dramaturgos catalanes que Xirgu incorporó a su repertorio, a pesar de su declarada admiración por Guimerà y su interés por otros autores catalanes. Uno de los pocos estrenos de autoría catalana al que otorgó un cierto énfasis fue el de “La corona de espinas”, traducción al castellano de la pieza de Josep Maria de Sagarra, otro de sus dramaturgos predilectos.

La actriz encabezaba la Compañía Dramática española, que contaba con Ricardo Galache como primer actor, María Gámez como dama de carácter, Isabel Pradas como dama joven y Manuel Díaz como actor cómico. Bajo la dirección de Xirgu, que también interpretó el papel de Marta, “La corona de espinas” se estrenó en el bonaerense Teatro Argentino (1155 localidades), el 17 de marzo de 1949, a las 22:15. El programa especificaba que la acción de la obra tenía lugar en “Solsona (Cataluña) en el año 1793”.

Por una carta de Domènec Guansé a Rafael Tasis, fechada en Santiago de Chile, el 13 de junio de 1947, y conservada en el Archivo Rafael Tasis i Marca, sabemos que Sagarra escribió a Xirgu para proponerle la escenificación de un texto suyo, traducido por él mismo, que debía ser “La fortuna de Sílvia”, una ambiciosa pieza estrenada con poco éxito en el Teatro Romea, de Barcelona, el 5 de abril de 1947.

Según Guansé, la actriz pidió a Sagarra que le enviara un ejemplar y se mostró “més aviat favorablement impressionada” con la propuesta. En octubre de ese mismo año, “La Nostra Revista” de México especulaba, en efecto, con la posibilidad de que Xirgu estrenara, en Buenos Aires, “La fortuna de Sílvia”.

Prueba del interés que la actriz mostró siempre por Sagarra es el hecho de que, más tarde, en una carta fechada en Montevideo, el 15 de diciembre de 1952, aún solicitaba a su hermano Miquel que le enviara la pieza “L'amor viu a dispesa”, de Sagarra, un título que le parecía “precioso” y que se acababa de estrenar en el Teatro Romea, el 26 de noviembre de ese año.

Por lo demás, durante su intensa vida artística en América Latina, Xirgu contó con la colaboración de algunos profesionales catalanes afincados allí, como por ejemplo el compositor Jaume Pahissa, que se encargó de musicalizar algunas de sus obras; el escenógrafo valenciano Gori Muñoz, quien firmó numerosas escenografías de sus estrenos en Buenos Aires (entre las cuales se encuentra la de la citada “La corona de espinas”) y Montevideo; el también escenógrafo Manuel Fontanals, que “ilustró las grandes campañas de la actriz insigne”, en palabras de Rivas Cherif, en la década de los veinte y de los treinta, y que diseñó la escenografía de “El mundo de cristal”, la traducción de “Glass menagerie”, de Tennessee Williams, estrenada en México en 1957; el actor Albert Closas, alumno y discípulo suyo, quien se convirtió en uno de los galanes más populares del teatro y el cine latinoamericanos; entre otros más tangenciales como la actriz Montserrat Julió, que pudo conocer a Xirgu durante una escala en Montevideo, de viaje a Barcelona, en junio de 1951, en la que ésta le confesó con gran tristeza: “Quina sort tornar a Catalunya, a la nostra pàtria perduda!... No voldria morir sense trepitjar un altre cop la terra on vaig néixer...”

 

“The First Lady of the Catalan Theater”

 

Refleja el interés de la Cataluña exiliada por la actriz, la atención  que ofrecieron las publicaciones catalanas, muchas de ellas vinculadas a los “casals”, que seguían muy de cerca sus viajes por las repúblicas latinoamericanas y, con admiración y orgullo, daban cuenta de las novedades más relevantes de su trayectoria artística: sus giras, sus actuaciones, sus éxitos. No se cansaban de elogiar las excepcionales dotes artísticas de la actriz y directora de escena, y ponían énfasis en su catalanidad, en el vínculo con su cultura de origen y, en particular, con el teatro.

Sirva de ejemplo el editorial que le dedicó la revista “Catalunya”, de Buenos Aires, en mayo de 1956, en la que, en nombre de la colectividad catalana, se daba la más cordial bienvenida a “la més gran actriu de l'escena hispanoamericana de la nostra època” y se le consideraba, amén de una “ciutadana de la cultura universal”, “una catalana de soca-rel, que ha portat arreu del món la fecunditat d'un art meravellós, descabdellat al llarg de la seva vida d'una manera tan genial com inimitable”. Era, junto a Casals, un modelo de conducta, un símbolo de virtudes, un valor patriótico de la continuidad de la tradición cultural y de la dignidad del exilio catalán.

Ante la admiración que despertaba Xirgu, huelga decir que sus conciudadanos se solidarizaron enseguida con ella cuando se tuvo noticia de la condena del Tribunal de Responsabilidades Políticas del régimen franquista, comentada antes. Se puede citar, como botón de muestra, el artículo que, bajo el título irónico de “Els grans 'crims' de Margarida Xirgu. La justícia de Franco”, publicó Domènec Guansé, en “Germanor”, de Santiago de Chile, en el que manifestaba su perplejidad por la dura sentencia que, sin embargo, era coherente con las declaraciones del embajador de Franco en la capital chilena, que se regocijaba de repetir que los emigrados políticos republicanos eran “una colla de lladres i assassins”.

Guansé se explicaba la sentencia por el hecho de que Xirgu había dignificado con inteligencia y buen gusto la escena española, estrenando obras de dramaturgia moderna, recuperando los clásicos, incorporando los autores extranjeros y renovando el arte de la interpretación y de la escenificación en general.

Al decir del crítico y después primer biógrafo de la actriz, el régimen la castigaba por buscar la colaboración de la intelectualidad, por elevar el listón estético de la escena y por haber descubierto a Lorca. El trato infame recibido de las autoridades franquistas se convertía, al fin y al cabo, en “el títol més valuós d'aquesta gran emperadriu de l'art escènic”.

Si en 1941 “Germanor” designaba a Xirgu como “ambaixadora nostra” y destacaba su sentir catalán (“elevada por la gràcia del seu art a ciutadana del món, mai no ha renunciat a la petita immensa glòria d'ésser i de sentir-se catalana”), el activista político y escritor Josep Carner i Ribalta llegó incluso a calificar a la actriz como “the First Lady of the Catalan Theater”, en un artículo publicado en “Free Catalonia”, de Nueva York, en 1942:

“Two years ago the tribunals of Franco, in absentia, deprived Margarida Xirgu of all her possessions, disqualified her for any public official post and condemned her to perpetual exile. Her crime? To be the First Lady of the Catalan Theater. [...] It is the free America, which had so much applauded her, that at last gave shelter to this illustratious Catalan exile”.

De igual modo, se solidarizaron con Xirgu cuando ésta tuvo que sobrellevar, en 1949, una nueva afrenta procedente del otro lado del Atlántico: la iracunda campaña perpetrada por algún periodista -César González-Ruano afecto al régimen franquista- y con ganas de hacer méritos- que se ensañó de forma furibunda y despiadada contra ella al saber que cabía la posibilidad de su retorno.

Contrarrestando a los insultos, las publicaciones del exilio catalán no ahorraron los elogios a la eminente actriz. Desde las páginas de “Germanor”, de Santiago de Chile, se le consideró, en 1955, heredera de María Guerrero, a la que, a su entender, superaría con originalidad, gusto e inquietud artística, y se le elevó a la cúspide de la escena hispánica por su espíritu renovador (respetando la tradición) y su conciencia y ambición artísticas, que le habían valido la deferencia y la confianza de los autores.

Como Pau Casals, Xirgu constituía, al decir de “Germanor”, un valor sólido en la dispersión del exilio y daba prueba, con su sola presencia, de la ignominia del régimen dictatorial español. En las páginas de la misma revista seguía con atención las singladuras de la actriz por América Latina, no solo en Santiago de Chile, sino también en Buenos Aires y otras ciudades.

A raíz de la llegada de Xirgu a México, en abril de 1957, la revista “Pont Blau” dedicó también varios artículos a la actriz en los que, además de hacer eco de su triunfo en los escenarios mexicanos, se rememoraba su paso por la escena catalana en los primeros años del siglo y se evocaba el origen de su ambición artística aludiendo a sus orígenes humildes.

Inevitablemente, el tema de la catalanidad de Xirgu aparecía de modo más o menos explícito. Joan Tomàs traía a la memoria que la relación de ésta con Lorca motivó la protesta de los conservadores españoles, quienes la acusaron de “catalanidad” por las muestras que daba de su amplio espíritu liberal.

Tras elogiar el buen catalán que conservaba, Vicenç Riera Llorca advertía que el hecho de que la Xirgu pusiera su talento en la interpretación del teatro en castellano -en su temporada en México obtuvo un gran éxito, sin ir más lejos, con “Bodas de sangre” y “La casa de Bernarda Alba”- no era óbice para estimarla como una “glòria de Catalunya”, puesto que la actriz misma no dejaba de tenerlo siempre presente.

En su artículo, el director de “Pont Blau” aducía unas interesantes declaraciones de Xirgu sobre este punto:

“Quan vaig dedicar-me al teatre en castellà, vaig fer-ho impulsada per l'ambició, per un afany de superació que sentia des de menuda... No hi va haver en mi cap desafecte per al teatre català, sinó el desig incontrolable d'horitzons més amplis... El que jo guanyés en l'aventura havia de ser un guany per a Catalunya. Vosaltres direu si em vaig equivocar”

En sus conversaciones con Xirgu, con la que compartía reuniones y encuentros de la sociedad catalana instalada en México, Riera Llorca traía a colación el supuesto apoliticismo en el que se escudaba la actriz y concluía que, al fin y a la postre, sus convicciones eran claras y firmes. Tal vez no era política en el sentido de que no militaba en ningún partido, pero observaba una “conducta” digna de encomio: “això és el que faig: tenir una conducta”, concluía ella misma.

En las páginas de “Pont Blau”, se publicaron incluso fragmentos de una entrevista de María Luisa Mendoza, extraída del diario “Excelsior”, del 5 de mayo de 1957, en la que abundaba sobre su “compromiso” político:

-Se sabe que fué usted partidaria de la República y contraria a la política falangista que determinó la guerra civil española...

-Sí. La política entra en las casas y se posesiona de los hombres. Cuando la guerra estalló en mi patria yo estava en Chile. No he regresado. Yo era entonces una actriz que trabajaba y no me quedaba tiempo para la política. La guerra me hirió. Sigo estando herida, por eso no vuelvo a España.

Se reconoce -sin serlo-, una exiliada política, desde su última salida de España, después de figurar como la primera actriz de su época.

 

Catalanidad y viaje sin vuelta

 

Es en la documentación íntima donde podemos comprobar las inquietudes y los pensamientos más recónditos de la actriz en relación con lo que podríamos llamar su vivencia de la catalanidad. En una carta escrita en México, el 20 de mayo de 1957, Xirgu expresaba a su amiga Alícia Rodríguez su satisfacción por el viaje que ésta y su marido habían hecho a Barcelona y, feliz que les gustase “su tierra”, le confesaba: “El deslumbramiento de Barcelona sé que será superado por otras ciudades, pero estoy orgullosa de mi ciudad y creo, como tú, que podríamos vivir en ella sín el que tu sabes”, en alusión implícita al dictador Francisco Franco.

Su desazón por la suerte de familiares y amigos, que pasaban momentos difíciles bajo el régimen dictatorial, se veía compensada por el oasis que le proporcionaba Punta Ballena, una urbanización de la costa uruguaya con mucho “pedigrí” (formaba parte, dicho sea de paso, del conjunto arquitectónico residencial diseñado por el arquitecto catalán Antoni Bonet i Castellana). En ese ambiente, Xirgu y su marido mantenían buenas relaciones con los catalanes “instalados” -un adjetivo de la propia actriz que sin duda también la definía-, entre los que se hallaba el doctor Joan Cuatrecasas Auremí, un gran amigo de la pareja, vecino colindante suyo y eventual asesor médico de la actriz.

Además de los coterráneos afincados en el oasis de Punta Ballena, donde no era extraño oír hablar en catalán y escuchar canciones en este idioma procedentes de las casas, dan fe de los vínculos que mantenía con los catalanes “instalados” las cartas de sus últimos años, en las que Xirgu contaba a sus familiares los encuentros, las fiestas y las reuniones en las que participaba, donde eventualmente se hacían ondear banderas y se cantaban cantos catalanes para vencer mejor la nostalgia.

Alejada de la “inquietud teatral” y consciente de sus limitaciones físicas, cada vez más evidentes, Xirgu aún se emocionaba con la posibilidad de poder coincidir de nuevo, como en Montevideo, en 1937, con otro catalán de renombre universal: “ver, oír y abrazar a Pau Casals hubiera sido para mí una emoción intensa”, declaró en carta a Alícia Rodríguez, desde Punta Ballena, el 16 de abril de 1964.

 


Homenaje de la prensa de Montevideo a Margarita Xirgu el 1 de septiembre de 1937, con la presencia de Pau Casals que se sentó a su lado.

Foto Arxiu Nacional de Catalunya

 

Aunque gozaba de una situación envidiable, no podía evitar sentir añoranza por su país: “Mis morriñas de mi tierruca, con el optimismo del doctor [Cuatrecasas], se disipan por unos momentos, pero estarán ahí pronto”, confesaba a su amiga Rodríguez, en carta fechada en Punta Ballena, el 14 de abril de 1965.

Desconfiaba, según discurría en esta misma misiva, de la posibilidad de que se produjera algún cambio político en España y admitía que, si fuese así, no sabía si podría dejar América, porque había echado demasiadas raíces de amistades y afectos.

En epístola a Rodríguez, desde Punta Ballena, el 24 de octubre de 1965, le reconocía irónicamente que sus tentaciones de “decir palabrotas en catalán” se habían incrementado “con las monsergas que nos endilgan por radio para tranquilizarnos, muy pronto no sabré hablar otro idioma”. Una evidencia más de que, a pesar de su conversión lingüística, Xirgu no abandonó el idioma materno que tenía muy enraizado.

No era en balde el escepticismo que revela su correspondencia íntima sobre el potencial cambio de la dictadura franquista y sobre la posibilidad de solucionar positivamente su situación en España. En carta, desde Punta Ballena, el 25 de enero de 1966, recordaba a su amiga Rodríguez que las gestiones hechas no habían sido satisfactorias, que pronto se cumplirían treinta años de ausencia y que no había otro remedio que seguir “apretándose el cinturón...”, puesto que no podía contar con los bienes que le expolió el franquismo. No dejaba de lamentarse por las dificultades de emprender un viaje que le permitiera reunirse con los suyos y volver a visitar sus paisajes más queridos, como Barcelona y Montserrat.

Aparejada a esta reavivación del sentir catalán, durante los años cincuenta, Xirgu manifestó a menudo en las cartas a sus más íntimos la intención de viajar a Cataluña para hacer posible el reencuentro y colmar de ese modo uno de sus deseos más acuciantes en su fuero interno. Así, atenta a los eventos y efemérides familiares, Xirgu se esmeraba en mantener vivos los lazos con su prosapia y lamentaba la larga ausencia que, de todas maneras, no había entibiado los afectos. A su ahijada Margarida le confesaba, con un punto de dramatismo en una misiva escrita en Montevideo, el 1 de julio de 1952: “América me ha colmado, 'ja en tinc prou'. Necesito abrazaros a todos vosotros, necesito conocer a mis sobrinos nietos, necesito gozar del paisaje catalán”.

 

 


 

 

Pepita Rico, viuda de Miquel Xirgu, rodeada de casi todos los sobrinos nietos de Margarita Xirgu, a excepción de Judith y David Xirgu Cortacans, en la casa de la actriz en Badalona. Detrás de ella, de izquierda a derecha: los hermanos Marta, Eveli, Lídia y Esther Prat Xirgu; a su lado de izquierda a derecha también: David Prat Xirgu, Jordi Rius Xirgu, Ester Xirgu Cortacans y Xavier Rius Xirgu.

 

De hecho, en los últimos años, mientras iba en aumento la añoranza de su tierra, la visión que tenía la actriz de América Latina se volvía mucho más crítica y escéptica. En carta a su hermano Miquel, desde Montevideo, el 1 de mayo de 1953, comparaba el estraperlo que se producía en Cataluña bajo el franquismo con “los grandes chanchullos” que se consumaban en tierras americanas, fruto de su especial configuración social y de la fiebre materialista y la banalidad que estaban en boga, frente a las cuales el arte no podía competir (“en este país impera el fútbol”, se quejaba). E incluso llegó a afirmar, en una misiva a su hermano, escrita en Montevideo, el 11 de junio de 1953, que estaba dispuesta a arreglarlo todo para regresar a España: “el corazón me dice basta de América, basta, basta”. Sin embargo, siempre terminaba por claudicar: “Sí, germanet, sí; tengo momentos en que borraría un continente como tú dices, después... El sol y la luna son los mismos en todas partes y nosotros somos ya habitantes del sol y la luna, me resigno”, le confiesa desde Montevideo, el 27 de julio de ese mismo año.

Como ya destacó Manuel Aznar Soler, en los últimos años son muchas las epístolas en las que Xirgu se dejó llevar por la nostalgia de los suyos y de su tierra, deplorando la ausencia y la distancia que les separaba. Si bien no desistía en la idea de dejarlo todo y tomar el pasaje de vuelta, nunca se presentaba la oportunidad. Xirgu iba demorando siempre la decisión del retorno definitivo, venciendo con dificultades la añoranza y la resignación. “De cuando en cuando el recuerdo de la terra tira de mí”, declaraba a su sobrina Roser Xirgu Rico, en una misiva escrita en Montevideo, el 8 de junio de 1954. “Dios lo dispone así y hay que resignarse”, exponía a su ahijada Margarida, también desde Montevideo, el 25 de abril de 1955. “Mi destino me alejó por más tiempo del que yo creía de España y ahora no sé qué hacer... Tengo miedo a sufrir si hago el viaje. Quizá en la próxima Navidad me anime”, le reiteraba unos meses más tarde, el 13 de junio de 1955. En una epístola a su hermano Miquel, fechada en México, el 15 de abril de 1957, se dolía de tener una vida tan agitada e intentaba convencerse de que era mejor “no echar raíces” ni en Uruguay ni en Chile. Aunque, en cambio, también reconocía que América era “generosa para el que trabaja”, en una carta a su ahijada Margarida, desde México, el 2 de julio de 1957.

No se cansaba asimismo de animar a los suyos a visitarlos, de lamentar su radicación incompleta en América y de afirmar que la familia y la tierra le atraían mucho. Era hora de pensar, antes de que fuera demasiado tarde, en el regreso, pero al mismo tiempo las circunstancias y los afectos les mantenían ligados más de lo debido a las tierras generosas de América.

A su ahijada, desde Buenos Aires, el 27 de noviembre de 1958, le reconocía la posibilidad de emprender el viaje de regreso a España, a pesar de que le dolía, por una parte, las consecuencias políticas que podía ocasionar (“Me detiene, la publicidad que temo darán a mi regreso. Quiero volver sin comentarios, y eso es muy difícil, pero en fin... veremos.”) y, por otra parte, el arraigo en plena senectud (“ya América es nuestra patria, sin que dejemos de querer a la de verdad”).

Escindida entre América y Cataluña, entre el arraigo y el desarraigo, se resignaba a aceptar, a pesar suyo, una vida trashumante, como declaró en la entrevista que le hizo, en 1959, el director de orquesta Jacques Bodmer -con el que Xirgu colaboró en la cantata “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, de Mauricio Ohana, en Montevideo en 1959-: “Nos toca ir de un lado para otro, pero no era mi plan... Mi plan era quedarme en Badalona o por allá, por el Montseny, por Puigcerdà o por el Pirineo, verdad. Todo menos esto. No pensaba quedarme en América”.

Son varias las epístolas en las que, en las postrimerías de su vida, Xirgu manifiesta su deseo de regresar e instalarse definitivamente en su tierra, sin plantearse ya el camino de ida y vuelta. En un contexto internacional confuso, sin que la situación de España hubiese mejorado, Xirgu se dolía aún, el 29 de mayo de 1962, en carta a su ahijada Margarida, desde Montevideo, de no poder estar con los suyos, pero su retorno seguía siendo muy problemático desde el punto de vista político: “Si no fueran tan comentados mis pasos, hace ya mucho tiempo que estaría con todos vosotros, pero no me es posible pasar solo como señora de Ortín como es mi deseo, está la otra”.

En definitiva, una y otra vez, Xirgu aducía a los compromisos de trabajo de última hora, a los imperativos morales y materiales, a las circunstancias vitales; una y otra vez, hablaba de hacer un viaje para abrazar a los suyos, pero nunca llegaba la hora.

En Uruguay gozaba de una buena jubilación, también tenía un pequeño patrimonio en Chile y, en unos momentos en que la situación económica de estos países comenzaba a empeorar, Xirgu no tenía otro remedio que rendirse a la evidencia: el regreso tenía que ser definitivo.

A su ahijada, en una misiva escrita desde Punta Ballena, el 31 de mayo de 1968, se lo revelaba así: “no me siento capaz de ir y venir de Europa, como antes cuando joven y hemos decidido el regreso absoluto; pero da bastante qué hacer, pues como llevamos fuera tantos años, nos instalamos para siempre”.

A pesar de proyectar en varias ocasiones el viaje de vuelta y de manifestar su intención de llevarlo a cabo de inmediato, por el anclaje en América o, ya en los últimos tiempos, por falta de salud, nunca llegó a hacerse realidad en vida de la actriz. En el fondo, quizá sin quererlo, Xirgu cumplió su promesa de no volver más a su tierra mientras Franco mantuviera el régimen dictatorial que implantó con la fuerza de las armas.

 

 

 

XAVIER RIUS XIRGU

 

 

 

 

 

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